Cuando se le reprochaba no mantenerse siempre equidistante sino optar por determinadas perspectivas, el filósofo británico Bertrand Russell (1872-1970) dijo aquello de: «No es lo mismo tener un espíritu amplio que un espíritu vacío».
Cuando al cumplir 95 años al filósofo galés le preguntaron cuál había sido la mayor equivocación de su larga vida, respondió con cierta ironía: «Haber tratado a los seres humanos como si fuesen racionales».
Ser moderado en política significa aceptar que los extremistas no tratan a sus congéneres como seres racionales y darse cuenta también de que no todas las proposiciones de quienes no piensan como nosotros son completamente inaceptables. Negar que el adversario pueda tener la razón en algo supone negar la política.
La moderación política tampoco es un objetivo inalcazable: es un rasgo esencial de la democracia constitucional, y, por tanto, está al alcance de cualquier ciudadano que demuestre una mínima capacidad de comprender el significado de las reglas fundamentales que organizan su convivencia con los demás.
Sin moderación no hay propiamente democracia. El cultivo de las formas extremas de pensar —que conduce inevitablemente a la erección de gobiernos extremistas— nos hace perder la libertad, que no es sino el objetivo principal —o uno de los principales— de la democracia.
Ha sido Montesquieu (1689-1755) quien nos ha enseñado que la moderación política está basada en la virtud y no ha de confundirse con «la cobardía o (…) la pereza de ánimo». Su obra más celebrada —'El espíritu de las leyes'— es, en sí misma, una encendida defensa de la moderación, pero no tanto como virtud individual, sino como garantía de la libertad.
Conviene no olvidar que nuestra Constitución está inspirada en las ideas de Montesquieu y que, frente a la tentación de organizar el país como una democracia radical, al estilo de la ideada por Rousseau, nuestros padres fundadores se decantaron inequívocamente por una república mixta, en la que se combinaran de forma equilibrada los componentes democráticos con los aristocráticos; todo ello en un sistema en el que los distintos componentes se controlaran recíprocamente.
La moderación política no es, pues, de ningún modo extraña a nuestras tradiciones políticas. Es nuestra Constitución la que obliga al diálogo y al compromiso permanentes.
Montesquieu decía: «Para formar un gobierno moderado hay que combinar los poderes, regularlos, atemperarlos, ponerlos en acción (…) es una obra maestra de legislación que el azar consigue rara vez, y que rara vez se deja en manos de la prudencia». Por el contrario, los gobiernos despóticos solo necesitan la pasión para triunfar y mantenerse; «cualquiera vale para ello», nos dice Montesquieu.
Pero volviendo a nuestra experiencia nacional, convendría no olvidar que el mismo filósofo nos previno de que la libertad política, aunque solo se encuentra en los estados moderados y no en otros, no siempre aparece en ellos «sino solo cuando no se abusa del poder».
Y aquí reside la clave de la moderación política: en saber discernir y advertir a tiempo cuándo el gobierno moderado, por los apetitos personales y las inclinaciones innatas de abusar de él, tiende a borrar sus límites. «¡Quién lo diría! La virtud misma necesita límites», nos enseña Montesquieu.
Por este motivo, la moderación política muchas veces tiene que asumir la forma de freno del poder. La esencia misma de la política moderada es la limitación del poder a través de la búsqueda permanente de un diseño constitucional que, a la vez que haga posible el imperio de la Ley, garantice la libertad de los individuos, que es en definitiva la razón de ser de la democracia.
Moderación y reacción
Benjamín Constant (1767-1830) fue quizá el más destacado de los filósofos políticos de la época post-revolucionaria en Francia. Activista y escritor, Constant ejerció una infuencia decisiva, no solo en Europa, sino también en América, en donde uno de sus seguidores más notables fue Simón Bolívar. Constant fue para algunos la máxima expresión del pensamiento jurídico-político liberal y democrático en una época de dudas y tribulaciones.En su 'Tratado de las reacciones políticas', el pensador lausanés explicaba que las revoluciones son resultado de una incongruencia o desajuste entre las instituciones políticas del Estado y la opinión pública de la nación. Cuando no existe armonía entre ellas —decía— se producen las revoluciones, que persiguen como objetivo restaurar la concordancia perdida.
Cuando la revolución se detiene en esta acción restauradora, como sucedió en las revoluciones de Suiza, Holanda y América, y no va más allá, no se produce reacción, decía Constant. Pero cuando la revolución intenta imponer a la sociedad aquello que no desea, entonces se produce la política reaccionaria, tal como ocurrió en las revoluciones de Inglaterra y Francia. Estas comenzaron con la abolición de los privilegios, pero acabaron con la decapitación de los reyes y la destrucción de la propiedad. Ninguna de estas revoluciones consiguió restaurar la concordancia perdida ni alcanzar la estabilidad. Al contrario, sumieron a la sociedad en el conflicto y la violencia.
La tensión entre revolución y reacción tiende a hacer desaparecer a la moderación política, pero esta es el único remedio al alcance de quienes se ven obligados a hacer frente tanto a los excesos revolucionarios como a la furia de la reacción. Quienes hoy consideran que la moderación política ya no tiene recorrido —por tibia, timorata o por falta de compromiso— olvidan que, sin moderación, sin un planteamiento racional de los problemas, los gobiernos —aun los llamados democráticos—, lejos de proteger la libertad, muy lejos de preservar a la sociedad misma, terminan propiciando el conflicto, la violencia y el enfrentamiento estéril.
Cuando la moderación desaparece de la escena, desaparece la virtud de la que hablaba Montesquieu y la pasión ocupa su lugar, dando lugar al despotismo y a la aniquilación de la libertad.




