Pero también se han dicho y publicado algunas operías, que son dignas de un Grammy Latino a la estupidez solemne.
Pienso que darle a este buen señor una enjundiosa clase de historia e intentar hacerle comprender los complejos procesos de construcción de nuestra identidad nacional y los todavía más complejos mecanismos de sedimentación de la cultura a través de los siglos es lo más parecido a matar moscas a cañonazos.
Un tipo que no entiende cómo, cuándo y dónde se construyó el país no va a aprovechar en lo más mínimo las lecciones eruditas de los defensores de «lo nuestro», ni que se las reciten con la ayuda del Power Point. Hay ciertas cosas que están fuera del alcance intelectual de algunas personas y mucho me temo que esto de las capas de la cultura excede por largas distancias la capacidad de comprensión del personaje.
A los que se han esmerado en responderle de este modo tan culto y elevado les digo que no hacía falta hundirlo más a don Pichetto. Ya suficiente tiene el pobre hombre con soportar el peso de la fruslería que soltó en un programa de televisión y con el castigo de poder dormir tranquilo después de haber abierto la boca de semejante manera; un castigo muy sutil que padecen quienes no son capaces de darse cuenta de sus errores.
Quiero centrarme un minuto en esos oparrones que se han sentido ofendidos a muerte por las expresiones de Pichetto. Dirigirme a los que consideran que el diputado ha insultado a Mercedes Sosa como si fuese la Virgen María o que ha mancillado la memoria de Jaime Torres como si fuese Nuestro Señor Jesucristo, y a que los piensan que sus expresiones derogatorias deberían ser objeto de un duro reproche «oficial».
Pienso, muy respetuosamente, que nada de lo que ha dicho Pichetto puede ofendernos en lo más mínimo y que frente a una estupidez de campeonato no se puede reaccionar con una estupidez de mayor calibre, como la absurda propuesta movilizar a las instituciones, incluidos los fortines gauchos.
Atribuir a las expresiones de Pichetto el más mínimo potencial ofensivo es demostrar que nuestra susceptibilidad cultural se encuentra en niveles muy altos, lo que normalmente ocurre cuando nuestros argumentos y nuestras razones son muy endebles. No podemos darnos el lujo de mostrarnos débiles y acomplejados, bajo la máscara del orgullo y la soberbia. Ni aun en carnaval.
Mark Twain nos previno de los peligros de discutir con un ignorante y recomendaba no entrar en disputas con ellos. «Nunca discutas con un ignorante, te hará descender a su nivel y ahí te vencerá por experiencia».
Yo añadiría, modestamente, que menos todavía vale la pena discutir con un ignorante sobre temas que, aun perfectamente resueltos, no mejoran ni mejorarán nuestra vida en lo más mínimo. Pelearse por la argentinidad del charango o por la virginidad de la quena es una pérdida de tiempo y de energías.
Dejemos pues que Pichetto viva como quiera y diga lo que le venga en gana. Y nosotros hagamos lo mismo, reservándonos siempre el derecho a no decir, que al menos nos ayuda a evitar los peligros del ridículo.
Como alguna vez escribió Jane Austen sobre el egoísmo (Mansfield Park), la estupidez debe ser siempre perdonada porque no hay esperanza de una cura.