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  • Etiquetas que han perdido su sentido
  • La ciudad de Madrid ha tenido el dudoso privilegio de albergar, el pasado viernes, la cumbre de PfE (Patriots for Europe) o simplemente Patriots, el tercer grupo más numeroso de la Eurocámara de Estrasburgo.
Cumbre trumpista en Madrid
Cumbre trumpista en Madrid

El anfitrión, Santiago Abascal, presidente de VOX, se ha dado el gustazo de reunir sobre un mismo escenario al primer ministro de Hungría, Viktor Orbán; a la lideresa de Rassemblement National, Marine Le Pen; al vicepresidente del Consiglio italiano, Matteo Salvini, y al líder del ultraderechista PVV neerlandés, Geert Wilders, entre otros dirigentes internacionales europeos.



Estos buenos señores se han reunido aquí para relanzar el «trumpismo» europeo, con la vista puesta en tres ejes principales: soberanía nacional, y la defensa de la libertad y la identidad europea, con especial énfasis en «la protección del legado cultural, el rechazo de las políticas climáticas que arruinan a la industria y al campo, y el rechazo de la inmigración masiva que desestabiliza a las naciones y tensiona al límite los servicios públicos».

A la fiesta no ha asistido la primera ministra italiana Giorgia Meloni, que, como todo el mundo sabe, preside el grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), del que parece estar más cerca el Presidente argentino Javier Milei, otro «trumpista» de tomo y lomo.

A todos ellos se les puede colgar con cierta comodidad la polivalente y multifuncional etiqueta de «fascistas», pero ¿realmente lo son?

Los otros días escuchaba por la radio a un experto, cuyo nombre lamentablemente no retuve, hablando de que cuando a alguien se le acaban los argumentos para rebatir al adversario termina, casi invariablemente, llamandole «fascista».

Sea justo o no, el empleo de la etiqueta significa automáticamente el fin del diálogo. Cuando alguien llama «fascista» a su antagonista ya no hay vuelta atrás ni diálogo posible.

Sucede así porque quien emplea esta terminología demuestra que no desea por nada del mundo ponerse de acuerdo en algo con el otro, y también porque el etiquetado percibe que del otro lado ha recibido un grito de guerra y no desea entenderse con el adversario (si es que alguna vez tuvo una intención parecida).

Definir al fascismo en Salta

Hace casi treinta años, la fallecida periodista salteña Mónica Petrocelli me invitó a su programa de televisión pensando que yo -por entonces profesor de Teoría Política en Salta- podría aclararle un poco qué es lo que era el «fascismo». Alto honor el que me hacía.

Confieso que por entonces no quedé muy convencido con la explicación que di ante las cámaras, pero con el transcurso de los años llegué a comprenderla mejor, y a darla por buena, al menos en su planteamiento principal.

Recuerdo que empecé caracterizando al fascismo como un régimen autoritario, con un liderazgo dictatorial, autocracia centralizada, militarismo, supresión forzada de la oposición, creencia en una jerarquía social natural y subordinación de los intereses individuales al «bien» del conjunto y una fuerte regulación de la sociedad y de la economía.

Inmediatamente me di cuenta de que esa caracterización tan detallada del fascismo se podría aplicar con tranquilidad -e, incluso, con ventaja- a los regímenes comunistas.

Pero ¿cómo? ¿Tanto se parece el fascismo al comunismo? Cualquiera puede responder lo que quiera a esta pregunta. Yo solo diré que cuando hay un enemigo común, los antagonistas tienden a asemejarse, más o menos imperceptiblemente como los dueños de los perros tienden a parecerse a sus mascotas. Y en estos casos, el enemigo común es la libertad individual de las personas.

Afortunadamente, en mi tribulación, logré establecer una diferencia importante: los fascistas creen y defienden la supremacía de una raza (generalmente encerrada en las fronteras de un país), mientras que los comunistas creen y defienden la supremacía de una clase, a través de las fronteras. Los primeros son ultranacionalistas, mientras que los segundos son internacionalistas.

Pero últimamente las cosas ya no son tan claras, porque la ultraderecha proclama su vocación internacionalista (la reunión de Madrid es un ejemplo, como lo es el alineamiento de Milei con Trump), mientras que la ultraizquierda parece haber renunciado a su vocación internacionalista para encerrarse en propuestas ultranacionalistas (el caso de Venezuela es un buen ejemplo).

Creo que la descalificación de «fascista», si bien todavía puede promover la estigmatización de una persona o de un grupo, es cada vez menos precisa y específica. Pienso que estos nuevos ultraderechistas no son fascistas, sino algo mucho peor. La palabra que sirva para calificarlos aún no se ha inventado.

Pero tres cuartos de lo mismo pasa en el otro extremo del espectro. Llamar a alguien «zurdo de mierda», como hace el presidente Milei, no nos proporciona las coordenadas ideológicas precisas, ni del que califica de esta manera a alguien, ni del calificado.

Desgraciadamente, el pensamiento ideológico pervive y las palabras que se empleen para llamar a los contendientes es realmente lo de menos.

Lo que quiero poner de relieve es que quien en estos días llame «fascista» o «zurdo de mierda» a alguien se está retratando a sí mismo. Es decir, deja al desnudo que no tiene ideas (o no las tiene buenas) y que está poco y nada dispuesto a ejercer la política para evitar el conflicto, para moderarlo o asegurar la supervivencia del grupo.

Unos y otros solo se proponen aniquilar al que piensa distinto. Es la «dictadura del proletariado» o la «solución final», solo que en la era de la Inteligencia Artificial y de las mentiras en Twitter.



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