Españoles los había pocos y, entre los más exóticos, recuerdo a un ruso muy simpático, que jugaba muy bien al fútbol, pero que tan pronto elogiaba la perestroika como se mostraba nostálgico de la magnificencia del imperio soviético, que estaba a punto de colapsar. Recuerdo haber aprendido con él algunas palabras en ruso.
Una década más tarde, cuando me tocó en suerte ser el decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Universidad Católica de Salta, comprendí todavía mejor la importancia de la movilidad universitaria internacional y el enorme beneficio que la presencia de estudiantes extranjeros reporta, pero no tanto para el estudiante y para sus compañeros, sino para las instituciones y para los países involucrados.
Aunque parezca mentira, este año de 2025 se prevé que el número de estudiantes universitarios internacionales alcance la asombrosa cifra de ocho millones, con una tasa de crecimiento proyectada de la movilidad global del 60 % en la década comprendida entre 2015 y 2020.
Esta me ha parecido una excelente noticia, como no me han parecido buenas –lógicamente– la noticia del presidente Donald Trump prohibiendo a la Universidad de Harvard matricular a estudiantes extranjeros y la de la instrucción cursada a las embajadas estadounidenses para restringir los visados de estudio.
El DNU 366/2025
Entre las noticias que no me han provocado el más mínimo entusiasmo, figura el Decreto de Necesidad y Urgencia 366/2025 del presidente Milei, publicado hace tres días, al que casi todos llaman de «reforma migratoria», pero que en realidad contiene importantes disposiciones relacionadas con la educación universitaria en la Argentina.Este Decreto obliga a las universidades a cobrar la educación que reciben en ella los estudiantes extranjeros que no sean residentes permanentes en la Argentina. Dicen los fundamentos del DNU que la medida apunta a favorecer «un trato equitativo hacia los ciudadanos argentinos». No alcanzo a comprender el sentido de esta expresión. ¿Qué trato inequitativo reciben los ciudadanos argentinos cuando una universidad nacional admite a un estudiante extranjero?
En todo el mundo, los estudiantes que se desplazan de un país a otro para estudiar no son residentes; es decir, no se proponen residir en el país sino estudiar, para lo cual hay un visado específico, diferente al que deben obtener quienes piensen residir de forma permanente.
En mi opinión –lo he dicho ya muchas veces–, la universidad argentina debería cobrar a todos, a argentinos y a extranjeros, a condición, por supuesto, de que el Estado haga posible, mediante un sistema sólido de becas y ayudas, que las personas con menores recursos, pero con probada capacidad de aprovechar los estudios universitarios, puedan seguir una carrera hasta terminarla. Incluso si se estableciera un precio diferencial para los extranjeros –aunque no sería deseable– no me parecería especialmente discriminatorio.
Lo importante aquí no es si la universidad le cobra o no la educación universitaria a los extranjeros, dependiendo de su categoría migratoria, sino todo lo que pierde la universidad argentina (así como la ciencia, la cultura y la economía) al excluir a los extranjeros mediante la erección de vallas nacionalistas y xenófobas a su integración en nuestra comunidad educativa y científica.
Discrepo profundamente de los fundamentos del DNU 366/2025 en cuanto a que la educación en la Argentina es «contributiva». No lo es y nunca lo ha sido. El sistema educativo, en todos sus niveles, se sostiene con impuestos, no con «aportes y contribuciones» de los interesados. A nadie en la Argentina se le descuenta de su sueldo un porcentaje para pagar los gastos de las universidades.
Dicho esto, me gustaría decir también que el DNU 366/2025 no razona en lo más mínimo acerca del impacto económico beneficioso de los estudiantes internacionales. Es decir, no habla de lo que estas personas gastan en nuestro país en alimentación, en ropa, en transporte, en alojamiento, en ocio, en libros y en otros gastos de manutención. Tampoco habla de su contribución al enriquecimiento de la cultura y al fomento de la diversidad y la tolerancia, que no es ni marginal ni despreciable.
Estados Unidos y Dinamarca
Consideremos, por ejemplo, a los Estados Unidos, un importante destino para estudiantes internacionales, que ahora lamentablemente parece haberse cerrado.Según el Instituto de Educación Internacional (IIE), con base en datos del Departamento de Comercio de aquel país, en 2016 los estudiantes internacionales contribuyeron con la significativa suma de 39.400 millones de dólares a la economía estadounidense.
Dice el IIE en su informe: «Los estudiantes de todo el mundo que estudian en Estados Unidos también contribuyen a la investigación científica y técnica estadounidense y aportan perspectivas internacionales a las aulas estadounidenses, lo que ayuda a preparar a los estudiantes locales para carreras internacionales y, a menudo, genera relaciones comerciales a largo plazo y beneficios económicos». Huelga decir que esto también sucede con los extranjeros que estudian en universidades argentinas.
Según un estudio de décadas de duración llevado a cabo por el centro de estudios danés DEA, los estudiantes internacionales aportaron un total neto de 165,6 millones de coronas danesas (23,8 millones de dólares) a la economía nacional, eliminando así la idea errónea de que representan una carga para los recursos públicos.
El director de investigación de la DEA, Martin Junge, afirmó: «Mientras el mercado laboral pueda absorber a más estudiantes internacionales, aumentar tanto la captación como la retención de estudiantes será muy beneficioso para la sociedad».
En casi todo el mundo, las universidades importantes presumen de «atraer cerebros» del extranjero. En la Argentina, las decisiones del gobierno parten de la base de que la universidad argentina, en vez de «atraer cerebros», «atrae parásitos» que nada aportan a la cultura nacional y que más que favorecer la convivencia, la entorpecen. Si realmente esto es así, de lo que habría que dudar es del nivel de la universidad argentina y ponernos a estudiar seriamente por qué somos elegidos por personas sin talento.
La tecnología, para nosotros
El penoso DNU 366/2025 dice en su motivación que es alta (y, por tanto, inconveniente) «la cantidad de estudiantes extranjeros (...) en aquellas carreras que requieren costosos recursos humanos, tecnológicos y de infraestructura para su desarrollo». El Presidente de la Nación pone como ejemplo a la carrera de medicina que se imparte en las universidades públicas, en las que –dice– «en el año 2023, más del VEINTICINCO POR CIENTO (25 %) de los alumnos eran extranjeros».El gobierno de Milei no dice, sin embargo, qué proporción de ese 25 % corresponde a extranjeros residentes. Deberíamos saberlo, ¿no?
En segundo lugar, el DNU da a entender que es un sacrilegio que las carreras con costosos recursos humanos (no dice cuántos profesores extranjeros hay, por supuesto) sean «aprovechadas» por un 25 % de estudiantes extranjeros.
Creo que aquí se está cometiendo el mismo pecado nacionalista en que ha incurrido el gobierno con su «reforma» de las migraciones, porque cuando restringe el ingreso de extranjeros al país, piensa al mismo tiempo que los argentinos tienen derecho a emigrar al país al que se les antoje. Los que cierran el país a los extranjeros, son los mismos que ponen el grito en el cielo cuando a los argentinos no los dejan entrar y establecerse a sus anchas en Estados Unidos, en Europa, en Canadá, en Australia o en Corea del Sur.
Con la universidad pasa lo mismo. No queremos estudiantes extranjeros en la UBA o en la UNSa, pero guay de que no se deje entrar a uno de los nuestros a Oxford, a Stanford, a Yale o a Harvard. Tenemos derecho porque somos tricampeones del mundo. ¿Quién puede decirnos que no?
El sistema universitario argentino morirá de asfixia si impide que los extranjeros estudien en sus aulas. Los extranjeros que estudian en nuestras universidades favorecen la mejor inserción de la Argentina en el mundo. Pienso que la ciencia y la tecnología sufrirán un retroceso apreciable si se restringe el número de estudiantes extranjeros por la sola razón de la complejidad y el alto coste de los recursos, humanos y pedagógicos, empleados en la impartición de ciertas carreras.
Y lo que es peor: el país perderá inserción internacional y la posibilidad de interactuar con las elites de otros países; unos países a los que luego miramos mal si no nos apoyan en las votaciones sobre las Malvinas en la ONU.
