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  • Geografía y atmósfera
  • El diario El Tribuno de Salta publica hoy un extenso relato de la visita que el recién designado Arzobispo de Salta, monseñor Roberto José Tavella, efectuó a la ciudad de Madrid, a finales del mes de junio de 1939, casi tres meses después de que, «cautivo y desarmado el Ejército Rojo», las tropas nacionales hubieran alcanzado sus últimos objetivos militares.
Roberto J. Tavella, Arzobispo de Salta
Roberto J. Tavella, Arzobispo de Salta

Me han llamado la atención del relato tribunáceo algunos detalles menores, como por ejemplo la peculiar vestimenta de nuestro primer Arzobispo.



En una parte del escrito se cuenta cómo Tavella y su entonces secretario, el padre Arsenio Seage, ambos salesianos, se reunieron en la tarde del 24 de junio de 1939 con otros sacerdotes de su misma orden en un salón, en donde se invitó a Tavella a presidir lo que sería «la primera procesión que se iba a realizar en Madrid desde que se había instaurado la Segunda República en 1931».

Hasta aquí, nada extraño. Pero sucede que el relato afirma que Tavella «aceptó muy gustoso el ofrecimiento y de inmediato procedió a sacarse el sobretodo quedando a la vista la faja roja prelaticia».

Salvo que Tavella, además de salesiano fuese masoquista, no me lo imagino vistiendo sobretodo y sotana a finales de junio en Madrid, épocas en las que suelen hacer unos calores infernales, como los que están haciendo ahora, en la primera semana de julio.

Menos todavía me lo imagino ciñendo su cintura con una faja eclesiástica de color rojo, ya que este es el color reservado por la Iglesia a los cardenales. Los obispos, como Tavella, usaban (y usan) una faja de color morado.

Algún historiador salteño cercano a la Curia y al Palacio Episcopal de la calle España debería averiguar si Tavella, en señal de mortificación, no se envolvía en un quillango en pleno mes de enero.

El segundo detalle es también meteorológico. Dice la crónica que mientras Tavella y el cura Seage esperaban la salida de la imagen de María Auxiliadora, «repentinamente se largó un fuerte chaparrón».

No he tenido la suerte de acceder a la información de los pluviómetros del Parque del Retiro en la última semana de junio de 1939, pero, de haber ocurrido efectivamente el chaparrón aquel (que seguramente llenó de gotitas el grueso sobretodo de Tavella), debió tratarse de un auténtico milagro mariano, ya que en Madrid para esas épocas del año no cae ni una sola gota. Y si llegara a caer, habría que sacar a María Auxiliadora en procesión dos veces; la segunda, en agradecimiento.

El tercer detalle es más bien de orden sociológico. Caminando por Madrid, Tavella y Seage se encontraron «una iglesia de mal aspecto, pintada de azul grisáceo, con una reja de hierro entrelazada con alambre de púa que la separaba de la acera». Tras las rejas había un soldado de centinela al que los curas venidos de Salta le preguntaron si les podía decir qué iglesia era esa. «No lo sé», respondió el soldado. Y añadió: «Lo que les puedo decir es que ahora es una cárcel».

Si el soldado vio que quienes le preguntaban eran dos curas ataviados con su vestimenta reglamentaria, les debió de haber respondido: «Y... si no lo saben ustedes, macho...».

¿Una cárcel?, pero ¿de qué bando? La guerra había terminado tres meses antes, y se supone que el ilustre cardenal don Isidro Gomá y Tomás, Arzobipo de Toledo y Primado de España en aquel entonces, ya había puesto orden en sus edificios. Habría que preguntarle sobre este tema a alguien que sepa, pero es muy extraño que después de tres meses de la rendición de Madrid todavía hubiera iglesias funcionando como checas y zonas de «dominación roja» que no hubiesen sido desmanteladas.

El cuarto y último detalle es geográfico.

Dice el relato de El Tribuno que Tavella y su secretario Seage se hospedaron el Hotel Nacional, vecino a la estación de Atocha. El Hotel Nacional, que estaba en la esquina de la calle Atocha y el Paseo del Prado, había sido inaugurado en febrero de 1925 y pronto habría de convertirse en un hotel muy popular, especialmente su cafetería, muy frecuentada por jóvenes literatos madrileños. No era, por así decirlo, un hotel muy recomendable para curas derechistas venidos del otro lado del Atlántico.

Un domingo por la mañana, el Arzobispo salteño y su auxiliar salieron del hotel para buscar alguna iglesia para dar misa. Igual que un matarife llegado de otro país busca un matadero, confiado en que mostrando sus credenciales le van a dar el mazo para atontar a las vacas; o que un cirujano salteño que toca la puerta del quirófano del hospital de La Paz para ver si le dejan sacar una vesícula para entretenerse.

Tavella y Seage salieron aquel domingo sin rumbo, porque en el hotel desde el conserje hasta el ascensorista, no les supieron o quisieron decir donde había un templo. Se ve que la población del recién rendido Madrid todavía desconfiaba y mucho de las sotanas.

Tan sin rumbo iban que enfilaron «por una avenida que los llevó hasta una gran plaza redonda en cuyo centro estaba la fuente de Cibeles». Es decir, caminaron desde el hotel hacia el Norte, por el actual Paseo del Prado, desde Atocha hasta Cibeles, algo que muy frecuentemente hacen los hinchas del Atlético de Madrid (hasta Neptuno) cuando —por un milagro de María Auxiliadora— ganan la Liga.

La parte más absurda del relato dice que «más adelante» [sic] Tavella y Seage se enteraron que estaban en El Prado, cerca del famoso museo.

El problema aquí es que si uno sale de Atocha en dirección a Cibeles, y se encuentra ya frente a la fuente de la diosa que representa a la Madre Tierra, el Museo del Prado no queda más adelante sino más atrás. Eso lo sabe hasta el gaucho menos viajado. Afirmar que el Museo del Prado está «más adelante» es como decir que el Bernabéu está en Carabanchel.

Por último, dice la crónica que los dos curas vieron salir un grupo numeroso de personas «de una de las tantas esquinas», pero si es que uno se desplaza a pie desde Atocha a Cibeles, por la acera en la que están la Cuesta de Moyano, el Real Jardín Botánico, la Plaza Murillo y el Museo del Prado, lo que menos hay son esquinas, y mucho menos iglesias de donde las personas puedan salir después de oír misa.

45 años después del confuso viaje de Tavella a Madrid, quien confundió los puntos cardinales fue el dos veces electo Gobernador de Salta (ninguna de las dos veces pudo asumir) don Dante Lovaglio Palermo, cafayateño de ley, quien en una tribuna peronista desde la que arengaba a las masas en 1983, dijo que los gauchos salteños habían avanzado «hacia el Sur», cuando la historia enseña que lo hicieron hacia el Norte. Un error de 180 grados, como el de Tavella y el padre Seage.



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