Debería estar acostumbrado ya a estas noticias absurdas, pero no puedo menos que sorprenderme cuando el presidente de la Cámara de Comercio de Salta -una entidad que agrupa a patrones- dice que «no se sumará a la medida de fuerza».
Para mí esto es como si en un partido entre Boca y River los xeneizes deliberaran antes del partido para decidir si van a dejarse meter los goles de los millonarios, porque los dos están en contra del árbitro, o de la AFA.
Si, desde un planeta lejano, unos extraterrestres estuvieran observando con potentes telescopios lo que sucede en Salta, se preguntarían con toda razón qué diablos está sucediendo en la confusa galaxia laboral de nuestra Provincia. Estoy seguro de que los extraterrestres verían con suma desconfianza que la herramienta que la Constitución pone en mano de las organizaciones de trabajadores para defenderse de los abusos del capital sea utilizada también (en un sentido positivo o negativo) por las organizaciones de patrones.
¿Por qué tiene que adherir o dejar de adherir a la huelga Saeta, por ejemplo? Las empresas no tienen derecho a la huelga y, con más razón todavía, tampoco lo tienen las cámaras empresarias, como se les llama en la Argentina a las organizaciones patronales.
Además, cerrar las empresas el día de la huelga sindical es un atentado directo a la libertad de trabajar que tiene todo trabajador (y, desde luego, contra la libertad sindical) , cualquiera sea su opinión o su sentimiento en relación a la huelga.
No tiene ningún sentido, y es sumamente peligroso, que las empresas colaboren con una huelga obrera, porque el cierre de los centros de trabajo dispuesto por los empresarios sin razones defensivas a la vista, no solo es ilegal, sino que puede impedir que los trabajadores que no estén de acuerdo con la huelga puedan demostrar su desacuerdo acudiendo a su trabajo.
Mucho me temo que esta confusión de roles y esta mescolanza de derechos no se debe tanto al desconocimiento empresarial de las normas que rigen su actividad, sino en buena medida a una cierta ignorancia periodística, que empuja a los ciudadanos a pensar que la CGT es un apéndice del Estado y que sus decisiones tienen la misma (o parecida) fuerza vinculante que los decretos del Presidente.
Con todo respeto, diré que la CGT no abre ni cierra el país; no lo arranca ni lo detiene a voluntad. No tiene facultades para ello. Le gustaría hacerlo, por supuesto, pero esto es otra cosa.
El mensaje sindical debería dirigirse exclusivamente a los asalariados, y cuando los empresarios -como los que integran la Cámara de Comercio de Salta- hablan de la huelga sindical como si secundarla o no fuese cosa suya, deberían ser los sindicatos o los trabajadores los primeros en poner las cosas en su lugar y exigir que las empresas abran el día de la huelga, simplemente para que la huelga obrera se note y que no pase desapercibida como si fuese un día feriado.