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  • El lenguaje vulgar y barriobajero se ha hecho un hueco en las peferencias de algunos consumidores de información instantánea y poco elaborada.
Imagen ilustrativa
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Cualquiera podría pensar que algunos comunicadores han elegido este atajo (que prescinde del buen uso del lenguaje, que siempre ha formado parte de la esencia de la profesión periodística) porque han sido los políticos quienes primero han descendido a las cloacas y de su boca solo salen denuestos y blasfemias por doquier.


Pero aunque «ellos hayan empezado», hay que tener en cuenta que la profesión política no está sometida –como lo está la periodística– a normas deontológicas precisas y codificadas.

El político que degrada el lenguaje puede ser castigado en las urnas, pero el periodista que recurre a bajezas para expresarse y hace de la vulgaridad verbal no está sometido al escrutinio público, de modo que son sus colegas de profesión los únicos que pueden reclamarle su apartamiento de la «huella recta».

Cuando los escrúpulos corporativos desaparecen –es decir, cuando las asociaciones de periodistas defienden a los maltratadores del lenguaje sin atender a otro criterio que no sea la simple complicidad corporativa– la profesión en su conjunto pierde seriedad y consistencia.

La libertad de expresión, mucho antes de ser un derecho de los que ejercen una profesión determinada, es un derecho que ampara a todos los ciudadanos. Es decir que no por tener un micrófono del que los demás carecen, la libertad para expresarse es más amplia o se puede ejercer en los límites de la impunidad.

En casi todo el mundo, los periodistas son los primeros y principales defensores de lo que se conoce como «discurso digno». Habría que preguntarse entonces por qué motivo en Salta la profesión periodística defiende todo lo contrario.

¿Es que todos han decidido a coro descender a las cloacas del lenguaje?

Habrá alguien –quizá muchos– al que no le cuadre que el compromiso con la verdad, la transparencia, la responsabilidad social y el rigor, consustancial a una profesión tan necesaria y valiosa, sea sustituido por la agresión verbal sistemática, el oportunismo, la banalidad y la destrucción de reputaciones ajenas.

Desde luego que los personajes, las políticas y los procesos abyectos deben ser objeto de la crítica más descarnada, pero cuando esta se ejerce desde la zafiedad, la grosería y la mala educación, pierde la profesión del periodista y gana el personaje deleznable.

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