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  • En política, nada es inédito ni completamente nuevo. Los comportamientos que hoy nos asombran, y que nos parecen imprevisibles e inexplicables, son en realidad repeticiones más o menos casuales de situaciones que han ocurrido con anterioridad, en la Argentina o en otros países del mundo.
Momento del juramento de los nuevos ministros del gobierno federal
Momento del juramento de los nuevos ministros del gobierno federal

Pensar que todo lo que hemos vivido en el mes de septiembre de 2021 en la Argentina es la manifestación de la «nueva política» es un error. Aunque se vista con ropajes nuevos, la tensión entre el autoritarismo y la libertad es tan vieja como el andar a pie. Si tuviera que elegir el título de una canción que pudiera resumir mi impresión sobre estos sucesos, este título sería, sin dudas, «It's Still Rock And Roll to Me».


Lo que me sorprende, sin embargo, es que una mayoría de personas jóvenes haya caído en la trampa tendida por los autoritarios y hayan renunciado a entender lo que pasa. Es tan complejo -dicen algunos- que es mejor esperar el desarrollo de los acontecimientos para saber exactamente qué es lo que ha pasado.

La situación es compleja, es verdad, pero no tanto para empujar a millones de personas a la resignación y a la impotencia intelectual que supone llegar al final del análisis con un «no entiendo», pronunciado con desánimo.

Debemos hacer el esfuerzo de entender, por más que quienes protagonizan la disputa piensen que sólo ellos entienden lo que pasa. Dejarles a ellos la comprensión del asunto equivale a someternos a sus dictados sin cuestionarlos, y esta no es precisamente la idea que organiza una democracia participativa.

Claro que siempre enfrentamos el riesgo de entender las cosas mal, para el lado de los tomates. Pero es un riesgo que todos debemos asumir sin complejos y sin miedo a provocar daños irreversibles. Más tarde, siempre hay tiempo para rectificar. Lo malo no es equivocarse sino no intentarlo.

Las complicaciones y contradicciones internas de un gobierno débil, atrapado en la mediocridad y lastrado por su propia ineficiencia, no son cuestiones que un ciudadano normal, con una formación media, pueda llegar a no entender. La actitud corrosiva de una oposición desvertebrada, sobreideologizada y ligera, tampoco es un fenómeno nuevo o incomprensible.

En la Argentina, las instituciones siempre han sido el teatro de operaciones de los grandes grupos de poder. No debe sorprender a nadie que la crisis haya llegado hasta los umbrales de la Casa Rosada, puesto que situaciones como esta se han vivido con anterioridad, con los resultados que todos conocemos.

Solo cambian las caras, las siglas y si acaso el lenguaje, que parece más asertivo, más concluyente y más directo, pero que al mismo tiempo es más pobre en contenidos políticos o filosóficos. Escuchar al gobernador de la Provincia de Buenos Aires decir que «no se lograron lograr esos logros» es solo una pequeña muestra de la degradación de la palabra, de su crecida inutilidad en la batalla política.

No todo se puede entender a la primera. El ejercicio de comprensión requiere de una cierta práctica y de una renuncia consciente y expresa a la precipitación, al juicio rotundo e inmediato. Pero tan cierto es esto como que no es necesario que los hechos se cristalicen y que sean manipulados por la historia para poder conocer su esencia en profundidad. Así como nada se puede entender sin pensar, el entendimiento también es inútil cuando se piensa demasiado o se piensa demasiado tarde.

Evidentemente, la Argentina es «un país divertido», como lo afirmó recientemente la cesada ministra Sabina Frederic, reemplazada en su cargo por un talibán de la palabra. Semejante nivel de diversión nos ha colocado en el lugar en el que estamos.

Es hora de pensar en aparcar un poco la diversión e intentar ejercitarnos como ciudadanos entendiendo lo que sucede en nuestro entorno, antes de opinar y de sacar conclusiones tajantes.


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