Sin embargo, sigo sin comprender la economía argentina y, desde luego, soy incapaz de predecir su comportamiento.
Por algún motivo, en la Argentina esto es imposible.
En cualquier actividad, los que complican las cosas son normalmente los que no saben casi nada del tema. Lo hacen para enmascarar su ignorancia. Pero me temo que, en materia económica, quienes en la Argentina complican las cosas no son ignorantes sino gente que sabe mucho del tema. Por algún motivo, que ignoro, se empeñan en que su ciencia siga siendo la más difícil de todas.
Escucho hablar de «encaje mínimo», de «crawling peg», de «bienes durables», de «commodities», de «leliqs» y de cosas por el estilo y juro que me pierdo en esa jungla de tecnicismos, que omiten sistemáticamente cualquier referencia a la economía productiva real, al empleo, al poder de compra de los salarios, al ahorro, al consumo y otras variables que sí puedo entender.
Me resulta muy difícil aceptar que en un país en serias dificultades se le conceda una importancia cada vez mayor a la política monetaria y a los trucos financieros y se piense cada vez menos en soluciones para expandir la riqueza y distribuirla mejor. No lo encuentro razonable.
No es la complejidad intrínseca del asunto la que impide que haya una explicación fácil de estos fenómenos o una teoría asequible, al alcance del nivel de comprensión de un ciudadano medio. Por lo que veo, lo que hay es una actitud deliberada y consciente de ciertos políticos que consiste en colocar a los acontecimientos económicos detrás de un cerco de palabras difíciles y conceptos incomprensibles, para que los ciudadanos no puedan penetrar en él, y así poder hacer con la economía -que nos interesa a todos- lo que a ellos les venga en gana.
Desde luego, el problema no es que yo no entienda lo que pasa, aunque alguien pueda pensar que es mi culpa no saber cómo funciona el «crawling peg». El problema es que los ciudadanos argentinos, que deben tomar decisiones económicas (de ahorro o de consumo) todos los días, se enfrentan con esta maraña de conceptos y variables que hacen que no sea suficiente la racionalidad o el sentido común para tomar decisiones acertadas. El riesgo de equivocarse es directamente proporcional a la (innecesaria) complejidad en la explicación de los fenómenos económicos.
Lo curioso es que a estos economistas argentinos ultrasofisticados que tenemos y que se reproducen como conejos en círculos cada vez más cerrados y elitistas, siempre les va a parecer como muy simple o elemental (incluso acientífico) el discurso de los economistas de países que -paradójicamente- son mucho más prósperos, ordenados y previsibles que la Argentina. ¿No será entonces que en las explicaciones simples reside buena parte del secreto del éxito económico?
La economía complicada solo por el gusto de complicarla no solo trae problemas económicos, por supuesto. También acarrea problemas sociales muy serios, como una conflictividad elevada y muchas veces injustificada.
Dentro de esta línea de absurdidades a las que me refiero pondría al tope de la lista a la sesgada comprensión de la negociación colectiva entre patronos y obreros (que en la Argentina se llama con el horrible y equivocado nombre de «paritarias») y que normalmente fructifica en estructuras salariales endiabladas, que no entienden ni siquiera quienes las han negociado.
Complicar la negociación y la estructura del salario es una forma perversa, aunque muy sofisticada, de dañar los derechos de los trabajadores. Esto también es economía, como lo es la huelga, aunque algunos la nieguen.
Ignoro si alguna vez tendré la suerte de ver una economía argentina próspera, racional y ordenada. De lo que estoy seguro es de que, de seguir por esta línea de «lenguaje económico solo para iniciados», que ya lleva más de 80 años hundiendo nuestra productividad y arruinando nuestro bienestar, las posibilidades de salir del pozo serán cada vez más reducidas.