Y supongamos también que al Presidente ultrakircherista (y a algunos especímenes como Urtubey) se le ocurriera «parar» al Congreso —es decir, impedirle cumplir con su misión constitucional— «de la manera a la que hubiere lugar», y que el Presidente agitara a sus seguidores con soflamas pidiendo a gritos marchar sobre el Congreso Nacional y cerrar sus puertas.
Ahora que si la cosa fuera a la inversa; es decir, que si el kirchnerismo mayoritario en las cámaras y sus candidatos dijeran que quieren llegar al Congreso para «parar» al Presidente libertario, todo está fenómeno. Esta actitud obstructiva y nada respetuosa de la voluntad del soberano expresada en las urnas, este abuso de poder, es lo más democrático y cool que hay.
Los que piensan que hay que «parar» a Milei (no importa por qué método), para que Milei deje de hacer «el daño» que está haciendo, piensan que el «poder» (que es prácticamente lo único que les importa) les pertenece a ellos por derecho divino y el hecho de que la Presidencia de la Nación no esté ocupada por uno de ellos es una grave anomalía, no política, sino astronómica.
Obsérvese un detalle: Aunque el Presidente no kirchnoperonista desplegara políticas estatistas y populistas que reforzaran la autarquía del país y profundizaran su aislamiento del mundo (es decir si el Presidente libertario adoptara decisiones peronistas) igual querrían derribarlo. No importa lo que el Presidente «haga»: Basta con que no sea «uno de los nuestros». No se trata de decidir la orientación de las políticas, sino de discutir la titularidad del poder.
Algo parecido le pasó, hace ya casi cuarenta años, al presidente Raúl Alfonsín, que en 1983, cuando agonizaba la última dictadura militar, sedujo al titubeante electorado argentino recitando un fragmento del Preámbulo de la Constitución Nacional y denunciando un espurio pacto sindical militar. El peronismo, opositor desnortado pero no vencido, lo apretó y lo apretó hasta que Alfonsín terminó cediendo y sellando un pacto con los militares primero y con los sindicalistas un poco después.
Aun así, el recordado Presidente radical no evitó que los peronistas desataran el caos en el país casi a su gusto y forzaran su renuncia antes de que concluyera su mandato de seis años. Algo parecido sucedió con el presidente Fernando de la Rua.
Seguramente Saúl Ubaldini no dijo aquello de «hay que parar a Alfonsín», pero en los hechos, la CGT y el peronismo de zapa (ese que no se ve, pero que avanza resguardado por las galerías o trincheras abiertas por ellos mismos) estaban haciendo un prolijo trabajo, que derivó, como todos sabemos en una hiperinflación histórica y en una difusión igualmente histórica de la pobreza. Para cierto peronismo, no hay nada más bonito y «popular» que seguir siendo pobres.
Con la CGT casi desactivada y mayormente desmovilizada, a los «ubaldinis» del tercer milenio no les sale a cuentas lanzar a la gente a la calle. Prefieren desatar una corrida cambiaria e inundar con mentiras y medias verdades las redes sociales. El objetivo es el mismo: generar confusión, expandir la pobreza y forzar al soberano a pronunciar aquello de «ya vendrán los peronistas a poner las cosas en orden y a ocuparse de los pobres».
En esta tarea tan «democráticamente golpista» están empeñados algunos como Juan Manuel Urtubey, y otros cuya moral cívica puede rastrearse con facilidad en la web mas superficial. «Parar a Milei» no es solamente un objetivo antidemocrático y «destituyente». Es algo un poco más ambicioso.
Y ese algo más es el sibilino propósito de lanzar un grito de guerra, la convocatoria a un combate cruel en el que las primeras bajas no serán la ni la Constitución ni la democracia, sino el pobre argentino de a pie, elegido como escudo humano para tapar la ambición de poder más grotesca y melomaniaca de que se tenga memoria en la Argentina: La de Urtubey.
Pero hay que perdonarlo. Urtubey, que se hizo peronista en los primeros tiempos de Menem, llegó a la política cuando el divorcio entre la política y la moral ya era irreversible.