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  • Ecos de la marcha de ayer
  • En la concentración de ayer, de espaldas al Congreso Nacional, el sindicalista Pablo Moyano insinuó que los jubilados, los pobres y los trabajadores argentinos podrían «tirar al Riachuelo» al Ministro de Economía Luis Caputo, «para que cambie el modelo económico».
Pablo Moyano
Pablo Moyano

Desconozco si las aguas del Riachuelo tienen efectivamente las propiedades curativas que les atribuye Moyano; pero si por casualidad fuera la contaminación la encargada de hacer que un ministro del gobierno cambie de política, en vez de sumergir a Caputo en el sulfúrico Riachuelo (aquel «turbio fondeadero donde van a recalar barcos que en el muelle para siempre han de quedar»), al sindicalista se le podía haber ocurrido darle al ministro un baño en el río Arenales, o simplemente regarlo así por encimita con sus aguas asalmonelladas.



Pero no, no se le ha ocurrido. Echar a Caputo a Riachuelo -aunque fuese solo de forma «metabólica»- es otra demostración más de que, para algunos como Moyano, la Argentina empieza y termina en la General Paz La contaminación ambiental o es federal o no es nada.

El caso es que don Caputo, ni lerdo ni perezoso ha anunciado que sobre el asunto deberán pronunciarse los jueces. No sobre el río Arenales, que ya lo han hecho, sino sobre la supuesta incitación a arrojarlo a él al Riachuelo, que evoca vagamente el horror de los llamados vuelos de la muerte.

Lo curioso de este incidente es que ese gran constructor de metáforas que es Moyano, adaptó -probablemente sin saberlo- una frase bastante desafortunada del líder de la extrema derecha española, Santiago Abascal, quien a comienzos del pasado mes de diciembre -esto es, solo algunas semanas atrás- dijo en una entrevista al diario Clarín de Buenos Aires que llegará un día que al presidente Pedro Sánchez la gente quiera colgarlo de los pies.

Es curioso, porque la derecha española presta frases a la izquierda argentina y, a la inversa, la izquierda española enriquece el léxico de la derecha argentina, como sucedió y sucede con el sustantivo casta, que ahora está de moda en la Argentina, pero que fue reflotado para la lid política por Pablo Iglesias Turrión, líder del movimiento 15-M y punto alto de Podemos.

Luego de denunciar a la casta y convertirse, desde su precariedad vallecana, en azote en azote de los privilegiados de la política, Iglesias desembarcó en ella (junto con su mujer, como si fuese el Gobernador de Santiago del Estero) y, como buen miembro de la progresía española, se siente hoy muy a gusto con el drástico cambio a mejor de su vida material propiciado por su proximidad a la política.

Algo parecido pasa con los sindicalistas argentinos, que paradójicamente son más poderosos que muchos empresarios poderosos, y no precisamente en la arena de las relaciones laborales. Ellos no hablan de casta, pero sí de tirar a los indeseables al río, como Abascal, aunque en un plan refrescante. La estrategia populista solo es eficaz en la medida en que puede sostener (y no parece que lo esté haciendo) un tajante reparto de roles morales.

En la Argentina las cosas están tan confundidas, que de uno y de otro lado se lanzan graves acusaciones de corrupción y se intenta por aire, mar y tierra que los contrarios aparezcan sucios y deleznables. Pero ninguno de los bandos enfrentados consigue que aparezca como inmaculado y coherente el dedo que se levanta para acusar al contrincante. Cada uno guarda algún que otro muerto en el armario, y el dedo de algunos se parece mucho en higiene al de Lisandro, de Gran Hermano.

Así como creo que no se debe colgar a nadie de los pies (ni en piazzale Loreto ni en ningún otro lugar), por muy siniestro y autócrata que sea, y que no se puede tirar al Riachuelo (o al más letal río Arenales) a ningún ministro para que cambie de opinión, también creo que decirlo no constituye delito y que los jueces no tienen que meterse en estas cuestiones.

Irse de la lengua es un acto que solo debiera avergonzar a quien lo protagoniza. Pero visto está que, en los tiempos en que vivimos, los que echan sapos y culebras por la boca contra su prójimo no se avergüenzan en lo más mínimo, y que quienes se sienten ofendidos -sobre todo cuando son personajes públicos con responsabilidad política- no dudan en correr a refugiarse debajo de los faldones de los jueces, a la espera de que con la otra mano los magistrados le coloquen una apretada mordaza judicial al ofensor.

Yo creo que el mayor castigo que podría imponerse a Moyano por su exceso verbal es invitarlo cordialmente a comer unos zapallitos cultivados a la vera del río Arenales. Con eso va a tener suficiente para un par de semanas, por lo menos.



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