En la coyuntura que vivimos, no tiene ningún sentido –creo incluso que sería suicida– organizar en Salta un polo de resistencia a Milei. Hacer oposición, sí, pero entre hacerla responsablemente y entonar un sonoro «¡No pasarán!» hay una diferencia sustantiva.
El gobierno federal mantiene el control de la emisión monetaria, fija la tasa de interés y el tipo de cambio, establece la política de precios, controla el comercio exterior, diseña la legislación laboral y, por si fuera poco, percibe impuestos que deberían percibir las provincias. La capacidad de estas de resistir el arrollador embate del poder central es muy limitada. Las herramientas de que disponen los gobernadores para intentar mantenerse a flote son, hoy por hoy, muy precarias.
Salta es, sin dudas, una de las que menos recursos financieros, políticos e intelectuales tiene para oponerse a los dictados de Milei con una mínima garantía de éxito. En ocasiones, la defensa del federalismo pasa por apuntalar el poder central en el corto plazo, para poder disfrutar de la autonomía en el largo.
Así las cosas, lo mejor que puede hacer la Provincia de Salta en estos momentos es correrlo a Milei «pal lao en que dispara», a la espera de que la restauración de los equilibrios fundamentales de la economía nacional permita más tarde a Salta sentarse a la mesa y discutir en otros términos, algo más favorable a nuestros intereses.
Para hacer algo como esto, los salteños deben elegir entre los libertarios vernáculos (meros hologramas del Presidente y admiradores acríticos de sus peores formas) y los peronistas pragmáticos, que no comulgan ni con el confuso ideario ni con los malos modales del Presidente, pero que están dispuestos –aun a riesgo de no recibir nada a cambio en el corto plazo– a allanarle al bulldozer libertario el camino en el Congreso Nacional.
Quienes van a perecer engullidos por esta polarización creciente –y así lo espero– son los kirchneristas nostálgicos de Salta, a los que una derrota contundente en las urnas podría devolverlos a la realidad y hacerlos comprender de una vez que, tras casi veinte años de fantasías colectivistas (alejadas del ideario peronista original, y mucho más de la última doctrina elaborada por Perón), el país ha quedado destruido y no hay otra alternativa que reconstruirlo desde «ground zero».
Curiosamente, los responsables de la destrucción de lo poco que quedaba en pie en el país se ofrecen ahora como los nuevos mesías, los salvadores de una patria amenazada –dicen ellos– por el autoritarismo, la insensibilidad social y la enfermedad mental. Afortunadamente, el mesianismo en Salta tiene nombre, apellido y trayectoria perfectamente trazable en las hemerotecas digitales. En otras latitudes, no solo están identificados en las redes, sino también fichados por instituciones penitenciarias y con tobilleras bien apretadas.
El sueño de convertirse (desde Salta) en el «stopper» de Javier Milei es muy tentador, pero esta quimera solo puede marear y confundir a los más ingenuos o a los más deshonestos, incapaces de aceptar el destino periférico de una tierra que solo ha dado al país dirigentes mediocres, pagados de sí mismos.
Hoy por hoy, el mejor servicio que se puede hacer al futuro de la Provincia de Salta es guardarse en el bolsillo trasero la ideología e intentar que los repartos de premios y sacrificios que vienen cosidos al orillo de las políticas libertarias no nos perjudiquen en demasía. Al menos, hasta que pase la tormenta.
El daño –en forma de resignación de nuestra autonomía y de «comodidad» financiera– lo han hecho otros, en décadas pasadas. Desgraciadamente, uno de los máximos responsables de nuestra vulnerabilidad como Provincia y de nuestro aislamiento en la poco movediza arena federal hoy se ofrece como el némesis del Presidente de la Nación.
Nuestro deber es hacerle saber en las urnas lo que el soberano piensa de él.