No creo que decirle a un periodista porteño «Estos son los pobres de la Argentina, ¿te das cuenta? Ojalá que toda esta energía sirva para que mejoremos toda la Argentina» sea lo más acertado y oportuno que alguien pueda decir en estos días. Sobre todo si ese alguien es una persona de quien se espera una hondura espiritual que supere por grandes distancias la tradicional (e imperdonable) superficialidad de la política salteña.
No quiero ni pensar que lo que ha querido expresar el prelado con esta frase es su profunda satisfacción por la cantidad de pobres que viven en Salta, porque eso supondría que cuantos más pobres haya en nuestra Provincia, cuanto peor vivan sus habitantes, la jerarquía católica será más feliz y tendrá más clientes dóciles y sumisos. Sería de una crueldad inexplicable.
Yo me pregunto si, de verdad, la «energía» de los pobres contribuye a mejorar a Salta, o si, por el contrario, la empeora y la avergüenza. Desde luego, no avergüenza a los pobres, que ninguna culpa tienen, sino a los que no son pobres, a los que ejercen el poder en cualquiera de sus formas, que deberían ruborizarse por tanta opulencia rodeada de tanta miseria y marginalidad.
Felizmente, el peregrinaje ha dejado de ser cosa de salteños pobrecitos que solo tienen para mostrar su fe y su resistencia pedestre. Hoy peregrinan desde lugares remotos salteños que muy poco tienen de pobres. Entre ellos hay muchos que ni siquiera tienen fe, y, al contrario, tienen muchas ganas de posturear y de hacerse los devotos. Todo vale, por supuesto, pero —seamos realistas— los curas de Salta (en su mayoría ricos y pudientes), por puro interés han hecho una extraña amalgama entre pobreza y devoción. Por tanto, les hincha el pecho que se relacione a los peregrinos con la pobreza, como si fuese un fenómeno fatal e ineluctable.
Ustedes, que deberían ser pobres, no lo son. ¿Por qué entonces tienen que imponer la pobreza a los demás? Algunos deberían predicar con el ejemplo.
Hablando en términos espirituales, el auténtico peregrino es más rico que cualquiera de nosotros. Un versículo de la Biblia (Santiago 2:5) dice: «Hermanos míos amados, escuchad: ¿No escogió Dios a los pobres de este mundo {para ser} ricos en fe y herederos del reino que El prometió a los que le aman?».
Un gran favor le haría el Arzobispo a Salta y al mundo si, en vez de henchir el pecho de orgullo por la pobreza «tan pura», tan colorida, tan numerosa y tan «exportable» que hay en nuestra Provincia; si en vez de pedirle a los visitantes porteños que se queden con el «rostro» de nuestra gente humilde, como quien toma con sus celulares una fotografía a las momias del Llullaillaco, luchara sin demayos desde su sillón episcopal para que los pobres dejaran de serlo de una vez; para que vivieran mejor, aun a riesgo de que el mejor pasar material los aleje un poco de la Iglesia. Pienso que es un riesgo que se debe tomar.
Estoy seguro de que nuestro Señor del Milagro, en su infinita misericordia, mirará con benevolencia la salida de la pobreza del mayor número y perdonará a los que circunstancialmente se olviden de él. Para eso, precisamente, rezamos todos los años una Novena especialmente mortificante, como pocas hay en el mundo. Rezamos para que nos se perdone el horrible pecado de la ingratitud, que es tan horrible como el de la insolidaridad.
Los pobres —distinguido monseñor— no necesitan podólogos, sándwiches de mortadela, ni agua mineral, tanto como necesitan rentas, empleo y bienestar, y una Iglesia que se fije en la riqueza de su alma y no en la humildad de sus «rostros» o en la austeridad de sus vestimentas.
Lo que no se puede tolerar es que desde las más altas instancias eclesiásticas se transmita el mensaje de que la pobreza es buena, y que es casi sinónimo de santidad, porque esto es lo más inhumano que se puede esperar de alguien que está obligado a jugarse el cuello por la dignidad de sus semejantes.



