La costumbre de hacer que los niños y niñas de nueve años formulen una promesa solemne de fidelidad a la Bandera, se funda –por lo que he podido ver– en la ancestralidad y en el hecho de que «todas la civilizaciones» han practicado y practican algún tipo de juramento.
Hay ciertos ritos que felizmente se han superado, que no se practican más, y yo espero que, aunque sea tarde y yo no alcance a verlo, esta promesa de fidelidad a la bandera desaparezca para bien de nuestra infancia y de su integridad como personas.
Me parece terrorífico que a un niño que está todavía muy lejos de tener una idea clara de lo absoluto, y desde luego es incapaz de tener una conciencia precisa de la muerte, se le haga asumir «el compromiso de cooperar en la defensa de la comunidad, si es preciso tomando las armas y, en ocasiones, hasta perder la vida».
¿No sería mejor introducirlos lentamente en el aprendizaje de los valores de nuestra Constitución, antes que hacerles prometer que tomarán las armas y se dejarán la vida para defender algo que ni siquiera saben qué es?
La idea de «patria» y su expresión simbólica (la bandera) ha venido siendo utilizada desde hace casi dos siglos para movilizar las emociones del ciudadano, cuando lo que necesita la república –y en especial su democracia– no son tantas emociones intensas sino la racionalidad sosegada que reside en nuestra Constitución y en nuestro sistema legal.
Dejemos que nuestros niños y niñas construyan su personalidad en libertad y que elijan amar al país y reverenciar sus símbolos si así lo consideran conveniente, pero siempre que hayan alcanzado la edad que se requiere para comprender su significado. No antes.