He de confesar que tiendo a criticar primero su «estilo» literario y solo después a fijarme en la parte sustancial de sus opiniones. Es esta una deformación de mi personalidad, he de reconocer.
Pero, por hoy, voy a hacer una excepción y detenerme en algunos de los párrafos de su más reciente columna titulada «Nueva legitimidad», en la que, entiendo, Urtubey hace un esfuerzo (bastante alejado de sus capacidades, no léxicas en este caso, sino espirituales) por retratar el momento que vive el país.
Momentos decisivos para nuestra historia
Comenzaré por el encabezamiento en el que dice: «La Argentina, y los argentinos adentro de ella, transitamos momentos que serán decisivos para nuestra historia».Al enterarme de que Urtubey deja fuera de la foto a los «argentinos afuera de la Argentina» lancé un profundo suspiro de alivio. Desgraciadamente, este hombre no pensaba en mí sino en los miembros de su familia pequeña que viven y trabajan en el Uruguay.
Lo he dicho más de una vez: a los argentinos que vivimos fuera de la Argentina, en su mayoría, nos afectan con una intensidad pocas veces imaginada los sucesos nacionales, sus dramas y sus tragicomedias. De hecho, no dedicaría un solo minuto a escribir sobre Urtubey si no me importara la Argentina y si no pensara que esos «momentos decisivos para nuestra historia» pueden llegar a ser trágicos si, en un súbito ataque de enajenación mental, a alguien se le ocurriera votar al exgobernador de Salta como senador nacional.
El prestigio de nuestro sistema de partidos políticos
El segundo punto que me gustaría comentar es el del «horadado prestigio de nuestro sistema político».Yo creo que tal prestigio no ha existido nunca. La historia política argentina durante el siglo XX no ha sido sino «un despliegue de maldad insolente», y que si ya en la década de los 30 no había «quien lo niegue», 74 años después de la muerte de Discepolo la cosa está mucho más clara.
Muy probablemente Urtubey piensa que el sistema político argentino era prestigioso cuando él fue elegido Gobernador de Salta, y que la debacle se produjo después, cuando él —el providencial, el predestinado— dejó los primeros planos de la política.
Cuando el exgobernador de Salta habla de «crecer en institucionalidad» y «reconstruir la solidez de los partidos políticos», me viene a la memoria la figura de esos criminales que vuelven a la escena del crimen mientras los peritos forenses recogen muestras del suelo con guantes de látex, o de esos mismos «ciudadanos ejemplares» que marchan con antorchas junto al pueblo para reclamar la pronta aparición con vida de una jovencita, mientras esta duerme el sueño eterno en una zanja cavada en el fondo de su casa.
Aunque no conozco nada de psicología, puedo advertir en esta duplicidad un comportamiento manipulador y maquiavélico. Probablemente no sea un trastorno en sí mismo, pero las personas con estos rasgos están generalmente afectadas por la llamada «triada oscura», que integran la personalidad maquiavélica, el narcisismo y la psicopatía, que les empuja a dañar a otros para obtener beneficios personales y luego presentarse como benevolentes o altruistas para ganar favor o mantener una fachada.
Coincido con Urtubey en la necesidad de «institucionalizar un diálogo vibrante que permita saber que hay algunas reglas que son razonablemente inalterables que permitan que la Argentina vuelva a tener ese contrato social que hemos perdido en algún momento». Y coincido también en que esta tarea «es responsabilidad de los partidos políticos».
Pero no creo que nadie pueda lanzar este mensaje cuando en lugar de «institucionalizar un diálogo vibrante» no ha dialogado con ningún líder de la oposición en 12 años de gobierno. Nadie puede convocar al consenso ni apelar a la «responsabilidad de los partidos políticos» cuando ha absorbido hasta hacer desaparecer al Partido Renovador de Salta, y convertido en «peronistas de la primera hora» a sus principales líderes (Andrés Kostas Zottos y Cristina Fiore). Quien ha destruido el diálogo solo puede querer recomponerlo por dos motivos: 1) porque admite su error en el pasado; y 2) porque falsificarse como dialoguista le favorece en el presente.
La batalla cultural y la grieta
Dice Urtubey: «Se menciona frecuentemente una supuesta “batalla cultural” para cambiar la mente del otro, ya que todos son poseedores de la “verdad revelada”. Toda esa comunicación moderna se usa para incrementar las diferencias, aumentar la grieta, que es el verdadero proyecto práctico sobre los que se asientan los gobiernos de estos últimos tiempos. Todo ello va en sentido contrario a la búsqueda de un proyecto en común».¿Aumentar la grieta? No entiendo. Si lo que ha hecho Urtubey en los últimos 70 días no ha sido otra cosa que apostar al ensanchamiento de la grieta para poder volver a los primeros planos de la política. Su búsqueda de «consensos alrededor de un proyecto común» ha sido tan exitosa que se ha saldado con la implosión de su coalición electoral, que se produjo tras la confirmación de su candidatura como primer senador nacional. El 80% de los partidos del Frente Patria salieron disparados en todas direcciones al conocer que desde Buenos Aires habían impuesto su nombre.
El nuevo contrato social 'argentino'
Nunca he sabido que hubiera un contrato social «argentino», diferente al universal; pero respeto la idea, que es muy peronista, por cierto, ya que está bastante emparentada con el principio —totalitario donde los haya— de la «comunidad organizada».La respetaría aún más si se nos dijera claramente cuáles son las principales bases que sustentan el nuevo contrato, las partes convocadas a suscribirlo y los instrumentos en los que se va a materializar. Nada de esto nos dice Urtubey en su breve columna.
Apenas hay un mención difusa al esfuerzo necesario para encontrar la soluciones que el país necesita. Pero mucho me temo que, para Urtubey, no hay solución posible sin él. Para decirlo con otras palabras, los problemas continuarán asfixiándonos hasta que no elijamos al mesías. Si él no es parte del negocio, olvidémonos de hacer cualquier esfuerzo.
Es ya una tradición en nuestra política doméstica que quien pierde el poder, mientras se mantiene fuera de él, aboga por el «cambio» y la «renovación» y se esmera en convencernos de que quiere fundar una «nueva política», basada en un «nuevo contrato social». Pero cuando consigue su propósito, se aferra al statu quo como a un clavo ardiendo y archiva cualquier promesa de cambio. Esto es más viejo que la injusticia.
Dice Urtubey, ya para terminar, que «la solución partirá de un acuerdo político que tenga a la sociedad como testigo, como protagonista y como garante». Dejando a un lado la insoportable obviedad, otra vez Urtubey se sitúa fuera de la sociedad y se reafirma como parte del «establishment» (la «casta», que llaman los libertarios). Urtubey no llama a acordar con el diferente, sino entre los de su misma calaña, para que después todos los demás veamos el fruto maduro de sus fantasías políticas y reverenciemos como dioses modernos a sus generosos artífices.
Con el mayor de los respetos, pienso que el «acuerdo político fundante del nuevo contrato social argentino» será imposible en la medida en que gente como Urtubey siga empeñada en el «¡Che Milei!», en el «hay que parar a Milei» y en «la fuerza de los salteños» como amenaza a las instituciones, que nos alertan de una voluntad firme y consistente de negarle al contrario cualquier legitimidad (antigua o moderna) y de profundizar la grieta como vía para lograr la reconquista del poder perdido.
