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  • Libertad y tolerancia
  • En 2014, mientras se celebraba en Salta el único juicio válido por el doble crimen de Cassandre Bouvier y Houria Moumni, el padre de la primera de las víctimas, presente en el juicio, sorprendido por la pobre calidad de nuestras instituciones democráticas y por la imagen de una sociedad empobrecida y sin libertades, sacudía la quietud de la siesta provinciana con una frase para la historia: «A Salta no ha llegado la Revolución Francesa».
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

Por razones que son fácilmente comprensibles, aquella instantánea no pretendió retratar lo más profundo del conservadurismo cuasifeudal que impera en Salta desde hace dos siglos, y que puede sorprender en diversa medida a los forasteros, pero desde luego no a los lugareños.



Si acaso, el mérito de aquel padre doliente, su genialidad, consistió en traer a la superficie una verdad que, durante décadas y sin pausa, el poder político y social que nos domina se ha esmerado en ocultar y disimular por todos los medios a su alcance.

Esa verdad es que Salta -a pesar del tono solemne de su Preámbulo constitucional- se ha empeñado en ignorar a la Revolución Francesa y a los beneficios que este acontecimiento histórico, divisor de eras, ha traído a los seres humanos.

La libertad, solo en los textos

Quiere esto decir que en doscientos años no hemos fracasado a la hora de llevar a lo más alto de nuestro sistema de convivencia a las libertades individuales o en la tarea -ineludible para cualquier sociedad que quiera progresar- de eliminar los privilegios ancestrales de la aristocracia y del clero. Simplemente ha ocurrido que hemos esquivado calculada y deliberadamente estos desafíos. No lo hemos intentado, siquiera.

Sin embargo, los salteños hemos dado vida, muy exitosamente, a una especie de Congreso de Viena permanente.

En Salta, para tranquilidad de muchos, no hubo que restaurar nada. Es decir, no hubo necesidad de eliminar conquistas territoriales o ideológicas de una revolución que nunca se produjo; a nadie se le ocurrió hacer reverdecer los laureles de un Antiguo Régimen que nunca perdió actualidad y no hubo que derrotar a ningún imperio, pues -como decía aquel filósofo de Villa Fiorito ya fallecido- al imperio «lo teníamos adentro».


Salta no necesitó ni de un Edmund Burke, ni de un Joseph de Maistre, ni de un Klemens von Metternich. Todo el trabajo lo hicieron los gauchos (unos gauchos iletrados), sin ningún esfuerzo intelectual y por medio de la imposición del peso irresistible de una tradición escasamente documentada y apoyada en las muletas de una autoridad moral bastante discutible.

Los salteños asistimos primero al ascenso y luego al predominio sostenido de una clase que en 200 años no experimentó ningún momento de debilidad y que, creyéndose sin mucho fundamento la parte «más decente» de nuestra sociedad, afirmó y sostuvo, por la fuerza persuasiva de los guardamontes, algunos principios generales como:

1) La obediencia a la autoridad política (encarnada por quién sino por ellos mismos);

2) La centralidad de la religión organizada en el orden social;

3) La oposición a cualquier intento o brote revolucionario;

4) La falta de voluntad para aceptar demandas liberales de libertades civiles y gobierno representativo y aspiraciones nacionalistas generadas por la era revolucionaria francesa;

5) La precedencia de la comunidad por encima de los derechos individuales (rasgo que heredó el peronismo);

6) La sociedad estructurada y organizada;

7) La tradición como guía para una sociedad ordenada.


La incolumnidad del orden conservador

Nuestro Congreso de Viena permanente (en realidad, un consenso firme y silencioso en torno al desprecio militante hacia la libertad) terminó, con el tiempo, convirtiendo al sistema republicano y representativo de Salta en una monarquía hereditaria, estructurada alrededor de una burocracia gubernamental cada vez más numerosa, apoyada por una aristocracia terrateniente y mayormente ociosa, y bendecida por una Iglesia que, a pesar de su pérdida de autoridad y de los escándalos, aún sirve de refugio espiritual para los conservadores de Salta.

Pero, si la revolución de las libertades no ha sido posible, ¿cómo pensar que una revolución «socialista» pueda tener éxito entre nosotros?

Así como en Salta impera un orden conservador calcado de la reacción de 1815, a nuestras pedregosas playas no han llegado, ni con retraso, los aires revolucionarios de 1848, que transformaron al mundo, primero con sus proclamas liberales y más tarde con la amenaza lanzada por el proletariado hacia el orden social establecido.

En pocas palabras, que el camino hacia una sociedad más justa no pasa por incendiar las calles ni agitar las protestas de obreros desindicalizados sino por rescatar a la libertad de su encierro, por darle una oportunidad; la oportunidad que nunca tuvo. No es el liberalismo sino el conservadurismo de cuño reaccionario el que aprieta hasta asfixiar a las clases menos favorecidas y ensancha las desigualdades hasta llevarlas a los límites de la indecencia. A las mismas clases que, por ignorar los beneficios de la libertad, siguen contribuyendo sumisamente al sostenimiento del régimen.


Es fácil confundirse

Pero, en estos tiempos de confusión, de disfraces y de mensajes irracionales, es muy fácil perderse en la jungla de siglas y consignas y confundir la lucha contra el orden conservador, contra la injusticia social y a favor de las libertades, con la defensa de un autoritarismo destructivo que promete no dejar nada en pie, pero que para ello instrumentaliza la libertad, no para potenciarla, sino para ponerla al servicio de un estatismo que reniega de los valores del liberalismo, como la moderación, la tolerancia en las relaciones humanas, la democracia representativa y el imperio de la Ley.

Nuestro Congreso de Viena permanente afirma desde hace 200 años la supremacía de la «política de la fantasía» sobre la «política de la razón», de una política que apela a los sentimientos y a la voluntad para justificar el dominio ancestral. Es decir, que viene haciendo desde hace dos siglos exactamente lo mismo que aquellos que hoy se proponen sustituir un autoritarismo por otro sin darle ninguna oportunidad a la libertad y a la tolerancia.

Aunque han pasado más de 230 años, aún no es tarde para que a Salta llegue la Revolución Francesa. Si bien todavía vivimos un régimen diseñado por gauchos poco ilustrados que jamás se propusieron sinceramente disipar las tinieblas de la ignorancia de sus más próximos mediante las luces del conocimiento y la razón, aún no está todo dicho. Hay reformas que la libertad exige practicar como el cuerpo nos pide beber agua.

Por delante tenemos una empresa gigante, pero no imposible (la del rescate de la libertad y de la tolerancia), que no será posible de acometer si no somos capaces de dar un pequeño paso: el de reformar de raíz nuestro sistema electoral, que teóricamente fue diseñado para garantizar la paz política, pero que en el fondo ha sido amañado con astucia por la clase que detenta los privilegios para falsear la realidad y convertir a nuestra República en una mera caricatura de sí misma.



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