Cuando en nuestro país se convoca a una huelga general, el anuncio (generalmente efectuado por la Confederación General del Trabajo) tiene, extrañamente, un eco similar al de un decreto del gobierno; es decir, no se le puede desobedecer.
Es tan intensa la fuerza de esta declaración/convocatoria, que mete miedo hasta a los propios empresarios (contra quienes -paradójicamente- se dirige la huelga) y son quienes tienen la obligación moral de resistirla y de intentar de que sus efectos sean mínimos.
Pero nuestros empresarios -al revés que los empresarios de otras partes del mundo- no tienen miedo a perder clientes, negocios o ganancias, tanto como a quedar como unos imbéciles, abriendo sus fábricas o comercios, cuando casi todos sus colegas han decidido cerrarlas, solo «porque tal o cual sindicato ha adherido a la huelga».
Es decir, los empresarios interpretan que todos sus trabajadores, estén o no sindicalizados y con independencia del sentimiento individual que tengan frente a la huelga, no acudirán a trabajar. En estos casos, quien viola la libertad sindical es el empresario, que cierra las fábricas sin motivos defensivos y no el sindicato que presiona para que los trabajadores acaten la huelga.
Vuelvo a poner como ejemplo la decisión de la empresa SAETA (transporte público colectivo de pasajeros en el área metropolitana de Salta) de suspender sus servicios y cerrar, al primer estornudo del sindicato UTA (que agrupa a los choferes) insinuando que sus afiliados van a «adherir» a la huelga. ¿Y los afiliados a la UTA que no quieren hacer huelga? ¿Quién respeta su libertad sindical?
Lo mismo hacen, por cierto, la empresa que recoge la basura, los supermercados, los parques industriales, algunas oficinas del gobierno, los bancos, las farmacias, e incluso algunas directoras de escuela. La lista es muy extensa. «Hoy no abrimos porque hay huelga», dicen. ¡Por Dios! ¡Si la huelga no es de ellos!
A todo esto se suma la aportación, muchas veces irresponsable, de ciertos medios de comunicación que propalan mensajes como: «no mande los chicos a la escuela, porque no habrá clases», «saque dinero del cajero automático esta noche porque mañana no habrá bancos» o «no saque la basura a la vereda porque se la van a comer los perros». Ninguno de estos medios sabe, antes de una huelga, si los maestros, los empleados de los bancos o los recolectores de residuos van a trabajar al día siguiente. Simplemente, dan por hecho que «todo el sector» está en huelga.
El trabajador argentino (el salteño en particular) no es libre, en absoluto, para ir a la huelga o para ir a trabajar, si así lo decide. La decisión está en manos de otro: a veces de los sindicatos (cosa que, llegado el caso, se puede perdonar), pero muchas veces lo está en manos del empresario, que es lo que se podría llamar el «partícipe necesario» que asegura el triunfo de la huelga.
Es el empresario el que cierra a cal y canto los centros de trabajo, pero no por miedo a que le rompan las instalaciones, sino simplemente para «que nadie los señale con el dedo» y «por si las moscas», porque como lo ha dicho la CGT, ellos también tienen que obedecer. El secretario general de la CGT es un funcionario, ¿no? ¿Acaso no son peronistas estos tipos?
Nos quejamos de las huelgas políticas o de las que tienen motivaciones políticas. La OIT dice que este tipo de huelgas no va en contra de la doctrina del Comité de Libertad Sindical. Pero para que las huelgas políticas no vulneren el Ordenamiento, es necesario poder contabilizar de forma transparente y leal cuántos trabajadores se quedan en su casa o integran los piquetes, y cuántos, a pesar de la presión ambiental (del miedo escénico) y del «qué dirán» acuden a sus puestos de trabajo el día señalado. Las huelgas generales son grandes plebiscitos, en realidad.
Pero nada de esto es posible cuando son los mismos empresarios los que cierran las fábricas, los que le echan cadenas a los colectivos e inmovilizan los camiones de la basura, sin que haya más motivo para ello que su deseo de no contrariar a la benemérita central obrera. Esas huelgas son lo más parecido a jugar un partido de fútbol en el que uno de los equipos salta al campo de juego ganando el partido por 7 a 0 antes de que empiece. ¿Tiene algún sentido jugarlo?
La huelga es lo mejor (a veces, casi lo único) que tienen los trabajadores para defenderse de las injusticias y de la explotación. Podría decir aquí que es un invento maravilloso, aun a riesgo de que me tomen por extremista. Y en realidad lo es porque, entre otras cosas, supone una muy ilustre y no tan antigua forma de contradecir el viejo principio jurídico del Derecho Romano: Neminem lædere.
Por eso, cuando la huelga se desfigura, sea porque los trabajadores decretan una sabiendo que los sindicatos van a empezarla ganando 7 a 0, sea porque los empresarios se «pliegan» a ella de una forma irracional, pensando que la decisión de la CGT es un decreto del gobierno, lo que veo es que son los trabajadores y sus derechos los que sufren la huelga. Los sindicatos ganan (aunque de esto no estoy muy seguro) y los trabajadores pierden, aunque se les pague el día que no trabajaron.
Pierden porque, en ese ecosistema mefítico, la huelga, como instrumento de autotutela, queda desprovista de toda su efectividad; pierde esa «deportividad» que viene apuntalando sus reivindicaciones desde hace más de doscientos años.
Porque la huelga, con la que los trabajadores deberían defender sus derechos de una manera muy efectiva, queda vaciada de contenido y reducida a un juego de vanidades que no tiene nada de épico, ni de estratégico; que no es ni siquiera una forma de resistencia o de fragor reivindicativo, sino un mensaje de afirmación de todas las debilidades del sistema, que son precisamente las que perjudican a quienes solo viven del alquiler de su fuerza de trabajo.
