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  • Olvidemos el pasado
  • Durante el pasado invierno austral, quien estas líneas suscribe firmó su solicitud de acceso al denostado club de las personas mayores. Excepto a los efectos jubilatorios, para todo lo demás soy formalmente viejo. Pero salvo un poco de orgullo y bastante de agudeza intelectual, no he perdido nada. Ni siquiera pelo.
Felipe González y Alfonso Guerra, en el Ateneo de Madrid - Septiembre de 2023
Felipe González y Alfonso Guerra, en el Ateneo de Madrid - Septiembre de 2023

Por eso es que me he pensado dos veces ponerme a escribir sobre la enorme contribución a la democracia del país en el que vivo que han efectuado -y se empeñan en seguir haciéndolo- dos viejos estupendos que hace un buen rato traspusieron el mismo meridiano que me tocó trasponer a mí el pasado mes de julio.



Me refiero a Felipe González (81) y a Alfonso Guerra (83), presidente y vicepresidente del Gobierno de España durante el periodo en que este país alcanzó sus más grandes progresos históricos.

Según parece, los dos llevaban más de treinta años (que se dice pronto) sin dirigirse la palabra. Sin embargo, la muy peculiar y, desde luego, inédita situación política por la que atraviesa España en estos momentos los ha hecho coincidir de nuevo y enviar un mensaje conjunto a la ciudadanía, como en las épocas en que parecían formar un tándem indisoluble.

Pero, por muy peleados que pudieran haber estado (o seguir estando), pienso que las posturas políticas de González y Guerra nunca han sido tan divergentes como para perder la ilusión del progreso y pensar en un divorcio definitivo. Aunque no ha habido entre ellos una coincidencia total y exacta, la contribución que durante todos estos años han hecho a la unidad del país y al fortalecimiento de la democracia, no solo es digna de todo encomio, sino también un ejemplo para ciertos políticos argentinos que todos los días nos demuestran que la unidad de la nación y la suerte de su democracia no son nada comparadas con su propio orgullo.

Cualquiera haya sido el tiempo que hubiera durado la incomunicación, Felipe González y Alfonso Guerra no dudaron en reunirse públicamente la semana pasada, con la misma frescura con que lo hicieron en la soleada primavera de 1974, en La Puebla del Río, alrededor de una tortilla de patatas, o en el titubeante otoño de 1982, cuando la victoriosa dupla, vencedora de las elecciones que cerraron exitosamente la transición española, salió a saludar a sus incondicionales desde el balcón del hotel Palace.


Esta vez el escenario fue muy diferente. González y Guerra no compartieron balcón ni mantel de pic-nic, sino el austero estrado del Ateneo de Madrid, en donde el que fuera vicepresidente del Gobierno entre 1982 y 1991 presentó su libro La rosa y las espinas, editado por La esfera de los libros.

La ocasión fue propicia para que los dos históricos líderes socialistas se manifestaran inequívocamente en contra de su propio partido -el PSOE- que, según todo indica, se apresta a votar una ley de amnistía para borrar los delitos que contra el orden constitucional cometieron los independentistas catalanes en 2017 y permitir así que varios de sus líderes -entre ellos, Carles Puigdemont, que escapó de España en el maletero de un coche y se refugió en Bélgica- pueda regresar triunfante al país.

Los argumentos de González y Guerra son suficientemente conocidos como para repetirlos aquí; como conocida también es la obsesión amnistiadora del actual Presidente en funciones Pedro Sánchez, secretario general del partido del que todavía forman parte González y Guerra, y del que hace apenas una semana fue expulsado sin contemplaciones Nicolás Redondo Terreros, que durante años fuera secretario general del mismo partido en Vizcaya.


Ver juntos a González, a Guerra y a Redondo me ha evocado los tiempos en los que el socialismo español avanzaba como una topadora y modernizaba el país a gran velocidad gracias a la firme alianza entre andaluces y vascos. Eran los tiempos en que Felipe -todavía Isidoro- defendía ante los tribunales franquistas a un incorruptible Nicolás Redondo Urbieta, el histórico refundador de la UGT y padre ya fallecido del dirigente vasco recientemente expulsado del PSOE de Sánchez.

Alguien en aquella época me previno acerca de la escasa densidad humana y la poca fiabilidad política de los «socialistas de Madrid», probablemente desencantado con la personalidad escasamente carismática del «viejo profesor», apodo con el que se conocía a don Enrique Tierno Galván.

Con el tiempo, pienso que algo de razón tenía quien me lo advirtió. Hoy, casi todos los socialistas importantes de Madrid -que siempre recelaron del arrollador dinamismo del eje Sevilla-Bilbao- apoyan la amnistía que pretende conceder Sánchez para asegurarse los votos independentistas en una hipotética investidura. Pero hay dos excepciones notables: la de Joaquín Leguina (primer presidente de la Comunidad de Madrid, entre 1983 y 1995) y la de Tomás Gómez (alcalde de Parla entre 1999 y 2008). Ninguno de los dos, curiosamente, es nativo de la capital del Reino, pues Leguina nació en Cantabria y Gómez en los Países Bajos.


El recuerdo de mi padre

El acercamiento o reencuentro entre Felipe González y Alfonso Guerra -para algunos, tardío y forzado- me recuerda mucho al espíritu conciliador de mi padre cuando se acercaban las elecciones después de un periodo de gobierno militar y había que armar las listas. Muchos de los que lo atacaban sin piedad e incluso aquellos que toleraron (o alentaron) que mi padre durmiera muchas noches en la cárcel solo por su osadía de ser peronista (en tiempos en que casi nadie se animaba a serlo) se acercaban a él y, con una bolsa de azúcar de 50 kilos de por medio o sin ella, entonaban la vieja frase: «Olvidemos el pasado, Armando».

Mi padre nunca los echó de su lado, no revolvía el pasado en contra de ellos, era incapaz de guardar rencor. Le importaban, más que su orgullo o su susceptibilidad personal, la unidad de su partido y el destino del país. Mi padre nunca despreció a quienes lo denostaban; si acaso, para algunos de ellos (los más indeseables) reservaba -como Calvo Sotelo- «el menor de sus desprecios». Aun así, no permitió jamás que su vida se hiciera más amarga por las vicisitudes de la política o por la propensión de algunos de sus seguidores a abandonar la «huella recta».

Por eso es que, entre otras cosas, estoy del lado de Felipe González y Alfonso Guerra, casi sin fijarme en la bondad de sus razones para oponerse a la amnistía, sin pedirles que acrediten -como alguna vez alguien hizo conmigo- la plenitud de su derecho a opinar. La España que yo conocí y la que hizo que me decidiera a emigrar y a criar aquí a mis hijos es la que con esfuerzo -y no pocas dificultades- construyeron estos dos «viejos» a los que su propio partido (el mismo partido al que ellos llevaron a la cumbre) hoy quiere negarles el derecho a pensar diferente.


Nicolás Redondo hijo tiene los mismos años que los míos (ambos nacimos en 1958, con diferencia de un mes), también es abogado y, como yo, también es hijo de un hombre ilustre que siempre puso por delante de sus intereses el destino de su patria. El que alguien como Redondo haya hecho causa común con quienes transformaron radicalmente este país, de algún modo me acerca a los «viejos» y me hace simpatizar aún más con su causa, de cuya justicia no dudo ni por un minuto.

Pero, aun sumando todos estos argumentos, yo no tengo dos patrias sino una sola, y pienso en ella la mayor cantidad de tiempo que me sea posible. Por eso, creo que esta reconciliación o reaparición, como se le quiera llamar, de dos hombres maduros con un enorme bagaje democrático a sus espaldas es una señal para la Argentina cainita, para la Argentina de la grieta, la Argentina del espasmo, la Argentina de la dádiva, la Argentina de las promesas de mano dura y la Argentina de la motosierra.

El reencuentro entre Felipe González y Alfonso Guerra me permite soñar despierto con un país en donde los «viejos» no sean arrinconados ni sospechados de inutilidad; con una tierra en las que sus hijos hagan el esfuerzo de acabar con los silencios prolongados, las incomunicaciones duraderas y los enconos de por vida. Para que la incomprensión deje paso a la concordia, al diálogo, y, si acaso, a los abrazos y a los afectos que nadie quiere expresar pero que se experimentan.

Rescatar a los «viejos», darles un lugar, escucharlos en vez de mandarlos a callar por seniles o por frágiles, es darle a la política una nueva oportunidad y reconocer que la tarea de entendernos y resolver nuestros problemas nos compromete a todos, a jóvenes y a viejos.

Felipe González y Alfonso Guerra - Congreso de los Diputados 1989



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