En nuestro país, sin embargo, nunca hubo un «miedo a la derecha», al menos como yo lo he conocido y vivido en Europa.
Cuando desembarqué en el viejo continente —hace de esto 36 años— los socialistas democráticos llevaban ya siete gobernando España, y, aun a esas alturas tan tempranas, al país ya no lo reconocía «ni la madre que lo parió», como había pronosticado Alfonso Guerra en 1982.
Los sucesivos gobiernos socialistas, presididos por Felipe González enfrentaron a diferentes versiones de la derecha, nucleada primero en torno a Alianza Popular (Manuel Fraga Iribarne y Antonio Hernández Mancha) y un poco más tarde agrupada alrededor del Partido Popular, que, tras la dimisión de Fraga, nombró presidente a José María Aznar.
Durante aquel tiempo, el gobierno del PSOE agitó exitosamente el fantasma de «la derecha», entre otros motivos porque el PP había sido fundado y era sostenido por prominentes hombres del tardofranquismo, como el propio Fraga.
El recurso al miedo le funcionó al PSOE durante muchos años, hasta que en 1996, y después de varias derrotas al hilo, finalmente el PP, con José María Aznar al frente, logra ganar las elecciones.
Su gobierno (1996-2004) fue un ejemplo de cómo la derecha puede experimentar el miedo a sí misma. Empeñados en desmentir los pronósticos catastróficos sobre un eventual regreso al pasado, la desindicalización o el desguace del Estado del Bienestar, los dos gobiernos de Aznar —especialmente el primero— fueron un canto a la moderación. Tanto, que los líderes de los dos sindicatos mayoritarios, Comisiones Obreras (de orientación comunista) y la Unión General de Trabajadores (vinculada históricamente al socialismo), se llevaron mucho mejor con Aznar que con Felipe González.
Para decirlo en otras palabras: Aznar se comportó como un pequeño socialdemócrata, si lo comparamos con cualquiera de los gobiernos de Margaret Thatcher.
Hoy, ante la deriva «chavo-kirchnerista» del gobierno de Pedro Sánchez, González y Aznar, que durante dos décadas discutieron hasta el color del cielo, coinciden en foros abiertos en donde sus opiniones políticas han dejado de ser divergentes.
Durante los últimos años, los excesos del presidente Sánchez han propiciado el crecimiento imparable de una derecha extrema, intolerante y xenófoba (VOX y Se Acabó la Fiesta), que si bien por ahora están bastante lejos de poder gobernar sin otros apoyos, da la impresión de que cuando ganen unas elecciones no se moderarán como Aznar en 1996 y entrarán a saco a desmantelar políticas e instituciones que no encajan muy bien en su particular forma de ver el mundo.
Para bien y para mal, el «miedo a la derecha», que a finales de siglo se reveló notablemente exagerado, hoy para nada es una exageración o una precaución excesiva. Las probabilidades de un retroceso histórico —de un siglo, aproximadamente— son muy altas.
Sucede así en Europa, pero también en la Argentina, donde parece —felizmente— que los golpes de Estado son cosas del pasado.
Aunque no el autoritarismo, que ha vuelto con fuerza (diría yo que desde 2003), y esta vez no sostenido por los tanques y los generales mandones sino por el fluctuante voto popular.
La razón fundamental para sostener este nuevo «miedo a la derecha» es que el país más democrático del mundo; aquel que, hasta hace poco, era el faro de la democracia de Occidente y el espejo en el que todos querían mirarse, ha archivado —esperemos que no definitivamente— su compromiso con la libertad y los derechos humanos. El gobierno de Donald Trump es un pésimo ejemplo para el mundo.
Como breve conclusión diré que, en mi opinión, la derecha ya no se teme a sí misma y que hoy es capaz de llevar adelante sus programas reaccionarios y fascistoides, incluso a contracorriente de la opinión mayoritaria.
Por este motivo es que hoy es tan importante no responder a esta forma agresiva de resolver la convivencia con más intolerancia y con autoritarismo de signo opuesto.
Probablemente no suceda así en otros países, pero en la Argentina nos hemos malacostumbrado a que las fuerzas de izquierda adopten posturas claramente fascistas, sin que nadie les pida cuentas por ello.
Cuando frente a la amenaza de la regresión no se puede defender el progreso, lo más aconsejable es practicar la moderación política, que es el único camino para recuperar la sensatez y evitar que nos matemos los unos a los otros.