Ya en 1861, nuestro Santo Patrono se hizo con el control de las instituciones del Estado, cuando, apurado, el gobernador de entonces, don José María Todd, decidió transferirle el «mando gubernativo» por unas horas, ya que una invasión tucumana -comandada curiosamente por un sacerdote- amenazaba seriamente la integridad de nuestro territorio.
Pero son tiempos difíciles, incluso para Él.
En Salta, casi todo el mundo sabe que hay un solo ser humano capaz de acercarse a los porcentajes de popularidad de que disfruta el Señor del Milagro; y ese ser humano -que ahora mismo se encuentra ocasionalmente en Bolivia- acaba de comprarse una mansión en Miami.
Por debajo de ellos, solo hay división, celos, intrigas, golpes bajos, zancadillas y todo aquello que caracteriza a una sociedad muy mal avenida. Tan mal diseñadas están las avenidas en Salta, que ni Güemes tiene una. Sarmiento, San Martín, Belgrano e, incluso, Hipólito Yrigoyen le ganan claramente la partida. Pero se la ganan solo en anchura, porque en cantidad gana Güemes por goleada, sin contar los merecidos homenajes al tío Adolfo, al tío Paseo y al tío Legado.
El verdadero tejido de nuestra sociedad -el único que nos queda, por cierto- ha sido urdido pacientemente por el Señor del Milagro. Su amor hacia nosotros ha sido, durante casi 400 años, nuestro auténtico pegamento. Tendríamos que sincerarnos y reconocer que el Señor del Milagro ha rendido a los salteños un servicio mucho más valioso y eficiente como vertebrador de nuestra sociedad que como seguro infalible contra los sismos. Todo ello, sin contar con lo que el Señor hizo y sigue haciendo -solito- por nuestra economía.
Su doliente y misteriosa imagen nos ha unido por siglos, mucho más de lo que han podido hacerlo el miedo a los terremotos, la Constitución o las glorias militares pretéritas. Al Señor del Milagro lo queremos y los veneramos, no por el mezquino interés geológico de que nos libre de las desgracias, sino porque -digámoslo claro- él se hace querer muy fácilmente y no nos pide nada a cambio. Ni siquiera que seamos buenos, puesto que podemos pecar a pata suelta durante la mayor parte el año. De hecho, algunos -muy conocidos, por cierto- abusan de esta licencia.
Por eso, así como el coronel Tood quiso alguna vez colgarse de los rayos de plata de la Sagrada Imagen para sacar tajada de la adversidad decimonónica que lo afligía, los gobernantes de hoy -todos divorciados y vueltos a casar- asisten como si nada a las misas del triduo, en compañía de sus nuevas esposas; pero no para honrar a Nuestro Señor y agradecer su infinita misericordia, sino para que el pueblo llano los vea un poco parecidos a Él.
Pero con el 98,9% de intención de voto, el Señor del Milagro continúa liderando las encuestas y supera por largas distancias a cualquier político conocido. Incluso al vicegobernador Antonio Marocco, a quien los años le han enseñado que la picardía de colocar los huevos en varias canastas puede acercarlo a la divinidad, pero no suplantarla.
El Señor del Milagro ha obrado el prodigio de hacer de nuestra dispersa sociedad una sola, pero los políticos (llámense Todd o Marocco) y los curas (llámense Cargnello o Bernacki) han convertido a la Fiesta del Milagro en una celebración clasista y, si acaso, también militarizada, a juzgar por la cantidad de policías que se movilizan como hormigas para «cuidar» a los peregrinos, cuando en realidad, están cuidando otras cosas. La Fe no solo mueve montañas: también mueve -generalmente al alza- algunas cuentas corrientes de las que se desprende un suave olor a sacristía.
Pero no cuentan con que el Señor del Milagro los está viendo -desde su trono pero también desde su camarín- y que no aprueba ni de lejos lo que ellos hacen; tampoco le agrada lo que los curas (invasores o no invasores) están haciendo para fragmentar la Fiesta y convertir una manifestación abierta e igualitaria, que atraviesa todas las clases sociales, en un remedo occidental de los hogares de las misioneras de la caridad en Calcuta.
Si en una desgraciada ocasión que todo el mundo recuerda, nuestro Arzobispo exhortó al Presidente de la Nación in his face a llevarse de Salta a Buenos Aires «el rostro de la pobreza», este año deberíamos incluir, entre las intenciones de la Novena, que el Señor del Milagro consiga que el Presidente, o quien sea, se lleve de Salta el rostro del pobrismo, del clasismo, del peregrinismo y de todos los «ismos» que hoy permiten a curas, a políticos y a vigilantes desfigurar a voluntad el Milagro y atentar contra el único factor de cohesión social que nos queda.