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  • A comienzos de los años 90, después de la caída del Muro de Berlín y el colapso de los países de la órbita soviética, llegué a pensar que la desaparición de las tensiones entre bloques y el auge de los instrumentos de paz, como la Unión Europea, iban a hacer de este mundo revuelto en el que vivimos un lugar más seguro y más agradable para nuestra especie.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

Aquella apresurada impresión empezó a tomar una cierta forma empírica con lo que se llamó la globalización, un proceso en el que algunos -probablemente de forma exagerada- teníamos depositadas algunas esperanzas de que la democracia liberal consiguiera expandirse rápidamente a través del espacio, al mismo tiempo que países de todas las latitudes encontraban los recursos para construir prosperidad económica y se acrecentaba el respeto universal por los Derechos Humanos.



Hasta 2008, aproximadamente, vivimos una época en la creímos que la generación de nuestros padres -que vivió la Segunda Guerra Mundial y enfrentó los sobresaltos de la Guerra Fría- había conseguido erigir un mundo fuerte, con países interconectados en red y bien preparados para enfrentar las dificultades.

Nosotros, los hijos, estábamos llamados disfrutar ese mundo fuerte, pacífico y bien cohesionado. Pero no lo hicimos. Desaprovechamos la oportunidad de entendernos mejor y, sobre todo, de evitar las turbulencias; ya sean las «naturales» de la economía, ya sean las que solemos provocar los obstinados seres humanos con nuestras tendencias autoritarias y nuestros comportamientos cainitas.

Ha bastado que un presidente excéntrico, que se ha juramentado en devolver a su país una grandeza que al parece solo él y quienes lo siguen piensan que ha perdido, decida imponer aranceles a diestro y siniestro para todo se venga abajo como un castillo de naipes. «The whole system is breaking down». Pero ¿acaso no vivíamos en un mundo sólido y resiliente?

Grandes corporaciones transnacionales experimentan pérdidas enormes que las colocan al borde de la extinción, enormes ejércitos son incapaces de controlar y proteger los países a los que pertenecen, gobiernos jactanciosos terminan pidiendo tregua a los más poderosos, grandes grupos de inversión ven cómo el dinero se les escurre como agua entre los dedos, instituciones serias, como las cancillerías, titubean y se muestran desconcertadas. Sinceramente pensé que éramos más fuertes y que nunca veríamos un espectáculo como este.

Antes de que se produjera el tembladeral económico, ya vimos cómo la democracia liberal daba clara señales de debilidad y de impotencia. En los países centrales, al menos dos generaciones han vivido solamente bajo los gobiernos democráticos. Personas que hoy tienen un poco más de años de los que yo tengo no han vivido nunca experiencias autocráticas en primera persona y hablan de la guerra y de los fascismos por lo que han oído de sus ancestros o por lo que han leído.

Desgraciadamente, el «aburrimiento» de la democracia es uno de los factores que está contribuyendo a su acelerado deterioro.

Pero una cosa es defender la democracia, la libertad, la justicia y el respeto a los Derechos Humanos en un mundo fuerte y estable, y otra cosa bien diferente es hacerlo en circunstancias como las que vivimos, en la que las estructuras que creíamos más sólidas se tambalean a la primera. No fuimos capaces de hacerlas lo suficientemente fuertes y estables; entonces, preocupémonos al menos por no caer en la falsa ilusión de que todo aquello por lo que luchamos -y lucharon mucho más nuestros padres y nuestros abuelos- está perdido.

Si tuviéramos oportunidad -y ojalá que la tengamos- de extraer una enseñanza positiva de esta crisis tan profunda que nos toca vivir, desearía que todo esto sirviera para que nos diésemos cuenta de que a la libertad -como dijo Mari Trini- no te la regalan; que no es patrimonio, ni hereditaria, ni contagiosa, sí milenaria. La libertad, ¡hermosa palabra!



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