En un sistema de libertad de mercado, como el que teóricamente rige en la Argentina, el gobierno solo tiene la potestad de fijar la cuantía del salario mínimo; es decir, de establecer periódicamente una cantidad por debajo de la cual -con independencia de lo que digan los convenios colectivos- ningún empleador puede pagar a sus trabajadores. En la Argentina, además, esta facultad gubernamental no se ejerce de forma unilateral, sino en el seno de un órgano plural en el que participan organizaciones de empresarios y de trabajadores.
Todavía suena en mis oídos el cántico de la tribuna en un match de boxeo celebrado hace más de cuarenta años en Rosario, al que asistió el entonces presidente de facto, el general Roberto Viola: «¡Y ya lo ve, y ya lo ve, subí los sueldos que tenemos que comer». Los militares, por cierto, también practicaban la generosidad con dinero ajeno.
Si se me permite, diré que el paternalismo peronista (que según hemos visto no es solo peronista) tenía algunos preocupantes antecedentes en esta materia, pero, después de las últimas medidas adoptadas por el ministro Sergio Massa, no caben dudas de que la demagogia se ha incrementado de una forma más bien peligrosa.
En estos tiempos en que se prometen tantas reformas y revoluciones que nunca llegan, deberíamos empezar por algo tan sencillo como modificar la letra de la Marcha Peronista para que en aquella parte que dice «combatiendo al capital» empecemos a cantar, a partir de hoy, «fusilando al capital». Lo de Massa no es un «combate» sino un ajusticiamiento puro y duro.
El aumento unilateral de los salarios privados por un magnánimo decretazo del gobierno no beneficia a los trabajadores sino que los perjudica notablemente. Y no solo porque en muchos de ellos crea expectativas que sus patrones no van a poder cumplir jamás por elementales razones económicas. El aumento unilateral amenaza directamente la estabilidad de sus empleos, reduce la empleabilidad de los que esperan poder ser contratados, inyecta más circulante en metálico en el circuito monetario en un momento en que la inflación de precios está desbocada, provoca alteraciones en las cuentas, reduce la productividad de la mano de obra, estrecha mercados, quita oportunidades a mujeres y a jóvenes y crea una falsa sensación de bienestar que se desvanece en pocas horas.
Y me pregunto: ¿este es el precio que tenemos que pagar para que alguien no pierda las elecciones?
No hace falta aclarar que me gustaría muchísimo que los trabajadores argentinos, hasta el más humilde, ganaran un sueldo como el que ganan los trabajadores suizos o los noruegos. Pero también me gustaría que conquistasen este salario donde les corresponde hacerlo (en la mesa de negociación colectiva) y, más que ello, que pudiesen disfrutar de sus rentas en un país ordenado y previsible; es decir, que el «buen sueldo» les cunda realmente y no que se lo devore la inflación y se escurra por los resumideros de los bancos, que son los que cobran los intereses estratosféricos de las tarjetas de crédito.
Me ha llamado la atención que Massa haya adoptado las medidas que anunció, no solo después de tener asegurado un desembolso del FMI (tardío, porque él lo esperaba antes de las PASO y no después) sino casi al mismo tiempo que el precio del pasaporte (un documento esencial para cualquier ciudadano) pasara de 4.000 a 15.000 pesos y la cuantía de los reintegros por el uso de tarjetas de 4.000 a 18.000. Estos aumentos revelan que, en unos pocos días, en la economía nacional (la controlada por Massa) se han producido aumentos que llegan hasta el 500 por cien. En este contexto tan alarmante, la «generosidad» del ministro/candidato parece simplemente testimonial: un gesto para la galería.
Creo que el señor Massa intuye (y con razón) una primavera muy desfavorable y lo que intenta hacer es huir hacia adelante, quemar las naves. Que aproximadamente un tercio del país aplauda a rabiar sus gestos paternalistas en nada mejora la situación ni la torna más razonable, o más democrática. El país es un caos, y no solo por culpa de Massa, sino también -y a esto me gustaría subrayarlo- por culpa de sus contrincantes, que, aunque no lo digan, son fervientes partidarios del «cuanto peor mejor».
Incluso con este descalabro trayendo desasosiego y resignación a millones de argentinos, eso de denunciar a la «casta» y echar sapos y culebras contra la política, no a extramuros de ella sino desde su corazón mismo, no me parece una actitud responsable. Deberíamos todos hacer fuerza para que Massa acierte, aunque intuyamos que este señor, por sus «cualidades», está más cerca del abismo que de la salvación. Pero acelerar la descomposición, a la espera de conquistar el poder en noviembre, es una forma muy perversa de hundir al país, igual de mala, o quizá peor, que las políticas paternalistas del ministro/candidato y de sus ensoñaciones anticapitalistas.