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  • La democracia, amenazada
  • Hace ya más de 15 años que me leí de principio a fin «Anatomía de un instante», el estupendo libro de Javier Cercas, dedicado al felizmente abortado intento de golpe de Estado del 23-F en España.
Antonio Tejero, en el Congreso de los Diputados español, el 23 de febrero de 1981
Antonio Tejero, en el Congreso de los Diputados español, el 23 de febrero de 1981

En el prólogo de su obra, dice el escritor extremeño: «...cuando escribo estas líneas, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y el teniente coronel Tejero todavía están vivos...».


Al momento de escribir las mías —17 años después— el único de los tres que sigue vivo —aunque muchos aún no lo crean— es Antonio Tejero Molina (que ya no es teniente coronel, pues fue apartado y expulsado de la Guardia Civil).

Tejero va camino de cumplir 94 no-tan-rozagantes años. En octubre del año pasado, muchos medios de comunicación lo dieron por muerto, cuando se encontraba gravemente enfermo. Como a Jimmy Carter, pero en versión andaluza. Por cierto, Suárez murió hace casi 12 años y Carrillo hace 13 años y medio.

Estalla la noticia en Buenos Aires

En febrero de 1981 tenía yo solo 22 años y me encontraba en los últimos meses de mi servicio militar, a la espera de mi ansiada baja del Ejército. Vivía entonces en Buenos Aires, alojado —quizá sea mejor decir «refugiado»— en la casa de mi hermano Ramiro y mi cuñada Adriana, que me acogieron generosamente y me cuidaron como verdaderos padres, a pesar de que muchas noches tuvimos que jugarnos unas tremendas «cartas bravas» para poder subsitir.

El lunes 23, que era mi día de descanso, después de un intenso fin de semana de guardia, sonó el viejo teléfono de nuestra casa. Atendió la llamada mi hermano Ramiro. Era mi hermano Gori, que llamaba desde Madrid. Acostumbraba a llamarnos con cierta frecuencia, casi siempre desde cabinas de teléfonos públicos, cada vez que conseguía juntar unas monedas.

Solía contarnos distendidamente de alguna reunión gastronómica a la que habia asistido un conocido «vizcachero de paellas», pero aquella vez estaba acezando. Algo grave había pasado.

Luego de tranquilizarnos avisando que todos ellos estaban bien, mi hermano periodista nos contó que aquel día lo habían mandado al Congreso de los Diputados a cubrir el debate y la votación de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, candidato a suceder al desgastado presidente Adolfo Suárez.

Pero al llegar al viejo edificio de la carrera de San Jerónimo, a pocos metros de la plaza de Neptuno, Gori no pudo entrar, como esperaba. Se encontró con el edificio rodeado y secuestrado por militares y una tensión pocas veces vista en democracia. Un golpe de Estado estaba en marcha y yo no me estaba enterando por los diarios sino por una llamada telefónica desde el mismo lugar de los acontecimientos.

Un poco más tarde, y ya por otros medios, nos enteramos de que, en torno a las 6 y pico de la tarde de aquel día, un guardia civil con unos bigotazos negros del tipo «retrato i sala» y tocado con un tricornio (esa especie de máquina de escribir de reluciente charol negro que los guardias civiles llevan en la cabeza), había irrumpido en el hemiciclo, pistola en mano, junto a más de 200 guardias civiles fuertemente armados.

Al grito de “¡Quieto todo el mundo!” interrumpió las intervenciones de los oradores y ordenó que sus señorías se metieran debajo de sus escaños. Como muchos no le hicieron caso, Tejero disparó varias veces al techo del recinto. Las detonaciones hicieron que los diputados inmediatamente se tiraran al suelo. Pero tres de ellos se mantuvieron de pie, en actitud desafiante.

Eran el presidente Adolfo Suárez, su ministro de Defensa, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado (que llegó a ser zamarreado por un guardia civil) y el diputado Santiago Carrillo, secretario general del ya legalizado Partido Comunista de España.

Por la noche, en la Argentina, pudimos ver las sobrecogedoras imágenes de la televisión. Era la primera vez en la historia que un golpe de Estado ocurría mientras las cámaras de televisión estaban encendidas y transmitiendo imagen y sonido al mundo. RTVE no interrumpió su transmisión, pero cuando los golpistas se dieron cuenta, ordenaron que las cámaras apuntaran hacia otro lado. Sin embargo, el sonido se seguía registrando. Probablemente no haya habido jamás un intento de golpe de Estado mejor documentado que este.

El plan golpista, que tenía a Tejero como protagonista más visible, estaba coordinado por el segundo jefe del Estado Mayor del Ejército, general Alfonso Armada, y por el capitán general Jaime Milans del Bosch. Este último, que ejercía su mando en Valencia, había desplegado sus tanques por la ciudad y decretado el estado de excepción, para mostrar su apoyo al golpe. Sin embargo, no contó con la colaboración esperada.

Con el corazón en un puño, un poco por la suerte de la naciente democracia española, pero mucho más por la suerte y la salud de nuestros parientes (vivían entonces en Madrid dos hermanos, con sus familias, que tuvieron que exiliarse en 1976 a causa del golpe militar del 24 de marzo, que casualmente dentro de un mes va a cumplir 50 años), nos quedamos despiertos toda la noche a la espera de novedades.

Vaya uno a saber a qué horas, pudimos ver y escuchar por la televisión el discurso del rey Juan Carlos I, con el que se acabaron, al mismo tiempo, las especulaciones y las aspiraciones de los golpistas. Vestido con uniforme militar y con gesto muy serio (muy diferente al de sus clásicos «orgullo y satisfacción» de los mensajes de Navidad), el monarca expresó sin vacilaciones el respaldo de la Corona al orden constitucional y democrático.

Ante la ausencia de respaldo militar y político, Tejero y sus cómplices terminaron por entregarse. A mediodía del 24 de febrero, los guardias civiles abandonaron las instalaciones del Congreso y permitieron la salida de los diputados retenidos.

Mis hermanos en Madrid, y nosotros en la Argentina, pudimos dormir tranquilos.

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