Pienso, sin embargo, que las convicciones irreductibles, las opiniones que no admiten recusación ni crítica, no forman parte de la muy variada y contradictoria esencia del ser humano.
El no retreat, no surrender es probablemente la actitud menos política del ser humano; es la que más cerca está de la violencia y del estallido de la guerra. Nada hay tan propio ni tan inalienable como la contradicción humana: el ser sabio para unas cosas e ignorante para muchas otras.
Vivir instalados en la razón perpetua no solo es imposible sino que, además, si no lo fuera, sería solemnemente aburrido.
Por eso quizá es que recuerdo la impresión que me hizo hace más de cuarenta años el diálogo entre mi padre -un electrónico autodidacta- con un alto ingeniero, experto en la materia, que para poner fin a una discusión le dijo: “Pero doctor, ¿por qué discute usted sobre cosas que no sabe?” Mi padre, sin perder la serenidad, le dijo: “Porque sería muy aburrido para mí discutir sobre las cosas que sé”.
Cualquier discusión que bien se precie se entabla entre dos personas con niveles de conocimiento diferentes. No necesariamente la discusión ha de tener un final concluyente, y no siempre la razón debe caer del lado del que «más sabe». A veces, solo es suficiente con saber discutir y dominar, mejor que el oponente, el difícil arte de argumentar.
A veces por cortesía, otras veces por necesidad, nos vemos obligados a darle la razón al otro, así no la tenga en absoluto. Por ejemplo, discutir en una esquina con un automovilista en cólera, que mide dos metros y pesa el doble que uno, es de una temeridad que revela una falta casi absoluta de inteligencia.
Sin embargo, compruebo que hay gente dispuesta a morir defendiendo lo que piensa, así se trate de ideas fundamentales o de piezas de pensamiento manifiestamente intrascendentes y desechables. Rendirse no va con ellos. Lo que ellos consiguen o no consiguen con su intransigencia les tiene más bien sin cuidado. Lo importante -dicen- es no arriar jamás las banderas.
En la vida no hay más derrotados que los que aspiran a ganar siempre. Los que no -como es mi caso- muy rara vez podemos sentirnos derrotados. Porque la victoria de la razón, aunque no sea la de mi razón, es también un triunfo mío, una victoria de la inteligencia, de los argumentos, del humanismo, en definitiva.
Puedo rendirme las veces que hagan falta y de hecho me he administrado con cierta asiduidad este remedio para el alma, indicado especialmente para superar la perversa enfermedad de la vanidad. Generalmente me ha bastado pensar en aquella frase de la inolvidable Lección de Optimismo que decía: «Trabajo va a tener el enemigo para desalojarme a mí del campo de batalla! El territorio de mi estrategia es infinito».
Los que nunca se rinden no disponen de un territorio estratégico infinito, sino más bien todo lo contrario. Conceder es un placer exquisito que muy pocos pueden experimentar en su exacta medida. Son ellos (los flexibles) y no los otros (los irreductibles) los que hacen avanzar al mundo y los que poseen la verdadera inteligencia creativa: aquella que es capaz de hacerle creer a los intransigentes que ganan batallas épicas cuando en realidad solo han cosechado una sutil derrota.