La ciudadanía se ha descompuesto en mil fragmentos y el «semejante» ya no es parecido a nosotros, por lo menos en derechos. El ideal igualitario del liberalismo clásico ha sucumbido a las presiones ideológicas, hasta el punto de que nuestras constituciones liberales parecen textos inútiles y, muchas veces, inaplicables.
Ahora, con tanta mudanza, quien condena la acción inmoral de otra persona se expone a ser considerado él mismo inmoral, cuando ese «alguien» es negro, mujer, gordo, enano, diabético y un montón de «identidades» cada vez más numerosas y cada vez más variadas. El autor de la acción inmoral se protegerá inmediatamente diciendo: «Me atacan porque soy...»
Dios nos ha creado iguales, pero parece que nos hemos empecinado en diferenciarnos, no por la moral que portamos, sino por ciertas características -algunas naturales, algunas adquiridas- cuya existencia demanda del Estado una intervención protectora en forma de «derechos».
Esta creciente protección -que algunos llaman «empoderamiento»- tiene, sin dudas, efectos beneficiosos, pero también algunos que no lo son tanto, como por ejemplo animar a los «empoderados» a comportarse de forma inmoral, a sabiendas de que podrá esquivar cualquier reproche que se le dirija anteponiendo su «identidad», en algunos casos «autopercibida».
Nadie debería ahorrarse un reproche moral por el solo hecho de que el destinatario pertenezca a alguna minoría «empoderada», porque hacerlo es una forma de discriminarlo. Si todos somos iguales para lo bueno, también lo somos para lo malo.
Nuestras sociedades deben erradicar el odio hacia el diferente, castigar con firmeza las actitudes discriminadoras y que lesionan la igualdad de oportunidades. Pero esa actitud -que es moralmente loable- no debe llevarnos al otro extremo; es decir, a extraviar el norte y creer que no debemos reaccionar frente a las faltas morales de aquellos amenazados de discriminación, inferioridad y exclusión.
Hagamos un esfuerzo por volver a ver en el «dignísimo trono» a la «noble igualdad», y si no somos capaces de lograrlo, pues propongamos al Congreso Nacional que adopte como canción patria «Muchachos...» y veneremos a La Mosca Tse Tse como la nueva Mariquita Sánchez de Thompson.