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  • Para un tipo como yo, nacido después del final de la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, y que ha visto (y celebrado) el final del enfrentamiento entre bloques tras la caída del comunismo, ver el final de las guerras y presenciar el combate contra las tiranías ha sido siempre un motivo de especial alegría. Contemplar el triunfo de la civilización sobre la barbarie, cualquiera haya sido el ganador del conflicto, debería alegrarnos a todos.
Donald Trump y Vladimir Putin en Washington
Donald Trump y Vladimir Putin en Washington

Pero allí donde yo creía que el acuerdo entre el gobierno de Israel y Hamas para poner fin a la guerra en Gaza y el Premio Nobel de la Paz para María Corina Machado —infatigable luchadora contra la tiranía chavista y liberticida de Nicolás Maduro— iban a ser celebrados por todo el mundo, me doy cuenta de que a alguna gente —diría que a mucha— estos dos acontecimientos les ha pillado con el pie cambiado.



Ha sucedido, por ejemplo, con esa precaria e inestable mayoría izquierdista en el Congreso de los Diputados español, que apenas unas horas antes de que el Secretario de Estado Marco Rubio le acercara al presidente Donald Trump el ya famoso «papel doblado» con la noticia del acuerdo entre Israel y Hamas, aprobaba el embargo español de armas a Israel, en medio de encendidas declaraciones de condena al gobierno de Benjamin Netanyahu y loas ardientes a la causa palestina, subrayando las atrocidades del primero, pero no las del segundo.

Muy rápidamente tuvo que salir el gobierno español a cambiar el chip, ya que por estos días resulta muy riesgoso llevarle abiertamente la contraria a Donald Trump; sobre todo después de que el presidente estadounidense dijera en tono amenazante que había que «echar a España de la OTAN», por su cerrada negativa a aumentar del 2 al 5% el porcentaje del PIB dedicado a la defensa militar.

Pero mientras el gobierno español saludaba con la boca pequeña el acuerdo de paz, herido en su orgullo, el presidente Pedro Sánchez salió a decir que el acuerdo debía completarse con «memoria y justicia».

Es decir, Hamas, los palestinos y los israelíes (los enemigos irreconciables), al unísono han decidido que quieren pasar página olvidándose del asunto; pero, para el Presidente del Gobierno español (que impulsó una ley para «olvidar» los crímenes cometidos por los independentistas catalanes en octubre de 2017, precisamente para que en España no hubiera ni «memoria» ni «justicia»), las tropelías israelíes en la Franja de Gaza no deben olvidarse jamás, por mucha paz (y otras tonterías) que acuerden los propios interesados.

Pocas veces se ha visto aquí una afirmación tan inoportuna (por el momento en que fue efectuada) y tan «kirchnerista» por su contenido.

Una cierta izquierda en España —y me temo que también en la Argentina— ha recibido de muy mala gana la sorpresiva noticia del final de la guerra en Oriente próximo. Tengo la sensación de que se han quedado sin un juguete, sin su argumento favorito para denunciar la intrínseca perversidad de este mundo, que nace —cómo no— de una alianza entre el pérfido capital y la conspiración judeo-masónica.

El presidente Sánchez, en concreto, se ha quedado en pampa y la vía porque había conseguido, con su abanderamiento palestino, distraer un poco la atención del respetable y alejar parcialmente el foco mediático de los graves problemas internos que ensombrecen la marcha de España y complican especialmente el futuro de su gobierno.

Hasta que llegó Corina

Pero la puntilla vino con la concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado; una decisión eminentemente política (como todas las que adopta el Comité Noruego del Nobel) que ha sumido en la desesperanza y el abatimiento a los más conspicuos probolivarianos de la política española, con el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero a la cabeza.

El antiguo —y felizmente efímero— vicepresidente del Gobierno español, Pablo Iglesias Turrión, ha saludado la concesión del Premio con una frase muy elegante, propia de su finísima educación vallecana: «Podrían haberle dado el premio a Hitler a título póstumo, antes que a esta golpista». Algo parecido dijo ese pedazo de demócrata que es Vladimir Putin (el mismo señor que está infestando los cielos de la Unión Europea con sus silenciosos drones).

Que el arquitecto de la paz en Oriente próximo sea Donald Trump, que su intervención haya propiciado (de algún modo) la «humanización» del siniestro Netanyahu y que el Nobel fuera discernido a la más dura de las opositoras del no menos siniestro Nicolás Maduro, son pinceladas de la realidad que, un poco de casualidad, sirven para elevar —probablemente de forma inmerecida— la vapuleada figura del presidente argentino Javier Milei.

El plan para derrocarlo tenía dos patas: 1) la expectativa del inminente fracaso del plan económico (con el consecuente colapso social), y 2) la falta de apoyos internacionales.

Al final, ni lo uno ni lo otro. El contexto internacional parece haberse torcido en favor de las posiciones de Milei, y este cambio, más o menos súbito, supone una inesperada inyección de vitalidad para sus políticas. Por supuesto, ¡válgame Dios calificar de «golpistas» a sus opositores!

La vida me ha enseñado que nunca hay que cantar victoria con este tipo de asuntos. Pero de lo que estoy más seguro es de que hoy, sábado 11 de octubre de 2025, no me gustaría estar en los zapatos de los bolivarianos y de los partidarios de la prolongación de la guerra, sean argentinos, españoles, rusos o de cualquier nacionalidad.



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