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  • Riesgos de la pasión futbolera
  • El 18 de diciembre de 2022, me enteré de que acabábamos de coronarnos campeones del mundo, segundos antes de ver en mi televisor a Cachete Montiel meter aquel inolvidable penal.
Imagen ilustrativa - Generada por AI
Imagen ilustrativa - Generada por AI

Mi hijo, desde el Reino Unido, me mandó un WhatsApp para aconsejarme que me relajara, pues ya éramos campeones. Así fue que me enteré. Él, a su vez, lo había hecho al recibir un WhastApp de una de sus primas, desde la Argentina, a donde la televisión analógica llevó la señal de Qatar con más velocidad que las redes digitales.



En este mundial, los argentinos han descubierto el delay, que es ese retardo de algunos segundos (a veces, minutos enteros) de la señal que transporta las imágenes del partido. A diferencia de mundiales anteriores, nuestros compatriotas siguen ahora los partidos en aplicaciones y plataformas muy diferentes, entre las que hay mínimos pero significativos desfases de tiempo.

Recuerdo que cuando Diego Maradona le metió el segundo gol a los ingleses en 1986, el estallido de euforia en Buenos Aires fue perfectamente simultáneo, casi coreográfico. Todo el vecindario gritó al mismo tiempo.

Hoy, con este asunto del delay los vecinos pueden gritar en momentos diferentes, que aquel que no ha tomado la precaución de aislarse acústicamente puede experimentar una súbita aceleración de su ritmo cardiaco al oír unos gritos que nadie sabe muy bien si se deben a un gol a favor o a uno en contra.

Mi hijo mayor me cuenta que cuando los partidos de la Selección Argentina son emitidos por la BBC, no solo nos va mejor, sino que el delay es menor que cuando los retransmite ITV, canal por el que —según me dice— pasan todos los partidos en los que nuestra Selección «no juega bien».

En mi casa, por estrictas razones de salud mental, la plataforma que me proporciona las imágenes es la Fox de los Estados Unidos. Puedo ver los partidos en una plataforma española, pero prefiero no escuchar a los comentaristas hispanos porque, generalmente, me dan ganas de «romper algo», como el Tano Pasman.

Y mantengo el teléfono estratégicamente silenciado con la pantalla mirando hacia abajo para que ni un destello me distraiga. No quiero saber nada de «adelantos» de jugadas ni de avisos consoladores. No quiero que me pase como a la suegra de un hermano mío, que en el año 1981 blindó su casa un domingo durante un Boca-River (para no escuchar a los vecinos) con la intención de verlo cuatro horas más tarde en diferido, «como si fuese en directo». En medio del partido, entró la suegra a casa y le preguntó al fanático hincha: «¿Ya metió el gol River?». Y le arruinó la experiencia.

Consejo: Dejen que los demás sufran por su cuenta y que cada uno cargue con su propia cruz. Después del partido, si acaso, celebremos juntos o lloremos juntos. Ya veremos. Pero dejemos que cada quien construya su propio espacio, su propia experiencia y su propio tiempo, con la plataforma que elija, en el idioma que quiera, sin que vecinos, parientes, intrusos y gente de mala baba nos haga sufrir (o disfrutar) antes de tiempo.



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