Pero los motivos del ascenso de la ultraderecha en Europa siguen ahí. Nada se ha movido. La insatisfacción ciudadana por el descontrol de inmigración, la inseguridad, la pérdida de influencia de Europa en el mundo y la burocracia de Bruselas parece -al contrario- ir en aumento, a pesar de lo que pueda decir desde Alemania Kylian Mbappé.
Lo verdaderamente escandaloso de aquella elección fue que el candidato socialista, Lionel Jospin, quedó tercero, con el 16,18% de los sufragios.
En la segunda vuelta, Chirac quintuplicó sus votos y ganó las elecciones con un abrumador 82,21%, frente al 17,79% de Le Pen, que apenas incrementó su caudal en unos 700.000 votos. Fue la primera vez que los franceses construyeron un dique alrededor de la ultraderecha.
Ayer se ha vuelto a repetir, con más dificultad y con algunos matices sorprendentes.
La primera sorpresa es que las fuerzas macronistas, unidas en torno a Ensemble por la Republique no se estrellaron, como se pronosticaba, sino que salieron segundos y obtuvieron 168 de los 577 asientos de la Asamblea Nacional. Es decir, se quedaron a solo 14 escaños del Nouveau Front Populaire, la variopinta coalición de izquierdas que unió a los ultras de la France Insoumise, a los comunistas, a los socialistas y a los ecologistas, que obtuvieron 182.
La segunda sorpresa, es que dentro de las mismas filas de los ganadores -y especialmente entre los que salieron segundos- crece el clamor para que el líder la de ultraizquierda, el filochavista Jean-Luc Mélenchon, no presente su candidatura a Primer Ministro. Es decir que, después del primer cordon sanitaire (el desplegado en torno a Le Pen y Bardella), los franceses se aprestan a desplegar otro, esta vez en torno a Mélenchon y la France Insoumise, en quienes parecen haber confiado para sujetar a Le Pen pero no para gobernar.
Mientras la ultraderecha se ha apartado estratégicamente de su tradicional discurso antisemita (prefiera ahora cargar contra los inmigrantes), quien durante la campaña ha destacado por su fervoroso antisemitismo ha sido, precisamente, Mélenchon, quien también se ha mostrado abiertamente en contra de la Rusia de Vladimir Putin y del antieuropeísmo de Victor Orban, soprendentes amigos de Le Pen.
A Emmanuel Macron le quedan todavía casi tres años de mandato como Presidente de la República. Comenzó su segundo periodo el 14 de mayo 2022, de modo que, si las cosas no se tuercen para él, conservará su puesto hasta el 13 de mayo de 2027.
Hasta aquí, el macronismo ha podido gobernar con una mayoría relativa cercana a los 250 diputados (se necesitan 289 para la mayoría absoluta), pero es una incógnita lo que podrá hacer con los 168 que ha obtenido ayer. Aunque se sumaran a ellos los 59 diputados que obtuvo el Partido Socialista (entre ellos el expresidente François Hollande, que ayer gano su escaño), todo indica que el nuevo Primer Ministro -que deberá ser designado por Macron, no por la Asamblea- surgirá de las filas del Nouveau Front Populaire, aunque el proceso se intuye largo y complicado.
Lo que es casi seguro es no gobernarán ni Jordan Bardella ni Jean-Luc Mélenchon, y que los franceses, en medio de tanta confusión y de tantas contradicciones, parecen decididos a huir de los extremos.