Hoy, una placa con nuestros nombres luce en la pared Norte del bello hall de entrada al señorial edificio que se emplaza en el Paseo Güemes, cuya arquitectura sobresale nítidamente en el entorno por esa magnífica cúpula astronómica de color gris, que remata la pequeña torre de estilo neoclásico con influencias regionales sobre la que se sustenta.
La única explicación que encontramos en aquellos años de oscurantismo es que a algunos directivos o profesores de décadas anteriores no les resultaba particularmente atractiva la idea de que los salteños y las salteñas se elevaran por encima de la altura de los cerros y escudriñaran ese universo tan amenazante y peligroso para la integridad de nuestras costumbres gauchas.
A pesar de las dificultades, una avanzadilla de audaces compañeros –entre los que estaba yo, seguramente el menos audaz de todos– rompimos los precintos y nos dispusimos a conquistar la cúpula como quien asciende al Everest.
La altura probablemente no era la misma, pero las dificultades fueron parecidas. Nos encontramos con una enorme cantidad de obstáculos físicos y una suciedad ancestral que revelaba que, en muchos años, nadie había tenido la curiosidad de visitar el imponente observatorio, desde su inauguración en la década de los 40.
Nuestra aventura adolescente concluyó con la llegada a la cúpula. No plantamos una bandera porque no llevábamos una, pero dejamos allí nuestra huella intentando emular a Neil Armstrong.
El caso es que, más de medio siglo después, la directora del colegio recuperó el observatorio para la noble causa pedagógica y al enterarme de la noticia no puedo menos que celebrarlo.
La cancha de voley
Al leer la noticia del observatorio recuperado en la web de FM Aries, me doy con una foto aérea de la cúpula en la que se puede ver la vieja cancha de voley, que fue inaugurada en 1972 y que estrenamos nosotros, los malevos de 3º 5ª.Si la foto es actual, creo que la señora directora del colegio tiene por delante una segunda obra de recuperación, que no debería tardar en acometer.
El primer partido que jugamos allí nos enfrentó a otro curso, en el que jugaba un joven de labios prominentes y abultados al que llamábamos Chupafocos.
El caso es que en un lance del partido, alguien de nuestro equipo envió un pelotazo profundo a la retaguardia del equipo rival, y fue Chupafocos el encargado de devolverla.
El chico empezó a retroceder y a retroceder de forma nerviosa; pero se le acabó la cancha y, en su intento de impactar a la pelota con los dos antebrazos, cayó de espaldas a un pozo en el que los albañiles que habían construido la cancha estaban apagando cal.
Chupafocos emergió de allí blanco como la nieve. Su apodo cambió inmediatamente, pues hasta sus propios compañeros se referían a él como «rata de panadería».

