El artista neoyorquino había llegado a España aquel otoño para promocionar en la televisión pública su álbum Storm Front, que había visto la luz tan solo unas semanas antes, y que incluía algunas composiciones memorables como «The Downeaster 'Alexa'» o «I Go to Extremes».
Acudí a aquel encuentro acompañado de mi breve familia de entonces: María Alejandra, mi mujer, y nuestro pequeño hijo Julius, que hoy está a punto de cumplir los 37 años y que aquella soleada mañana aún no había cumplido los dos.
Curiosamente, no hablamos de música, ni de discos, ni de canciones. La conversación adquirió un tono inesperadamente familiar cuando, casi al pasar, le comenté a Billy que mi hijo Julius se llamaba Joel, pero no tanto por hacerle un homenaje a él, sino para imitarlo, pues cuando en diciembre de 1985 nació su primera hija, Billy la bautizó Alexa Ray, en honor de Ray Charles, el genio ciego de la música que supo combinar como ninguno el blues, el jazz, el rhythm and blues y el gospel.
Billy Joel quedó sorprendido por la casual revelación. Muy pocas dudas tengo de que su reacción fue espontánea, sincera y cariñosa.
Hoy, agradezco no haber hablado de música. De haberlo hecho seguramente no hubiera podido evitar la sensación de sentirme como se podría sentir un rascatripas de las carpas de carnaval frente a Beethoven.
Diversas circunstancias de la vida me han llevado a conocer y estrechar la mano de personalidades muy importantes, de las que sin embargo guardo un recuerdo distante y sutil; entre otras cosas porque ellos han hecho poco por mi felicidad y por mi vida en general.
Con Billy Joel es todo diferente: su contribución a mi humilde existencia ha sido decisiva, y lo seguirá siendo hasta que servidor se marche para siempre.