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  • El de ayer fue un día típicamente argentino, sin lugar a dudas. Asistimos a la demostración nacional y racional de la completa inutilidad de la democracia, y creo que esta demostración obliga a muchos a reflexionar sobre el futuro de nuestra convivencia.
Manifestación en Plaza de Mayo
Manifestación en Plaza de Mayo

El que somos unos seres bastante particulares lo confirma el uso irreflexivo del sustantivo «repudio» para expresar nuestros mayores sentimientos de desagrado. El «repudio», como acción y efecto de «repudiar» es en realidad una reacción demasiado leve y superficial para lo que ha pasado.


El Diccionario dice que «repudiar» significa «rechazar algo, no aceptarlo», y, en vez de poner como ejemplo el de «repudiar un atentado», la RAE nos avisa de que se puede «repudiar» la ley, la paz, un consejo. Agregaría yo por mi cuenta: una herencia, un parentesco, una distinción honorífica, un sobrenombre.

No sé si por la proximidad léxica o por otra razón diferente, mis compatriotas utilizan «repudio» en lugar de «repulsa», que, según el Diccionario, quiere decir «condena enérgica de algo».

Si empleáramos «repulsa» en vez de «repudio», nos ahorraríamos de entrada el tener que agregarle un adverbio agravante como «enérgicamente», pues en la «repulsa» la energía y el vigor condenatorio forman ya parte del significado de la misma palabra.

Lo que quiero decir es que sucesos como los ocurridos la noche del miércoles en Buenos Aires no merecen un simple «repudio» sino la más enérgica de las condenas, afortunadamente resumida en la palabra «repulsa».

Con esto quiero decir también que las reacciones verbales ante el suceso -la mayoría de ellas- no han estado a la altura del clima de odio y crispación que impide al sistema político argentino servir para lo que tiene que servir. No entiendo cómo ni por qué defensores viscerales de la Vicepresidente se han quedado en el «repudio» y se han negado a emplear la condena, que es normalmente la actitud del ser humano frente a los actos de horror.

Pero es justamente en estos detalles verbales -aparentemente pequeños y muy poco significativos- en donde se puede advertir mejor esa línea que separa a las democracias de los regímenes autoritarios.

La convocatoria del Presidente de la Nación a una jornada de «defensa de la democracia» pareció ignorar que lo que la violencia política propone no es aniquilar a la democracia sino destruir a la política, como herramienta de entendimiento entre los seres humanos.

Pero ¿quién en su sano juicio convoca a defender a la política de los ataques que recibe y quién se animaría a defenderla, incluso, de la democracia?

Cuando la política y la democracia entran en conflicto, no hay ni debe haber dudas: debemos salvar a la política primero, y, después, si acaso, acometer la tarea de reconstruir la democracia dañada. Pero proceder al revés nos enfrentaría a un escenario dramático, en el que las soberanas decisiones de un demos empoderado y avasallante pueden acabar rápidamente con los frágiles equilibrios en los que se sustenta la democracia.

La jornada de ayer (sea como fuere que hubiera acabado) fue, o pretendió ser, una fiesta de los «buenos» contra los «malos»; un jolgorio en el que una pretendida mayoría «buena» iba a ajustar cuentas con una pretendida minoría «mala». O quizá a la inversa, pues las etiquetas morales son entre nosotros objeto de un intenso tironeo, que así como está visto que no puede ser dirimido de una forma concluyente en las urnas -como lo haría cualquier pueblo civilizado de la Tierra- debería ser reenviado a Dios, ese ser poderoso, sabio y bondadoso que es la garantía de la verdad racional, según la filosofía de LOCKE.

Ayer, en la Plaza de Mayo de Buenos Aires y en los lugares de concentración popular de las principales capitales del país, hubo mucho fervor democrático pero poca responsabilidad política y un nulo sentido del republicanismo, aunque muchos se hayan llenado la boca con estos términos.

El fervor democrático es útil, generalmente, frente a la amenaza de minorías que pretenden hacerse con el poder político de forma ilegítima. Pero el de ayer no fue el caso; entre otras cosas porque no está muy claro en la Argentina cuál de los dos bandos es el verdaderamente mayoritario, y porque la legitimidad -una cualidad imprescindible del mando- rebaja sustantivamente su poder de convicción cuando quienes gobiernan se muestran más inclinados a cimentar su autoridad en elementos como el carisma, el amor hacia los líderes o su veneración cuasi divina.

¿Qué es lo que está primero: defender a la Constitución o defender a la democracia? Para quienes han salido ayer a la calle parece que la democracia estuviera siempre por encima de la Constitución, y que las normas que esta contiene -especialmente en materia de tutela de las minorías- deben tenerse por no escritas. Permítaseme decir que esta puede ser una buena forma de defender la democracia, pero un pésimo modo de afirmar los valores de nuestra república.

No sé si vale la pena siquiera recordar que nuestra Constitución de 1853 no contenía ni una sola vez la palabra «democracia» en su texto articulado; que este vocablo fue introducido de un modo manifiestamente insuficiente en la vengativa enmienda constitucional de 1957 (Artículo 14 bis) y, más tarde, con mayor amplitud y alcance, en la reforma de 1994; es decir, más de diez años después de que la democracia argentina comenzara (dificultosamente) a construirse.

La reforma de 1994 constituyó un intento parcialmente fracasado de instaurar en la Argentina una república democrática, dejando intacta a la mayoría de las instituciones originales de 1853, que pretendían -casi todos lo saben- erigir una república mixta (democrática-aristocrática). No crean que el desaguisado no tuvo sus beneficios, pues hoy, a casi 30 años de aquellas calculadas tribulaciones, hay encumbrados constitucionalistas que viven holgadamente de las contradicciones y colisiones normativas que supimos conseguir. Son ellos -y algunos jueces iluminados- los que todos los días nos hacen el favor de decirnos lo que dice «de verdad» una Constitución que ha hecho una mélange indigna entre república y democracia y que ha creado un federalismo esperpéntico que, por suerte, no exportamos a ningún otro país de la Tierra.

Pero, aun con sus inconsecuencias y sus graves fallos, esa Constitución es lo único que tenemos para permanecer unidos. Si miramos al estado de nuestra democracia, vamos a advertir con un mínimo esfuerzo que hay quienes pretenden que nos hermanemos en la idolatría a una persona, a un grupo, a una pareja de difuntos o a un «movimiento». Lo que en realidad desean es abolir la Constitución (que para ellos es un obstáculo), practicar la democracia como un ejercicio continuado de comodidad infinita para las mayorías ideales y para los líderes carismáticos que dicen representarlas, y reducir la república a una serie de oficinas en las que más y mejor tallan los que están cerca del poder, que aquellos que malviven en su periferia.

En síntesis, que está muy bonito esto de salir a manifestarse en defensa de la política, de la democracia y de la república llevando a nuestros nietos envueltos en banderas, para «darles una lección de civismo». Pero no nos engañemos: defendemos solo la democracia que nos beneficia, aquella que -aun sin libertad y sin justicia- practicamos solo para sentir que cumplimos con un deber que está escrito en el firmamento con letras de fuego; defendemos la política sin defenderla, poniendo siempre por delante las pulsiones mayoritarias, que significan la negación de los acuerdos con los diferentes, que es lo mismo que decir el desprecio por la política; defendemos una república vacía en la que la regularidad institucional es sustituida por el arrebato mayoritario, las condenas y absoluciones se pronuncian por aclamación popular, y en la que la tutela formal y sustantiva de las minorías políticas activas (a las que el diseño republicano obliga a reconocer su legítima contribución a la consecución del bien común) se transmuta en persecución y aniquilamiento.

Sinceramente pienso que nos daría más resultado comprarle a nuestros nietos una camiseta de la Selección y quedarnos en casa a ver las manifestaciones «democráticas» por televisión; no por nada en especial, sino porque, tal cual la llevamos, esta democracia de cartón piedra parece otro género de ficción más, otro espectáculo en el que la verdad auténtica aparece confundida y enredada entre mil verdades aparentes y en el que casi nadie sabe el papel que interpreta ni quién lo dirige.


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