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  • La Constitución, por encima de todo
  • Es verdad que los ataques barriobajeros de Urtubey a Javier Milei me han empujado a defender al Presidente. No lo voy a negar.
Javier Milei, Presidente de la Nación
Javier Milei, Presidente de la Nación

Tan burdos e injustos son esos ataques, tan infames y oportunistas son sus premisas, que no me ha quedado otra salida que enfundarme la camiseta constitucional y proclamar que el Presidente de la Nación —más allá de sus errores y de sus excesos, que son muy evidentes— debe ser defendido de las bajezas y de los intentos de derribarlo, previa anulación de su autoridad.


¿Debería sorprenderme? Seguro que no, porque recuerdo haber hecho exactamente lo mismo con todos los presidentes constitucionales que he conocido desde que tengo uso de razón. Desde Arturo Illia, al mucho menos ejemplar Alberto Fernández, para quien nunca he deseado ni la destitución ni la renuncia anticipada, a pesar de su vulgaridad. Desde siempre he sabido que a quienes persiguen estos objetivos en la Argentina se les llama con el nombre de golpistas.

Mi conciencia descansa tranquila porque aunque es verdad que he defendido a gobiernos constitucionales muy malos (el de la señora de Perón, por ejemplo), al menos nadie puede decir que me haya visto alguna vez conspirar para derribar a un Presidente que ganó su cargo cumpliendo las normas que establece nuestra Constitución.

El caso de Milei es muy especial, porque mi formación, mi experiencia profesional y mi forma de pensar me mueven al rechazo casi inmediato de sus políticas, y de su estilo. Lo que no voy a negar es que Milei tiene en la cabeza una idea de país y que está empeñado en llevarla a cabo. Y esto —qué quieren que les diga— no me parece del todo mal.

Lo que me parece decididamente mal es el discurso corrosivo de Urtubey y de quienes le acompañan en su aventura golpista, y su slogan de «put a kibosh on Milei»; porque para mí una estrategia tan perversa como esa no es más que la confirmación de que vivimos un renacimiento de la peste sofista.

La sanata ha convertido lo adjetivo en sustantivo; es decir, ha cambiado la sustancia de las cosas —la realidad— por un envoltorio que sustituye al contenido. Es el deseo de la caja, unido al desdén por lo que contiene; es la necedad como modelo de conocimiento.

Contra esto me rebelo; y si esta rebelión me acerca a Milei, acepto el riesgo que ello conlleva.

Y lo acepto con tranquilidad porque estoy seguro de que nunca pensaré como el Presidente y porque estoy convencido de que detrás de toda corrupción del lenguaje se esconde un objetivo político, y en este caso, pienso que el objetivo político que persiguen Urtubey (el otro «Pequeño J.») y sus secuaces es frontalmente contrario al orden constitucional que tanto ha costado sostener.

Les guste más o menos a los que detestan a Milei, la racionalidad profunda del presidencialismo argentino justifica que, en determinados casos, la institución se confunda con la persona. Cualquier ataque a la persona es también un ataque a la institución, cosa que no sucede con otras magistraturas del Estado.

Cada quien puede pensar de este asunto lo que quiera. No me preocupa. Lo que realmente me inquieta —aunque sin privarme del sueño— es que se instale la idea de que para «defender a los salteños» hay que pisotear la Constitución.

Los salteños —perdónenme que lo diga tan claro— no están por encima de la Constitución.

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