Cobijado en su juventud bajo el ala de su tío Julio Mera Figueroa (uno de los primeros menemistas convencidos de la Argentina); crecido y engordado en las tuberías tecnocráticas del romerismo (al que dejó como herencia un think tank más tarde convertido en academia de cocción de vegetales a la parrilla); Gobernador ultrakirchnerista bajo la presidencia de Cristina Fernández; mariscal de la derrota de Daniel Scioli en las elecciones de 2015; figura descollante del macrismo y autodefinido entonces como «peronista de Macri y de Vidal»; candidato a vicepresidente junto a Roberto Lavagna (hoy férreamente alineado al gobierno kirchnerista), a Juan Manuel Urtubey le quedaban ya pocos timbres para tocar.
A esto llama Urtubey con los enigmáticos nombres de «semiparlamentarismo» o de «presidencialismo atenuado», sin reparar en el hecho de que el Presidente de la Nación sigue conservando la facultad de designar en solitario al resto de los ministros y que todos ellos, aun considerados en su conjunto, no pueden de ningún modo ser considerados «el Gobierno» como en los regímenes de gobierno de corte parlamentario.
Pero es que los larretistas, que pueden ser algo ingenuos pero que no comen vidrio, saben que el autor de la propuesta, cuando era el Gobernador de Salta, designó por las suyas a tres jefes de gabinete: (primero Carlos Parodi, después a Fernando Yarade y, por último, a Baltasar Saravia). En ninguno de estos casos Urtubey negoció tales designaciones con las cámaras de la Legislatura, ni tuvo la menor intención de que su gobierno tuviera en algún momento la consideración de «presidencialismo atenuado».
Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago.