Desde luego, no parece malo de suyo que las elecciones que sirven para escoger a los candidatos de los diferentes partidos sean «abiertas», en el sentido de que cualquier ciudadano apto para votar tenga el derecho a participar como elector en este tipo de elecciones, y a decidir con su voto no solo los candidatos de su partido (si es que tiene uno) sino también los del resto de los partidos políticos.
La simultaneidad obliga también a que procesos partidarios internos, con diferentes ritmos, diferentes estrategias de maduración y diferentes tradiciones de disenso interno, se resuelvan en un momento único y común para todas las fuerzas políticas concernidas, cualesquiera sean sus particularidades internas, y con efectos inmodificables.
Pongamos un ejemplo práctico: Si a unas primarias concurren los partidos A, B y C, cada uno de los cuales propone tres listas diferentes de candidatos (X, Y y Z), el elector que vote por AX no podrá votar al mismo tiempo por BZ, si es que ese es su deseo. Solo puede optar por un solo partido.
O bien se celebran tantas elecciones primarias distintas (en fechas diferentes) como partidos requieran definir sus candidaturas, o bien se opta por una solución mucho más complicada (especialmente en lo relativo al escrutinio de los votos) y mucho más cara, que consistiría en permitir a los electores (el día de la elecciones simultáneas) meter en la urna tantos sobres como partidos políticos concurran a las mismas.
Si bien el carácter obligatorio del voto en unas elecciones primarias es consistente con los principios que inspiran al resto del ordenamiento jurídico electoral, en estos casos debería dejarse en libertad a los ciudadanos para decidir en cuáles partidos intervenir y en cuáles no. Si se pone fin a la simultaneidad de las primarias y se permite a los electores participar en todas las internas partidarias, sería inconveniente y hasta absurdo mantener inamovible el carácter obligatorio del sufragio en primarias.
Para valorar la conveniencia y la oportunidad de mantener o derogar el sistema de elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias, no solo hay que fijarse en el coste económico de la operación, sino en los resultados políticos.
En la práctica, las primarias obligatorias solo han servido para confundir al electorado, para acelerar el ya de por sí preocupante deterioro de los partidos políticos y para generar una ficción de participación democrática que tiende a disimular la enorme influencia de los aparatos mediáticos y de los grupos de poder sin ideología que danzan entre diferentes partidos.
Es posible que, si se suprimen, nadie las eche de menos; pero la solución no parece estar en la supresión del sistema sino en su reforma profunda.
Una reforma que, para empezar, afirme la responsabilidad exclusiva de los partidos en la resolución de sus disputas internas y la neutralidad absoluta del Estado y del gobierno.
Una reforma que, lógicamente, ponga fin a la simultaneidad (y si acaso también a la obligatoriedad) para que los ciudadanos puedan votar en diferentes primarias, con amplitud, sin ataduras, en libertad y con sosiego; lo que significa acabar automáticamente con las campañas superpuestas (en las que la libertad de elegir desaparece) y con las «noches electorales únicas», en la que se proclama un vencedor que en realidad no ha ganado nada.
En definitiva, debemos acabar con la idea de que las elecciones primarias son un «ensayo» de las elecciones más importantes que vendrán luego; debemos olvidarnos de las PASO como una forma de medir ex ante las fuerzas y el tirón popular de los candidatos. Hay otras formas menos costosas de hacer cosas como estas.
La mejor forma de llevar a cabo estas reformas, sin retroceder (lo que comportaría la admisión de un fracaso), pasa por eliminar las rigideces que hacen de este tipo de elecciones una herramienta inútil, costosa y difícilmente confiable.