Los regidores municipales que lo sucedieron (Miguel Ángel Isa, Gustavo Sáenz, Bettina Romero y Emiliano Durand) se encontraron al asumir con un aparato administrativo desarrollado, que antes no existía, y con un poder municipal que ya no era ni remotamente parecido al que ejercieron quienes gobernaron la ciudad antes de 2001.
Recuerdo haberme reunido con él una sola vez en la vida. Fue en 1997, cuando él era presidente de la Cámara de Diputados. Nos encontramos en esa sala de cuyas paredes cuelgan los retratos de los viejos presidentes, entre ellos, el de mi padre. Aunque en aquella ocasión no nos pusimos de acuerdo, siempre agradecí su afabilidad y su disposición para solucionar problemas, infinitamente superior a la mía.
Hoy, la calle que en Cerrillos lleva el nombre de su padre, don Julio Argentino San Millán Figueroa (1909-1987), curiosamente hace esquina con la que lleva el nombre de mi padre José Armando Caro (1910-1985). Alejandro (1960) y yo (1958) tenemos en común, no solamente ser hijos de dos ilustres servidores públicos del siglo XX, sino el ser los sufridos infantes (hijos tardíos) de familias extensas, muy comprometidas en la política, a pesar nuestro, me temo.
Es de esperar que los concejales municipales de la ciudad de Salta dejen de lado el partidismo y las preocupaciones absurdas que todos los días demuestran que tienen y decidan, unánimemente, imponer el nombre de don Alejandro San Millán Ávila a una calle de la ciudad. A ser posible, una que se cruce con la ancha y luminosa avenida de la eternidad.