Por lo que he podido leer estos días –muy apresuradamente, por cierto– el candidato ideal no ha de tener pasado (político, empresarial, sentimental, deportivo, etc.); pero tampoco debe carecer de experiencia política y debe tener –fíjese usted– «convicciones».
Para algunos salteños, si el candidato no ha «militado» antes en las filas de algún partido, si no se ha dejado las suelas en los barrios de la periferia, si no se ha besuqueado con las vecinas, si no ha achuchado las mejillas de los niños pobres, si no ha demostrado con anterioridad sus «convicciones» o su inclinación a la «inclusión», no vale para nada.
Entonces ¿en qué quedamos?
Un candidato o una candidata pueden gustar más o menos. Esto es absolutamente normal. Lo que no veo normal es que no se los mida con la misma vara y se les exija a unos lo que no se exige a otros, según lo bien o mal que nos caigan.
Desde luego, no entiendo por qué a uno (a una, en este caso) se le piden «convicciones» y a otro que tiene las peores del mundo se lo acepta como a un estadista sublime y experimentado.
Para mí, no tener «convicciones» o tener un pasado de «lobbysta» no descalifica a nadie para ser candidato.
Prefiero mil veces a una candidata sin «convicciones» a una que tenga un muestrario inacabable de principios, un poco más rígidos que los que tenía Groucho Marx. La posesión de «convicciones» -primas hermanas del dogmatismo- suele anular la flexibilidad y la apertura mental que se precisan para acometer una tarea tan importante como legislar y negociar políticamente.
Es preferible tener «ideas» a tener «convicciones», porque estas normalmente arraigan en la ideología, es decir, en algo que es concebido como inamovible, universal y eterno, que, además, debe ser impuesto en una sociedad.
A un juez se le exige que falle de acuerdo a la ley y no a sus «convicciones». A un legislador se le debe pedir lo mismo, con un añadido: sabiduría para encontrar, discernir y satisfacer el interés general.
Y en materia de lobbies no me escandaliza pensar que alguien pueda estar respaldada por intereses empresariales, de la naturaleza que sean, mineros o tabacaleros, nacionales o multinacionales (al final, si hay algo que no tiene nacionalidad es el dinero). No me escandaliza, digo, sobre todo si tenemos en cuenta que en los últimos cuarenta y dos años, al menos uno de los tres escaños de Salta en el Senado de la Nación ha pertenecido en propiedad al Grupo Horizontes.
Desde hace años, el presidente de la Cámara de Diputados provincial es un conocido lobbysta del tabaco, y nadie ha montado una escena por esto.
Encontrar a un senador o a una senadora químicamente pura (o puro) es tarea imposible.
El escrutinio exaustivo al que someten algunos salteños a los candidatos desemboca casi siempre en una falacia ad hominem. Hay expertos en hacer cosas como estas. Gabinetes enteros de gente perversa que anda husmeando en las redes para descubrir las peores cosas del contrincante. Nuestras campañas electorales no son más que cacerías humanas disfrazadas de confrontación de ideas.
No importa lo que diga el candidato o lo que se proponga hacer. Primero hay que intentar destruirlo personalmente; después, si acaso, hablamos.
Lo peor de todo esto es que, en muchos casos, son los propios candidatos los que se prestan a este juego. Son ellos los que demuestran, un día sí y otro también, que les interesa más sus personas que la misión futura que van a desempeñar. La mayoría entran al trapo muy fácilmente.
No hay norma que obligue a quienes se involucran en una campaña electoral a descender al barro. Los que caen en esta trampa no merecen la confianza de la ciudadanía. La política –ya sabemos– no es un liceo de señoritas, pero hasta donde me es posible conocer, hay formas bastante asequibles de eludir la invitación a la ordinariez.
Votaré a aquel o aquella que con más elegancia y mejor lenguaje sepa ignorar los ataques personales que le dirigen, siempre a condición –claro está– de que tenga algo en la cabeza, y no necesariamente «convicciones».
Votaré a aquel o aquella que demuestre que no necesita exhibirse como una atracción de circo en los actos oficiales, que respeta la inteligencia de los votantes –que no los sanatea, como hace uno que bien me sé– y que no los trata como campesinos recién bajados del cerro.
Difícil, pero no imposible.