Recuerdo que mi tímida propuesta solo fue respondida con risas, entre nerviosas e incrédulas. Pensé entonces que mientras en otras partes del mundo la gente común suele admitir su ignorancia con inequívocos gestos de humildad, en Salta, por el contrario, cuando nos sentimos desconcertados por algo que no conocemos, que nos amenaza, o que no tenemos la menor idea de dónde ha salido, nos reímos. Vaya uno a saber por qué.
Además de las risas nerviosas que sirven para disimular la ignorancia propia, nada hay más salteño que cerrar las pocas ventanas abiertas al exterior que nos quedan; excepto -claro está- fingir que las abrimos con el socorrido argumento de que, desde allí (la periferia de la periferia), se puede descifrar el perverso mundo en el que vivimos.
No es bueno engañarse. Tenemos que admitir que el último gran escudriñador de las estrellas en Salta fue don Artidorio Cresseri, quien -como todo el mundo sabe- en una noche serena al cielo azul miró y miró, para preguntarle a la más bella de las estrellas si era ella la que alumbraba su amor, mi amor.
Pero si nuestro único observatorio estaba tuerto en aquella época, y llevaba así desde quién sabe cuándo, desde mi ingenua propuesta de 1995 no transcurrió mucho tiempo para que entre nosotros empezaran a proliferar como hongos los observatorios; pero no los astronómicos, sino los económicos, sociales, institucionales, medioambientales y de cuanta patología social anduviera suelta. Solo había que seguir el modelo del Colegio Nacional; es decir, armar una cúpula bonita pero inútil, torpe y miope.
Cuando los problemas sociales arrecian, la población concernida se divide en dos grandes grupos: Por un lado, (1) los partidarios de actuar inmediatamente sobre los problemas y resolverlos, y por el otro (2) los partidarios de lo contemplativo (sentémonos a mirar lo que pasa, a ver si se nos ocurre algo). Estos últimos son los «artidoristas»; es decir, aquellos que cuando el escrutinio estelar les viene un poco revuelto no tienen empacho en «pedirle al Dios piadoso resignación».
Al parecer, en Salta cada vez se lleva menos lo de trabajar. La dinámica de los tiempos ha hecho que los menos laboriosos y creativos de nuestra sociedad (los alérgicos al trabajo) se decanten por la creación de un observatorio, en el que solemos sentar a amigos, a «fieles compañeras» y, en general, a todos aquellos que, deslumbrados por nuestra propia personalidad, a diario nos bailan el agua.
Evidentemente, esta moda (pues no se la puede calificar de otra manera) ha prendido en algunos más que en otros, como suele suceder con todas las modas más o menos efímeras. Hay en Salta un personaje tremendamente empático e inquieto que promete un observatorio a toda persona o entidad que se entrevista con él o que simplemente se sienta en su despacho para hacerse la foto.
Pero los observatorios -por definición- no solucionan ningún problema. Su misión formal consiste en hacer estos problemas, si acaso, «más visibles»; aunque lo que realmente importa a quienes los impulsan es salir a toda costa en los medios de comunicación para demostrar que les preocupa el bienestar de los ciudadanos, cuando existen numerosas y contundentes evidencias documentales que lo pondrían seriamente en duda.
La proliferación de observatorios sin visión y sin instinto es más bien una plaga de marketing institucional que, en vez de llenar la plaza de ojos abiertos y atentos, la llenan de narices ávidas de malos olores. Cuando los ciudadanos se enfrentan a problemas reales y concretos, lo último que esperan de quienes gobiernan es que programen charlas eruditas o elaboren informes carentes de sustancia o novedad, pero que periódicamente aparecerán en la prensa como si fueran grandes aportaciones al tema que preocupa a los ciudadanos.
A diferencia de la formulación de planes, la creación de institutos especializados o de centros de investigación (solo por poner tres ejemplos de lo que muchos no están dispuestos a financiar), la erección de un observatorio es una solución baratísima y bastante práctica. Además, es una forma muy elegante y muy marketinera de no pillarse los dedos, de salir permanentemente en la televisión y de quedar bien casi con todos.
Esta pintoresca moda ha contribuido a que la palabra se convierta en un eufemismo políticamente correcto para despejar todo vestigio de vigilancia inquisitorial pública.
Ojos sobre la justicia... desde el gobierno
Casi todos los observatorios relacionados con la actividad judicial que he conocido a lo largo de mi vida profesional han sido creados y son mantenidos por organizaciones no gubernamentales, por sujetos privados. Todos, sin excepción, reivindican con cierta insistencia su lejanía con los presupuestos del Estado y su independencia respecto de los gobiernos.Hasta ayer no se sabía que los gobiernos pudieran dirigir su vigilancia inquisitorial sobre unas instituciones judiciales cuya autonomía e independencia constituyen la mayor garantía de los derechos y libertades de los ciudadanos. Pero en Salta, ya se sabe, todo es posible. Incluso, un observatorio que, más que a mirar, se dedique a olfatear.
Si bien para el público menos avisado la creación de un observatorio sobre la justicia en el seno del gobierno puede aparecer como una medida positiva, para la mayoría de operadores jurídicos una decisión tan arbitraria como esta no representa mejor cosa que el intento de otro poder del Estado de colocarle a los jueces del Poder Judicial y a los magistrados del Ministerio Público la mosca detrás de la oreja.
La justicia es, ya de por sí, una actividad expuesta (muy expuesta) a la luz pública. No falta en Salta quien todos los días ponga en entredicho el buen trabajo de los jueces y los anime a ser más justos, más apegados a la Ley y más transparentes. Los faros adicionales no vienen nunca mal, por supuesto, pero cuando quien los enciende es precisamente aquel que debería mantenerse lo más alejado posible del asunto, las sospechas no tardan en esparcirse.
Tratar a la justicia como una patología social, como si fuese una fuente de problemas y no como una herramienta para solucionar conflictos, es propio de quien intenta asumir el papel de aséptico controlador de nuestras buenas prácticas judiciales y de quien se resiste a verse a sí mismo como una parte del problema.
Mientras algunos lo ven como una provocación abierta y un guante lanzado a la cara de la costosa autonomía institucional de los poderes jurídicos de nuestra Constitución, otros lo ven como la inútil prolongación del inacabado (y nunca mejor dicho) coitus interruptus de quien, pudiendo haber cambiado las cosas desde dentro, prefirió el acogedor calor de los focos, la comodidad de las preguntas dóciles y la cordialidad de los micrófonos amistosos, al desafío (apasionante, pero menos rentable en términos de imagen) de enfrentar los problemas más desagradables a cara descubierta, de una forma decidida y valiente.