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  • Altiplanización o cosmopolitismo
  • En estos días, las administraciones provinciales de Salta y Jujuy parecen haber entrado en una guerra de cifras, que ya venía tensa en materia de turismo estival, pero que se ha intensificado ahora durante el feriado de carnaval.
Imagen ilustrativa
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Es completamente inútil preguntarse si el carnaval de Jujuy es más colorido o si tiene más valor cultural que el de Salta. Por encima de límites jurisdiccionales y por razones históricas que son muy fáciles de explicar y comprender, ambos territorios atesoran los mismos valores culturales, con independencia de que uno los cuide mejor que la otra.


El problema se encuentra en una especie de obsesión gubernamental por lo que se podría llamar «la búsqueda de la autenticidad», entendiendo por tal una representación más o menos fiel de las tradiciones más antiguas de unos territorios que, tanto cultural como morfológicamente, conforman una unidad inescindible.

Esta obsesión no persigue, sin embargo, una finalidad de «pureza cultural», sino que responde a un frío cálculo económico y a una operación de marketing cuidadosamente diseñada.

Ambos gobiernos obran en la creencia de que el «turista» (ese esquivo árbitro de la disputa) busca tanto en Salta como en Jujuy «ver a los verdaderos indios», como si se tratara de una película de vaqueros.

Y a decir verdad, la vecina Provincia del Norte le lleva a Salta algunas cuadras de ventaja en esta carrera por la «originariedad».

Pero la auténtica autenticidad del carnaval no consiste en «altiplanizarlo» cada vez más, sino en mostrar las costumbres populares tal cual son; es decir, sin adornos ni afeites que lo desnaturalicen, y sin que en su exhibición entren a tallar diseños de marketing o intereses políticos.

Y en este sentido, Salta ha cometido el error de haber «altiplanizado» su carnaval más allá de lo aconsejable. Un ejemplo: por cada desfile de caporales que había en el carnaval salteño de los años 60, ahora hay veinte.

El carnaval en Salta siempre ha sido cosmopolita; es decir, no solamente «originario».

A lo largo de los siglos, al compás de nuestra evolución demográfica, Salta ha ido recibiendo influencias bienhechoras de otros carnavales (el correntino, el carioca, el canario, el veneciano, o el mardi gras de Louisiana).

Pensar en el carnaval de Salta como una fiesta monovalente, reducida a unas cuantas expresiones y atada a determinadas pautas culturales que ni siquiera son mayoritarias, es un error que nos conduce inmediatamente a la pérdida de la autenticidad.

Disfraces y colorido hay también en los carnavales de Niza, de Barranquilla, de Cádiz o de Colonia. En cada uno de estos casos los motivos de los disfraces y las máscaras son diferentes, pero la idea es prácticamente la misma.

Si Salta se propusiera ganar la inútil batalla de cifras que mantiene con Jujuy, en vez de disputarle el terreno en materia de «altiplanización» del carnaval, debería acentuar los rasgos multiculturales de la fiesta y sus múltiples dimensiones, que no son tan frecuentes de encontrar en otras latitudes y que hacen de nuestro carnaval una fiesta única, digna de ser visitada.

La negativa del gobierno a explotar esta riqueza cultural se debe, en parte, al indigenismo militante que se practica desde la Secretaría de Cultura del gobierno, cuyos excesos (y defectos) impactan de lleno en los números del turismo.

Salta no debe luchar contra Jujuy (si acaso, complementarse con ella) sino contra sus propios complejos.

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