Sin reparar en estos detalles (inútiles, por otra parte), el Presidente de la Nación ha pedido ayer a las élites congregadas en la ya de por sí elitista Sociedad Rural Argentina que «recuperen el coraje de soñar», porque –según él– la Argentina «está retornando al modelo de la libertad, el modelo de la abundancia y la generación de riqueza».
Intento explicarme un poco mejor. El Presidente ha insinuado que, a pesar de la reticencia de las elites a soñar y a invertir, el país está creciendo. Curioso asunto.
Pero, si no son las elites las protagonistas y los motores del «regreso» a la abundancia ¿quiénes lo son?
Evidentemente, el gobierno no puede ser porque la burocracia nada «produce» en el sentido más económico del término. Y si no es el gobierno ni son las elites, el único sujeto que nos queda, el único al que podemos atribuir este «milagro de regreso a la abundancia» es la clase obrera.
Pero si así está ocurriendo, ¿por qué el Presidente no ha convocado también a los trabajadores a «soñar», como lo ha hecho con las elites? ¿Es que quien vive de un salario y alquila a otros su fuerza de trabajo no tiene derecho a «soñar» y solo lo tienen los miembros de la elite?
Por supuesto que las elites «sueñan», pero generalmente no sueñan con un país más grande, más próspero y más justo, sino que sueñan con ganar más dinero. Esa es su forma de ver, de sentir y de medir la «grandeza». Su cometido en la vida es ese justamente, y a mí no parece del todo malo que lo sea. Lo malo es que los «grandes» pretendan vivir de las rentas que les proporciona su cercanía con el poder y no de las que producen con su esfuerzo.
Son por tanto los que viven de su trabajo los que aspiran a un país más grande, más próspero y más justo; pero a diferencia de las elites, no quieren ganar más dinero (ni que las elites ganen menos) sino que la riqueza que se produce entre todos (poderosos y desposeídos) se distribuya de una forma más equitativa, por vía de los salarios, de los impuestos y del empleo. Y –aunque el Presidente no lo tenga en cuenta o lo niegue–, los trabajadores también quieren que todo esto se produzca en paz y en libertad.
El problema no es que las elites no quieran (porque, insisto, para eso son elite), sino que el gobierno no quiere.
¿Y cómo sabemos que no quiere? Muy simple: Si lo quisiera sinceramente, no penalizaría la protesta social, no restringiría el derecho de huelga, no reformaría las leyes que protegen al trabajador individual y dejaría intactas las leyes que blindan el poder sindical, no satanizaría el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, no cerraría hospitales clave ni agencias dedicadas al mantenimiento de las carreteras, ni dejaría en la calle a decenas de miles de trabajadores de organismos públicos supuestamente inútiles, sin por lo menos proporcionarles una mínima ayuda para afrontar su situación de desempleo.
Soñar con un país grande y próspero no solo es soñar con unas elites pujantes e inversoras (que son necesarias, por supuesto), sino con una clase trabajadora cohesionada, bien formada y protegida por normas modernas y flexibles. Pero en el discurso del Presidente de la Nación nada de esto parece tan claro.