En vez de guardar prudente silencio —cosa que acostumbran a hacer los vencidos para que los vencedores puedan desplegar sus artes sin indeseadas interferencias— el exgobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, parece empeñado todos los días en poner obstáculos a la marcha de las reformas que ha anunciado el gobierno nacional. Ahora anuncia que quiere «construir» desde el peronismo de Salta una «base» para detener a Milei. Solo con Kosiner, porque no hay nadie más que lo siga. Ni siquiera Estrada.
Y si no figura la ilustre presidiaria solo puede ser por dos cosas: 1) porque los analistas de marketing político han convencido a Urtubey que la señora es un auténtico lastre para sus aspiraciones políticas; o 2) porque Urtubey ha usado a la expresidenta en su última campaña (solo para sacarse la foto) y considera que el peronismo y el kirchnerismo son harinas de costales diversos.
La conclusión es, pues, una sola: Contra sus propias afirmaciones, Urtubey ha resucitado la «avenida del medio» y pretende ahora tomar por asalto el Partido Justicialista de Salta para convertirlo en punta de lanza contra Milei, pero también contra la expresidenta presa, cuya mala imagen —dicen— le hizo perder en Salta las elecciones por goleada.
No será, desde luego, la primera vez que Urtubey cambia de discurso y de camiseta por puro cálculo político. Pero ¿y si no fue la viuda la que lo hundió y fueron sus repetidas vueltas de carnero?
Desde hace mucho tiempo pienso que el peronismo, si lo que quiere es no perder definitivamente la dignidad que alguna vez tuvo, debe extinguirse, de forma serena pero implacable. Y creo que nada mejor para ello que Urtubey tome las riendas del partido. Para que un barco se vaya a pique, la solución más rápida es confiarle el timón a quien ya ha hundido varios navíos y se ha hundido también con ellos.
Así que este nuevo experimento, en vez de asustarme o indignarme, me entusiasma. Hago votos electrónicos para que el anuncio de Urtubey del «amanecer de una nueva era» sea realidad y que en un futuro no muy lejano los salteños podamos saludar el alba sin peronismo, sin sembradores de progreso y sin conversores de la esperanza en realidad.
Tal vez así comencemos a cambiar, pero en la dirección correcta.