Desde que Juan Manuel Urtubey dejó el poder, allá por diciembre de 2019, el que fuera Gobernador de Salta durante doce insufribles años ha venido eludiendo con cierta elegancia su responsabilidad en asuntos muy graves.
Con gusto, el que ahora es candidato a senador nacional se avendría a asumir su responsabilidad política en todos estos desaguisados, a condición de que alguien le asegurara que lo van a despegar, de una vez y para siempre, del tristísimo caso de las torturas, violación y fusilamiento de las turistas francesas, ocurridos en el crepúsculo de su primer mandato como Gobernador de Salta, en julio de 2011.
Ya puede Urtubey decir misa, que nadie le va a creer que no tuvo nada que ver en el escandaloso naufragio de la investigación judicial del asunto. Su apelación a la «división de poderes», como mágico firewall para evitar que la maledicencia termine de hundir su figura, es cada vez más endeble y falto de recorrido. Sobre todo porque Urtubey reclama los beneficios de la «división de poderes» en el caso de las turistas francesas, pero no en el de Cristina Kirchner, en el que abiertamente y sin ningún tipo de pudor ha dictado una contundente sentencia, al pronunciar su frase favorita de campaña: «Cristina es inocente».
A Urtubey le ha importado un pimiento la «división de poderes» cuando, para congraciarse con la viuda condenada por corrupción, ha desautorizado a tres tribunales de justicia al hilo. Según él, lo que han dicho los jueces en el «caso Cristina» no se ajusta a la verdad, no tiene ningún valor. Pero, en el caso de Cassandre Bouvier y Houria Moumni, en vez de pronunciar sentencia y con la intención de tomar una imposible distancia, ha dicho aquello tan nuestro de «¿Yo? Argentino Ledesma».
En este sentido, lo mejor que podría pasarle a Urtubey —si lo que realmente quiere es reivindicar su dignidad magullada— sería someterse a una investigación independiente y, eventualmente, a un juicio. Sinceramente es de lamentar que estos procesos no se lleven a cabo en la Provincia de Salta y que tengan que ser los tribunales franceses —como parece que es el caso— los que digan si el que fuera Gobernador entre 2007 y 2019 tiene algo que ver con aquel espantoso suceso.
¿Algún votante salteño se imagina a un senador nacional por Salta procesado por el parquet de Paris, sin ninguna posibilidad de salir de Argentina, sin riesgo de ser detenido en cualquier aeropuerto del mundo? Porque si hablamos de fueros e inmunidades, también los tiene Benjamin Netanyahu (al que medio mundo quiere echarle el guante), o los tenía el dictador Augusto Pinochet cuando fue empapelado en Londres nada menos que por la Cámara de los Lores.
Hace tiempo ya que el doble crimen de San Lorenzo se convirtió en un asunto político de primera magnitud. Y para desgracia del personaje, el primer nombre que (no solo las salteñas y los salteños) relacionan con el suceso es el de Urtubey. Cientos de operaciones de prensa y millones invertidos en costosas campañas de «image laundry» no han conseguido separar las dos cosas y desviar el foco de atención hacia otras personas o circunstancias.
Muy contra su voluntad, el estadista «que toda la vida se preparó para ser Presidente» ve cómo su esbelta figura se opaca progresivamente, alcanzado por la larga y sinuosa sombra de la memoria de aquellas dos inocentes jóvenes extranjeras, que no solo hallaron una muerte horrible en Salta, sino que jamás pudieron calcular que la sociedad que las humilló y las mató pudiera reaccionar con tanta frialdad y les negara la justicia que se merecen después de muertas.
Para bien o para mal, Juan Manuel Urtubey era el Jefe del Estado salteño cuando ocurrieron los hechos; de todo el Estado, incluido el Poder Judicial. Mirar para otro lado cada vez que sale el tema o responsabilizar a los jueces (o despegar al Poder Ejecutivo) no hace otra cosa que confirmar que entre 2007 y 2019 fuimos gobernados por un ciudadano que jamás fue consciente de su alta responsabilidad.
¿Cómo un hombre que con tanta soltura y tan poco coraje dice «yo no soy responsable» puede reivindicar para sí el privilegio de ser «la fuerza de los salteños»? Los gauchos eran tan valientes que, antes de degollar a un realista, no se escondían debajo de las faldas de la «división de poderes». Si la «la fuerza de los salteños» no se cimenta en la verdad y en la justicia, es solo palabrería.
¿Será capaz de darse cuenta ahora lo que significa ser senador nacional por Salta? A veces la madurez no es suficiente para crecer; sobre todo cuando falta lo principal: una base moral sólida.