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  • Del populismo religioso al productivo
  • Hasta finales del siglo XX, por lo menos, el cuentapropismo fue considerado como una anomalía en el contexto de una economía prácticamente monopolizada por el trabajo asalariado por cuenta ajena, ya sea en el declinante sector industrial o en el más dinámico sector de los servicios.
Imagen ilustrativa
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Los sindicatos de clase miraban con desconfianza al trabajador autónomo —y más todavía al emprendedor— pues los creían insolidarios, difícilmente sindicalizables y potencialmente miembros de las filas del antagonista social, una vez que los autónomos se decidían a contratar a algún empleado.



Hoy las cosas han cambiado y no solo porque los sindicatos de clase han perdido fuerza y legitimidad, sino porque la economía demanda formas de producción más flexibles, algo que a las grandes coporaciones industriales (o las del mundo financiero, por ejemplo) les cuesta mucho más.

Salvo en Salta, el fomento del cuentapropismo en el mundo industrializado no solo persigue el objetivo del autoempleo (formal, registrado y pagador de impuestos y cotizaciones sociales), sino que también apunta a que los autoempleados adopten, lo más rápido que sea posible, la forma de micro o pequeñas empresas, contratando a su vez trabajadores. Es decir, se fomenta el cuentapropismo para crear más empleo asalariado por cuenta ajena.

Digo «salvo en Salta», porque en nuestra Provincia la informalidad es la regla. El Estado tolera que los emprendedores individuales —y aun los colectivos— no contribuyan a la Seguridad Social, contraten en negro (cuando contratan) y muchas veces se les perdonan los impuestos comunes.

Creo que no exagero en lo más mínimo si digo que así como en el campo religioso el «feligrés» ha sido sustituido casi completamente por el «peregrino», en el campo económico el trabajador asalariado de toda la vida ha sido sustituido por el «emprendedor». El populismo tiene razones que la razón no entiende.

Quiero decir que así como durante el Milagro se montan «nodos» para asitir a los peregrinos (no vaya a ser cosa de que alguno llegue deshidratado o con ampollas en el dedo gordo del pie), durante casi todo el año en Salta se montan «ferias» para los emprendedores, para que se exhiban, para que vendan y, sobre todo, para que no permanezcan invisibilizados, que es lo peor que le puede pasar a un ser humano en estas épocas.

También creo no equivocarme si digo que las «ayudas» que se dispensan a los emprendedores consisten en montarles un gazebo durante las ferias (que deben pagar «religiosamente», aun cuando se acojan al estatus del peregrino) y en la concesión de ciertos créditos blandos, que también deben pagar puntualmente. Pero no hay subvenciones o ayudas a fondo perdido, según parece.

Lo que sí hay es un formidable refuerzo mediático e institucional a lo que yo llamo la «cultura del emprendimiento». Esto quiere decir que en el gobierno hay un émulo de «Monseñor Bernacki» que, en vez de multiplicar peregrinos, multiplica emprendedores, por las mismas razones.

Personalmente, pienso que Saeta no solo debería dar boletos gratuitos a embarazadas, estudiantes, pacientes oncológicos y víctimas de violencia de género, sino también a emprendedores, ya que estos han ingresado de lleno a la categoría de héroes intocables de la sociedad, con los debido respetos a los colectivos vulnerables y personas con necesidades especiales que sí merecen estas ayudas.

Como he dicho mil veces, no estoy en contra ni de los emprendedores ni de los emprendimientos. Abogo porque los emprendimientos se multipliquen por doquier y se conviertan pronto en microempresas para que la solidaridad fluya y el empleo repunte.

Pero como creo que los emprendedores (la mayor parte de ellos) no podrán hacerlo solos, es necesario que el gobierno los ayude, pero no con ferias ni con chucherías, sino con plata; a ser posible mucha plata.

La comparación con Madrid

A veces no me queda otro remedio que comparar con otras realidades y contarles a los emprendedores salteños cómo el gobierno de la Comunidad de Madrid, por ejemplo, ayuda a los emprendedores regionales.

Espero que nadie malinterprete mis intenciones, pero, para concluir estas líneas, haré un breve resumen de las principales ayudas que reciben los emprendedores en estas tierras, dejando a un lado las ayudas estatales y las municipales.

Para empezar, en Madrid hay una ayuda para la implantación de la responsabilidad social en los autónomos y en las pequeñas empresas, cuya cuantía es equivalente al 75 por 100 del coste que lleve consigo la obtención o renovación de la norma o estándar, la puesta en marcha del Plan Director, así como la participación efectiva de la entidad en iniciativas, grupos o proyectos que fomenten la responsabilidad social, con el máximo de 2.500 euros por empresa.

Luego están las ayudas a trabajadores que se constituyan por cuenta propia, con un mínimo de 800 euros hasta un máximo de 6.200 euros para colectivos específicos.

También se contempla una tarifa cero para autónomos, en determinadas condiciones.

La Comunidad de Madrid tiene cuatro líneas para su Programa de Fomento del Emprendimiento Colectivo, cuyo objetivo es fomentar precisamente el emprendimiento colectivo de la región mediante la concesión de ayudas que cubran parte de los gastos iniciales necesarios para la constitución de cooperativas y sociedades laborales, así como para la calificación de empresas de inserción, parte de las inversiones necesarias para la creación de cooperativas y sociedades laborales, o para su ampliación y desarrollo, y que subvencionen además la incorporación de socios a las empresas de la economía social, en concreto, cooperativas, sociedades laborales y empresas de inserción. Las cuantías son variables, dependiendo de la línea y del tipo de empresa.

Hay diferentes ayudas relacionadas con la percepción en un solo pago de la prestación contributiva por desempleo y el pago de las cuotas de la seguridad social.

Por último, me gustaría citar las ayudas para el crecimiento o consolidación de los trabajadores autónomos y las microempresas madrileñas. Dice la información oficial que el objeto de esta ayuda es apoyar a los trabajadores autónomos y microempresas madrileñas durante el proceso de consolidación o crecimiento de su negocio.

Por supuesto, no es fácil acceder a este tipo de ayudas, pero en lo que aquí interesa, creo que es útil destacar que el importe final de la ayuda es del 50% de la inversión necesaria para afrontar la consolidación o crecimiento de la empresa, con el límite de 140.000 euros por entidad.

Dice la normativa que este importe máximo podrá incrementarse para empresas que realicen la actividad en municipios de menos de 20.000 habitantes hasta un máximo de 150.000 euros.

Compare ahora el lector con lo que está sucediendo en estos momentos en Salta con los emprendimientos y se dará cuenta inmediatamente de lo que quiero decir.



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