Como cantor que soy –y como político a punto de jubilación– siempre he pensado que cantar es una forma de transparentar los sentimientos que atesora el alma humana y que los políticos, tan propensos a ocultarlos por conveniencia, deberían cantar más habitualmente, si lo que desean es resultar creíbles.
El problema que algunos tienen con Sáenz es que el Gobernador de Salta canta bien y es dueño de una voz grave, potente y profunda. Son los desorejados y los cacharpayeros rascatripas, acomplejados como ellos solos, los que lo critican. Lo hacen no solo por envidia, sino porque Sáenz sabe elegir las ocasiones para dar rienda suelta a su vocación cantora, que en él es tan importante como su vocación política.
Siendo yo un adolescente, muchas veces caminé por la vereda de Cerrito al 600 cantando a grito pelado el «Nessun dorma» que Giacomo Puccini compuso hace cien años como aria del acto final de su recordada ópera «Turandot». Nunca pude entonar una sola nota dentro del Teatro, como lo hizo anteayer Sáenz, en medio de vivas al federalismo y aplausos de los gobernadores.
Para aquella época –mediados de los años 70 del siglo pasado–, mis únicas experiencias sobre un escenario habían sido en la carpa El Chañarcito e interpretando La Cerrillana, junto al conjunto del maestro Marcos Tames, de modo que saltar al Colón y a Puccini, sin escalas (sobre todo sin escalas de Milán) me parecía entonces una osadía.
Ahora creo que me animaría un poco más, porque para mí, el apellido «de Milán» no solo me evoca al Teatro alla Scala, sino también al más asequible «salame de Milán», que me gusta tanto como la ópera.
Por eso es que no veo bien, sino muy bien, que Sáenz cante a grito pelado en los pasillos del Colón, aunque él haya identificado el lugar como un «recinto centralista», cuando ese teatro –mal que les pese a algunos porteños egoístas– es patrimonio de todos los argentinos, desde La Quiaca (o la quiaca, como escribe El Tribuno) hasta el Canal de Beagle.
La próxima vez, si hay suerte, con mi registro de tiple, le haré con gusto una tercera voz armónica al Gobernador, para que no se sienta solo y para alentarlo a que siga endulzando el aire acre de la política con algún soplo de sensibilidad humana.
Porque la música humaniza. No degrada jamás a las personas, como lo hacen por ejemplo la envidia, el sectarismo o la oposición corrosiva.
