La expresidenta, condenada, presa y sin derecho a voto, es casi un cadáver político que, en el crepúsculo de su poder, parece haber olvidado todo su discurso feminista y la dura caracterización que alguna vez hizo de los machirulos.
Es públicamente conocido que Juan Manuel Urtubey maltrató verbalmente de una forma pocas veces vista a Cristina Kirchner. No solamente la calificó de «chorra», sino que dijo de ella que se había robado hasta la ceniza de los ceniceros.
Pero los machirulos no solamente hacen eso. En un 95 por cien de los casos, también vuelven llorando a su primera querencia, implorando el perdón por sus excesos verbales (o físicos o psicológicos o económicos).
Parece ser que antes de entrar a la casa/trullo de Cristina Kirchner, Urtubey se macheteó en la mano un fragmento de la Novena del Milagro, para decirle a la dueña de casa detenida lo siguiente: «Muchos años hace que debiera hallarme sepultado en el infierno, y sin esperanza de amaros y de recobrar la gracia que he perdido».
La señora, como todas las féminas débiles que confían en la sinceridad de los machirulos que la han maltratado, ha dado su brazo a torcer y ha vuelto a acariciar la peluda testa de aquel ingrato que la llamó ladrona.
Lo hizo quizá porque en su edad madura el corazón se le ha ablandado (para alguna gente, porque para Kicillof sigue siendo una piedra), o quizá porque le conmovieron las sentidas palabras del visitante: «¡Arrepiéntome del ultraje que os hice renunciando a vuestra amistad, y despreciando vuestro amor por los miserables placeres de este mundo. ¡Ah pluguiera a Dios que hubiese muerto mil veces antes que ofenderos! ¿Cómo pudo llegar a tal extremo mi ceguedad y locura?».
«Sí, Juanma. Pero ven a mis brazos que yo clamaré a mi eterno padre diciendo: Padre, perdona a este hijo ingrato que no ha sabido lo que ha hecho al haber despreciado a su guía, a su mentora y a su redentora».
En definitiva, una muy mala decisión para los campeones del feminismo y, por supuesto, una afrenta mayúscula al Señor del Milagro.
