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  • Bendecido por una presa
  • La primera peregrinación del año milagrero de 2025 no ha partido de San Antonio de los Cobres, como todos los años, sino del aeropuerto de El Aybal, desde donde decoló la aeronave que transportó a don Juan Manuel Urtubey hasta la jaula de oro de San José 1111, en la ciudad de Buenos Aires.
Cristina Fernández de Kirchner
Cristina Fernández de Kirchner

No se sabe muy bien si antes o después del cierre de las listas, lo cierto es que el flamante candidato a senador nacional por Salta –que nunca en sus doce años de gobierno visitó a un preso en las cárceles provinciales– ha acudido de rodillas al domicilio penal del barrio de Constitución para hacer «pelillos a la mar» con la expresidenta presa, dando por superado el conflicto que los enfrentaba, olvidando los agravios mutuos y restableciendo una amistad muy probablemente herida desde que Urtubey –fino y educado como siempre– llamó «chorra» a Cristina Kirchner.


Así como el candidato a senador nacional por Salta acudió a Constitución (menudo nombre para un barrio que hospeda a una presa) a buscar como oveja perdida al pastor divino, cuando más olvidada andaba de su singular amor, casi nadie ha reparado que la señora Kirchner, en virtud de lo que dispone el artículo 3º, inciso e) del vigente Código Electoral Nacional (T.O. por Decreto n° 2135/83 y sus modificatorias), se encuentra excluida del padrón durante todo el tiempo que dura su condena.

Es decir, que quien se supone que «bendijo» y «perdonó» a ese hijo ingrato que no sabía lo que hacía al haber despreciado a su mentora y redentora, es una persona impedida, por ley (no por decisión judicial) de ejercer cualquier derecho político. Al cambio, es como si se permitiera a un jugador que fue expulsado del terreno de juego a volver al partido y meter dos goles.

Algo como esto no ha sucedido nunca en la larga y sinuosa historia del peronismo. Hace unos sesenta años atrás, era muy frecuente que dirigentes de muy diferente pelaje peregrinaran a Madrid para pedirle la bendición a Perón. Pero el líder del movimiento no estaba ni condenado ni preso. Gozaba de toda la libertad del mundo para sacar a orinar a sus caniches por la calle de Navalmanzano. Por tanto, esto de irle a pedir la bendición a una presa por corrupción, es absolutamente novedoso.

Pero a Urtubey estas cosas no le importan. Le trae más bien al fresco la idea de que una persona, desde su lugar de reclusión, dirija toda una estructura política, lo mismo que hacen algunos presos notables, que siguen al comando de sus organizaciones desde la cárcel que los hospeda, con iPhones, MacBooks y una wifi que ya quisiera más de uno.

Sin ánimo de comparar entre unos delitos y otros, por la misma regla de tres, cualquier candidato salteño podría también ir a pedirle apoyo, recursos y bendiciones al Gringo Palavecino, guardado bajo siete llaves en el penal de Ezeiza.

La diferencia está en que cuando se descubre que los presos comunes continúan con sus negocios, todo el mundo se rasga las vestiduras. Pero que la señora Kirchner dirija sus asuntos desde San José 1111, no solo no provoca ningún escándalo, sino que es motivo de encendidos elogios. Cuando no, de críticas brutales y alegaciones de proscripción. Para Urtubey hay una división de poderes sagrada e intocable en el caso de las turistas francesas, pero en el caso de Cristina Kirchner tal división no existe en absoluto. A las decisiones de la Corte Suprema no se las respeta; se las ataca y se las ignora..

En febrero de 2012, un exsubcomisario de la Policía de Salta, Gabriel Giménez, detenido y procesado por un delito de transporte ilegal de estupefacientes y otro de resistencia a la autoridad, acusó al entonces Ministro de Seguridad del gobierno de Salta, Pablo Francisco Kosiner, de haber ordenado escuchas ilegales y espionaje a dirigentes políticos de la oposición. En aquella ocasión, Kosiner –hoy uno de los principales laderos de Urtubey– dijo para defenderse que «no se puede creer en lo que dice un preso». ¿Tenemos entonces que creer en lo que dice Cristina Kirchner?

Por algún motivo, Urtubey calcula que la señora Kirchner, privada del ejercicio de cualquier derecho político (en especial del derecho de sufragio pasivo) será –porque él así lo va a organizar– candidata a Presidente de la Nación en 2027. Él lo ha decidido así, postergando quizá sus propias aspiraciones presidenciales para 2031, o aun para más adelante.

Gracias a sus contactos con activistas ultraconservadores en los Estados Unidos, mañana mismo Urtubey podría tener un apoyo escrito del presidente Donald Trump, pero en estas circunstancias tal apoyo sería como atarse un bloque de cemento al cuello en el dique Las Lomitas.

Se le ha puesto un poco difícil el acceso al Vaticano desde que Francisco nos dejara y, sobre todo, desde que el papa de Chicago no parece estar muy por la labor de recibir a líderes políticos argentinos, al menos no tan alegremente como hacía su antecesor.

Por eso, Kirchner es una opción, aunque para recabar su apoyo y su complicidad Urtubey haya tenido que pedirle autorización al juez de vigilancia penitenciaria (que es el que lleva la lista de las visitas) y alguien con cara de perro le haya franqueado el paso a la cárcel doméstica de Constitución, que no deja de ser una cárcel, por mucho que su ilustre moradora pueda salir al balcón a saludar a su feligresía.

En suma, que Urtubey -que se ofrece a sus conciudadanos para hacer las leyes de la Nación– ha ido a pedirle consejo y perdón a una persona que ha transgredido la ley. El mensaje no ha podido ser más claro.


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