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  • Una mescolanza inconveniente
  • Los otros días me enteré por la prensa de que la Corte Suprema de Justicia de la Nación concede —desde hace ya varios años— un premio a los estudiantes con mejores promedios de las facultades de Derecho del país.
Edificio de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en Buenos Aires
Edificio de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, en Buenos Aires

El hecho de que se distinga a nuestros mejores estudiantes es, desde luego, un acto de justicia, y los reconocimientos, más que un deber institucional, me parecen una obligación social.


Pero, por ser «de justicia» ¿tiene que ser el más alto tribunal de justicia del país el que efectúe estas distinciones?


Aunque en la Argentina muchos jueces son al mismo tiempo profesores de diversas asignaturas en las universidades, creo que es deber, tanto de unos como de otros, mantener prudentemente separadas las esferas de la judicatura y de la abogacía, por razones que son muy fáciles de explicar. Y es más necesaria todavía la separación de la institución judicial del ámbito académico, que persiguen objetivos distintos y difícilmente convergentes.

Es muy dudoso que el más alto tribunal de justicia del país pueda legítimamente reclamar para sí el más alto nivel de conocimiento jurídico. Esta preeminencia es justamente la que tienen que defender —a mi juicio— los claustros universitarios.

Esta especie de confusión y falta de separación está favorecida por el hecho de que no existe en nuestro país una «carrera judicial» específica y formalmente aislada de la carrera que cursan los futuros abogados; de modo que los tribunales suelen dirigir su mirada hacia las facultades como quien ve en ellas la «cantera» de la que se va a nutrir la judicatura en el futuro.

Dicho en otros términos, la Corte Suprema de Justicia de la Nación no es Scaloni escogiendo a los mejores jugadores para llevar a la Selección.

Pero esto no le hace bien a la abogacía, pues si bien los abogados son auxiliares de la Justicia (con mayúsculas) de ningún modo pueden convertirse en la plastilina humana de la justicia (con minúsculas); aquella que se empeña en modelar a su antojo a los abogados para que sirvan a los intereses de la casta judicial (dicho esto último con el mayor respeto posible).

Teniendo en cuenta lo anterior, me parece que las distinciones académicas efectuadas por un tribunal de justicia son una forma de rebajar la autonomía de nuestras universidades, pues no es necesario —y es hasta inconveniente— que vengan los jueces, de ningún grado que sean, a decir quién es el mejor.

Por otro lado, la Justicia que se espera de un alto tribunal no se halla en las distinciones honoríficas que concede sino en su capacidad de aplicar las leyes con ecuanimidad y sabiduría; es decir, en su trabajo cotidiano de pronunciamiento de sentencias y de gobierno justo del Poder Judicial.

A Samuel lo que es de Samuel y a Cicerón lo que es de Cicerón.



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