Cuando Jean-Charles Chatard caracterizó a la Ciudad Judicial como «una cloaca a cielo abierto», seguramente se refería a la podredumbre en la que se revuelcan algunos conocidos magistrados, más inclinados a hacer favores al poder y a santificar su voluntad, que a hacer posible la justicia y el imperio de la Ley.
Tenemos que echarle la culpa a ROUSSEAU y a otros demócratas radicales de que las bacterias intestinales de los pobres sean exactamente igual de peligrosas que las que pululan por las diverticulizadas tripas de los ricos.
Así como nadie hasta ahora ha demostrado que la sangre de los nobles sea de verdad azul, como sostiene la creencia popular, tampoco nadie ha fotografiado en un microscopio unas bacterias fecales más elegantes, mejor peinadas o menos peligrosas en los barrios ricos que en los barrios pobres. La clase prominente de Salta se lamenta en realidad de compartir el 100% de su genoma con los «chinos», incluido el asombroso parecido de su caca.
Mucho árbol genealógico, pero a la hora de la verdad ya no es la muerte la que nos iguala, sino -paradójicamente- la vida (o por lo menos, la vida microscópica).
Invertir está muy bien. Pero quien invierte dinero lo hace siempre con la expectativa -legítima, por supuesto- de ganar mucho más dinero que el que invirtió, lo que incluye el anhelo de pagar la menor cantidad de impuestos posible. Quizá haya llegado el momento de distinguir entre un inversor y un especulador inmobiliario.
Lo que no está bien es que los «inversores», por el solo hecho de mover sus billetes, se crean los salvadores de la patria, o cuanto menos, se perciban en un escalón moral superior a aquellos que no invierten.
Estamos bastante mal acostumbrados a «perdonar por invertir»; es decir, a mirar para otro lado cuando el que transgrede la ley y atenta contra nuestra salud es alguien que se ha jugado su dinero, para su bienestar y para el de gente tan acaudalada como él.
Pero la salud es una cosa muy seria y si alguien, por mucha inversión que haya hecho, ha cometido un delito medioambiental, lo suyo es investigar (y, enventualmente, castigar), y no salir a defender las tropelías como si fuesen la cosa más normal del mundo.
Quiero creer que cuando Jaime Dávalos escribió la letra de Río de Tigres (y cuando el inolvidable Eduardo Falú enalteció aquellos versos con su hermosa melodía) ninguno de los dos estaba pensando en el río Astilleros y en la inminente intervención del Fiscal Penal nº 5.
Aunque, a decir verdad, aquello de «muere anhelando la hondura, serena y madura, de tu intimidad» se podría aplicar perfectamente a aquellos trozos maduros de la intimidad de unos señores (y unas señoras) que, antes de planificar, construir o comprar, deberían fijarse bien si hay infraestructuras suficientes, como para echar sus porquerías sin el riesgo de que nos enfermemos todos.