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  • Reflexiones de Navidad
  • 2021 ha sido un año particularmente difícil, pero no lo ha sido para todos por igual. No ha sido un año bueno, por ejemplo, para quienes, dentro de nuestras escasas posibilidades, procuramos contribuir al bienestar del conjunto social fomentando, entre otras cosas, el respeto a la legalidad.
Imagen ilustrativa
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No hay dudas de que quienes durante 2021 han aportado menos a la consecución del bien común, e incluso han hecho esfuerzos visibles por deteriorar (aún más si cabe) el fundamento del orden y la exigencia de coherencia y sinceridad, han tenido la suerte de vivir un año más ajustado a sus propios deseos.



Pero la felicidad de una parte del conjunto (aunque esa parte pueda ser incluso mayoritaria) no puede ser interpretada ni valorada como un avance, cuando el resto de nuestros semejantes experimentan detrimentos y retrocesos que tienen como explicación y causa directa la obsesión de los demás por la satisfacción de sus preferencias personales, en desmedro del bienestar común.

Una parte muy importante del problema, a mi modo de ver, es la falta de una cultura cívica en Salta, que es algo que no se consigue con la repetición boba de las elecciones; ni siquiera con el ejercicio continuado de la política. No me gustaría personalizar, pero, cuando se juró la Constitución, vi en el estrado a uno muy sonriente al que se le nota en su cara ya marchita que medio siglo ininterrumpido de política no ha servido para mejorarlo en lo más mínimo.

En la situación de crisis que vivimos, la posesión y el incremento de una cultura cívica son, sin dudas, fundamentales para el funcionamiento del sistema democrático. Esto ha quedado demostrado -probablemente del peor modo- con el penoso espectáculo de la reciente reforma constitucional. No caben dudas de que si hubiéramos tenido la suerte de disfrutar de una cultura cívica medianamente estable, esta es la hora en que tendríamos una Constitución mucho mejor que la que ha salido de la irregular y timorata Convención Constituyente que felizmente ha dejado de existir hace unos pocos días.

No se puede, desde luego, imponer una cultura cívica por la fuerza y menos todavía hacerlo en poco tiempo. Cualquiera de estos dos propósitos no solo serían poco realistas sino que en buena medida serían también objetivos autoritarios.

Pero aunque en este año que ha pasado, sea por convicción o simplemente por realismo, no he intentado hacer ninguna de esas dos cosas, sí he comprobado que en Salta son muchos y muy influyentes los que consideran a la cultura cívica como un lastre para la joie de vivre, para su particular alegría de vivir.


Hay quienes identifican la libertad con el caos, y se sienten a gusto en él, y otros, como yo, que pensamos en la libertad como el fundamento del orden. Y está bastante claro que la responsabilidad, la previsión y el comedimiento -que son los pilares sobre los que se erige cualquier cultura cívica- restringen a menudo la satisfacción de las preferencias personales.

El profesor David P. LEVINE escribió en 2011 que si queremos construir un mundo en donde no estemos aislados o en continuo conflicto con otros, sino en donde podamos identificarnos con los demás, es necesario postergar o dejar de lado en ocasiones los propios intereses. Para LEVINE, cuando se equipara el interés propio con la indiferencia o con la intención dañina hacia los demás se produce desconfianza.

En una sociedad, como la salteña, en la que el impulso de satisfacción de los intereses personales es mucho más fuerte que todo aquello que nos empuja a buscar el bienestar del conjunto social, la desconfianza y la indiferencia aparecen como las principales patologías sociales que deterioran el vínculo entre el sujeto y la comunidad que lo contiene. De modo que, la cultura dominante, más que apuntar a la responsabilidad, a la participación o al compromiso (objetivos de una cultura cívica de mínimos), termina aceptando que la comunidad, o cualquier institución social, debe protegerse de los intereses propios de cada sujeto.


¿Por qué a mí se me ha caído una estrella en el jardín?

Durante este año que está a punto de terminar me he preguntado con insistencia por qué cierta parte de la sociedad salteña ha intentado protegerse de mí, que apenas soy una vela en el viento y que no soy portador de intereses propios de ninguna naturaleza; por qué alguna gente se ha precavido de mis opiniones y ha intentado blindarse ante mis críticas. ¿Es que acaso soy más importante o más peligroso de lo que dan a entender mi inofensiva apariencia y la imperdonable ligereza de mi pensamiento?

Creo que lo sucede más bien es que hay una decisión consciente de cerrarle el paso al desarrollo de cualquier cultura cívica, porque el avance de algo como esto supondría, para empezar, un shock de igualdad, para el que Salta -según entienden los que se oponen a ella- no está preparada en absoluto.

Nuestra democracia -si es que podemos llamarla así- funciona en base a las desigualdades. Si en la reciente reforma constitucional no hemos podido participar todos los interesados en condiciones de estricta igualdad, es porque un puñado de políticos (que ha hecho del compadreo y la rosca su modus vivendi) ha creído que la participación igualitaria de todos los ciudadanos constituye una amenaza mayor a sus posiciones. Por eso, por miedo, han decidido encastillarse y -no antes de desplegar una engañosa estrategia de marketing en la que no han faltado, por supuesto, las mentiras- han hecho lo que han querido con nuestra norma fundamental.


Pero probablemente, esta contrarreforma resulte «buena» para la democracia de Salta, según la entiende la casta; pero no resultará igual de buena para los ciudadanos, en su inmensa mayoría. El verdadero problema de la ausencia de una cultura cívica de la responsabilidad, la participación y el compromiso es que el ciudadano no se ha dado cuenta (no puede darse cuenta) de que le han metido la mano en la cartera, precisamente por la falta de difusión de una cultura cívica moderadamente eficiente.

Entonces aquí es donde me doy cuenta de por dónde vienen los tiros. No se dirigen ni a mi menguada sagacidad ni a mis conocimientos periféricos, sino que apuntan a esa capacidad -escasa pero todavía peligrosa- de despertar las conciencias adormecidas por tantos años de desigualdad y desparpajo autoritario. En 2021 me he convertido en la variante ípsilon del coronavirus y por eso, mientras se han abierto las ventanas interiores para ventilar los ambientes más pequeños, se han cerrado las fronteras más grandes para que el peligroso agente patógeno de la cultura cívica de allende los mares no penetre en nuestro territorio y termine desfigurando a nuestra precaria democracia.

Si eso he sido capaz de conseguir, con prácticamente nada, la verdad es que no puedo menos que terminar el día de Navidad de 2021 con una enorme sonrisa, dedicada en este caso a todos esos valientes campeones de la desconfianza y de la indiferencia, que a lo largo del año que finaliza han hecho un poquito más penosa la vida de los salteños, pero que, afortunadamente, no han conseguido hacerlo con la mía.



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