O lo que es lo mismo, que si se aplicara tal «mirada» a los asuntos públicos, todos nuestros graves problemas se solucionarían casi al instante, como por arte de magia.
¿Queremos ser iguales o diferentes? En cualquiera de los dos casos tendríamos que preguntarnos algunas cosas como las siguientes:
¿Es «mirada federal» que los combustibles cuesten igual en todo el país? ¿Es «mirada federal» que los porcentajes de las cotizaciones sociales sean iguales para todos los empleadores, con independencia de la provincia en que se encuentren? ¿Es «mirada federal» que sitios alejados de los puertos -como Salta- tengan que pagar mucho más por el transporte de mercancías? ¿Es «mirada federal» que los tartagalenses paguen fortunas de luz mientras se cuecen a fuego lento, cuando las señoras gordas de Barrio Norte le dan duro al aire acondicionado porque pagan monedas por la energía eléctrica?
No. Para nosotros, la «mirada federal» consiste en mandar desde Salta a un gaucho para que se atrinchere en una concesionaria de Buenos Aires y monte un espectáculo digno de un cuento de Güiraldes.
Pienso que si la «mirada federal» fuese la solución para todos los males conocidos y por conocer, alguien -y no necesariamente el más astuto- ya habría esparcido hace rato «miradas» desde La Quiaca hasta el Canal de Beagle. Pero, lamentablemente, no ha ocurrido así y nada indica que, si algo como esto llegase a ocurrir, las cosas van a ir a mejor.
Muchas veces he dicho, -y, como algunos locos, me parece que cada vez tengo más razón-, que el federalismo no consiste en que Salta reciba más sino que reciba menos; y que, por tanto, afirme su autonomía y no blinde su dependencia periférica a largo plazo.
Tal vez con menos «mirada federal» nos iría mejor de lo que nos va.
Lo que realmente veo mal, y diría que muy mal, es que Salta imparta lecciones de federalismo y descentralización al resto del país y renuncie a hacerse fuerte en la región, poniendo por delante en todo momento sus debilidades. Pienso que no somos los más autorizados para dar cátedra en estas materias fuera de nuestras fronteras, y por razones que son muy poderosas.
Los salteños no solo somos centralistas (¡y vaya si lo somos!) sino que somos un 25% más clasistas, racistas y supremacistas que los más recalcitrantes y despreciativos centralistas del puerto.
Tal vez no somos tan soberbios y locuaces como ellos, y, cuando una concesionaria porteña nos ha estafado, en vez de acudir a los tribunales o a la policía, nuestra ancestral mansedumbre nos empuja a montar una escena gauchesca y a creernos que el emponchado ha consumado una hazaña similar a la toma de la Justine en aguas del río de la Plata en 1806, en vez de darnos cuenta de que ha hecho un papelón monumental.
Creo que alguna vez dije que si todo se resolviese con la «mirada federal», como alegremente afirman algunos, nos deberían gobernar los oftalmólogos o los ópticos optometristas, no los abogados ni los contadores.
Pero, tal cual como lo declamamos, esto de la «mirada federal» no es una aspiración ni una reinvidicación patriótica, sino que es simplemente una queja, que nos permite vivir de puertas hacia adentro maldiciendo permanentemente al de afuera y responsabilizándolo de todos los males interiores, para no hacernos cargo jamás de la responsabilidad propia.
Si el centralismo es malo, es tan malo el que practica Buenos Aires con nosotros como el que desde Salta practicamos con Olacapato, El Jardín o Coronel Cornejo. ¿Qué «mirada federal» hay en la orden del gobierno de regar a los indígenas que viven a orillas del Pilcomayo, y de alimentarlos como si fuesen yaguaretés en peligro de extinción?
Además, los problemas no se «miran», se resuelven.
El salteño que padece necesidades que el Estado debe atender y satisfacer no se contenta con que los gobernantes les digan que los «acompañan», los «relevan» o que tienen una «mirada federal» de sus problemas. Regar a los indígenas «focalizados» no es acompañarlos ni relevarlos sino humillarlos calculadamente. Son seres humanos, ciudadanos de pleno derecho, y sin embargo los tratamos como si fueran felinos salvajes.
Además, por lo que he podido «ver» estos días, los salteños no tienen una única «mirada federal» sino varias.
El doctor Chapatín, por ejemplo, tiene una (probablemente la más estrambótica y atolondrada), pero, como «mirada», es tan legítima como la que enarbolan sus colegas comprovincianos que se sientan con él en la Cámara.
Y sucede así porque el federalismo no es una doctrina (no hay una formulación doctrinaria sino jurídica del federalismo) y porque la idea federal es en sí misma «flexible y multipropósito», sin necesidad de que cierto tribunal la entronice y la eleve al rango de «plan piloto de federalidad».
En suma: menos lamento federalista y más trabajo es lo que necesita Salta para superar sus problemas.