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  • Un proceso imparable
  • Un esclarecido observador de la realidad argentina -el doctor Carlos Grinblat -nos advirtió hace algún tiempo del paulatino reemplazo de negocios «bien puestos», que requieren inversión y algún despliegue tecnológico, por verdulerías y otras actividades de muy baja productividad y escasísimo valor añadido.
Imagen ilustrativa
Imagen ilustrativa

En Salta, sin embargo, la «verdulerización» y el «kiosquismo» son fenómenos de larga data que conocemos bastante bien. En nuestra provincia, el mundo de los negocios «bien puestos» es para los muy audaces o para los muy giles.



Ha cundido entre nosotros la cultura del microemprendimiento, tutelada y espoleada por el Estado.

Conviene no olvidarse que la única «política de empleo» del gobierno de Juan Carlos Romero consistió en la generosa distribución de chorimóviles de fabricación local y que la industria más sofisticada que logró fundar Juan Manuel Urtubey en sus doce años de gobierno fue una factoría de trapos de piso.

Educación y política

Pero en Salta no solo se ha verdulerizado la economía sino que también lo han hecho la educación y la política.

A mediados de los años noventa, con la bendición de Romero, Urtubey fundó un precario think tank vallisto al que denominó con el afrancesado y pretencioso nombre de «Escuela de Administración Pública». Con él se pretendía formar a grandes estadistas e influir en los más altos niveles de la política.

Tres décadas después, la escuelita -rebautizada «universidad»- ha abandonado calculadamente el mundo de la reflexión política y la formación de líderes y se dedica ahora a impartir cursos de cocción de vegetales a la leña. Una «verdulerización» en toda regla.

Con los políticos ha pasado y pasa tres cuartos de lo mismo.

Son verduleros y no políticos los que propusieron en su día, por ejemplo, poner una consigna policial en los quirófanos para prevenir que cirujanos y anestesistas cometan abusos sexuales contra sus pacientes mientras se encuentran bajo los efectos de la anestesia.

Otro «verdulerito» bien conocido quiere que los conductores borrachos que provocan accidentes y resultan heridos en ellos paguen por su curación en los hospitales públicos.

A otro nivel, uno de los campeones del veganismo político propuso en su momento que no se diera de comer a los presos en las cárceles, y seguramente no faltará quien proponga que los médicos y enfermeros pagados por el Estado no pisen Villa Las Rosas, a menos que los presos o sus familiares les pongan un cheque por delante. Los curas también se están pensando si les conviene económicamente reconfortar espiritualmente a los reclusos, que «bien merecido» tienen su encierro.

En los últimos treinta años, la política en Salta ha venido cerrando «negocios» relativamente «bien puestos» y organizados en base a un proyecto de inversión, por «verdulerías» y «microemprendimientos».

Las elecciones periódicas que se celebran, más que una manifestación democrática o una expresión del pluralismo político y social, son una «Feria Emprender» que aprovecha el luminoso -aunque grasiento- escaparate del voto electrónico.

El voto electrónico es, en sí mismo, el zapallito tronquero de nuestra surtida y multicolor verdulería política.

Nuestra «verdulerización» coexiste, paradójicamente, con lo que se podría llamar aquí delirios de modernidad, representados por las bodegas, barrios privados y escondidos y explotaciones de chanchos que poseen -curiosamente- los exgobernadores millonarios de una tierra miserable (y cada vez más miserable por ellos).

Son todos negocios de los que ellos viven muy bien, pero que no contribuyen en lo más mínimo a la riqueza colectiva. Es decir, contribuyen tanto como las cada vez más numerosas verdulerías periféricas, a las que solo les falta para destacarse, que alguien con un poco de ingenio marquetinero les convenza de que tienen que vender «acelgas de altura», «zanahorias de las nubes» y «pimientos güemesianos».



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